Por Javier Cortines

Abandonar al lobo huargo Fantasma sin una caricia, sin un beso, sin un veterinario que le curase las heridas, después de convertirse en uno de los héroes de la Gran Guerra, ha sido lo peor de los ocho episodios de Juego de Tronos. Se perdió una ocasión de oro para reconocer a las millones de mascotas de todo el mundo que hacen compañía a sus dueños, sobre todo en momentos de gran soledad, y están dispuestos a todo para protegerles, incluso a morir por ellos. Que hacen un trabajo impagable.

Siempre que una persona no esté podrida, desarrolla unos lazos afectivos con su mascota que eleva a ambas partes. Querer a un animal nos hace más humanos, y viceversa, la mascota se humaniza a nuestro lado y, de la forma más natural del mundo, se convierte en un miembro de la casa que comparte las penas y alegrías de la familia.

Jon Nieve contó con la lealtad de Fantasma toda su vida. El lobo fue el único que le veló cuando estaba muerto. La bestia alzó las orejas de alegría cuando vio que resucitaba. Salvó a su amigo Sam cuando iban a darle una paliza de muerte. Si fue su ángel de la guarda, ¿Por qué el rey del Norte le lanza una fría mirada que convierte en hielo el corazón de cualquier persona que siente afecto por los animales?

¿Qué bonito hubiera sido ver a Jon Nieve abrazando a Fantasma? Curando sus heridas, susurrándole unas palabras amables, agradeciéndole su valentía en el combate, prometiéndole que regresará y siempre tendrá un lugar, junto al fuego, en el hogar donde dio sus primeros pasos como cachorro.

Qué lindo hubiera sido haber utilizado esas escenas para hacer una campaña denunciando “el abandono y el maltrato animal”, esa lepra de nuestra sociedad que se extiende en las vacaciones de verano cuando las mascotas estorban y muchos las abandonan, o las matan como si fueran ratas venenosas. Hay quien las deja encerradas en un balcón sin agua, con temperaturas de más de 40 grados, hasta que el animal enloquece y se suicida lanzándose al vacío.

He visto a ciegos que no son nada “sin ese perro” que les guía por la calle, que se para en los semáforos cuando la luz está roja. Que te avisa ante cualquier peligro. Que interpreta la alegría y la tristeza de su amo como si fueran la prolongación de éste, una simbiosis conmovedora, hermosamente trágica. La eterna necesidad de apoyarnos en el hombro del otro porque hasta los dioses tienen su talón de Aquiles.

Fantasma quedó al final como esos héroes, jamás reconocidos, que sí marcan la diferencia a la hora de cambiar el curso de las cosas. Esos seres invisibles que no tienen calles a su nombre, ni estatuas en plazas públicas, pero que sin ellos, sin su aporte, hoy estarías pasando hambre o haciendo cola en los comedores de la Caridad.

Valar Morghulis