A menudo, en el mundo de las religiones, sobre todo las monoteístas, se dice que la “divinidad”, “Dios”, es indefinible –en algunas, incluso, irrepresentable-, a pesar de su existencia. ¿Pasará algo parecido cuando hablamos de nacionalismo o de nación? No es casualidad que haya controversia a la hora de definir que es una nación, quizás no tanta en torno a lo que es el nacionalismo. Para una persona nacionalista, seguramente la nación es algo muy antiguo; para otros es la voluntad de un conjunto de personas; otros aseguran que es un instrumento político; otros, que se puede relacionar con una unidad lingüística o étnica, política, cultural, etc. Así mismo, el concepto ha variado a lo largo de la historia y se entiende de formas distintas dependiendo del momento y las circunstancias concretas. Pero, además, la forma de concebir lo que es la nación puede tener implicaciones políticas muy diversas; para Sieyès es un conjunto histórico que en la nación ve aseguradas sus libertades y derechos, el tercer estado forma una colectividad indivisible agrupada por el interés común, es decir que la nación solo existe con el liberalismo. Por el contrario, el fascismo ve en esta concepción la muerte de la nación y conciben la misma como algo orgánico en una suerte de palingenesia que integre y encuadre en el estado a los miembros de la comunidad nacional.

            La dificultad de definir que es una nación es debida a que es algo poco tangible a la vez que cada nacionalidad se pretende justificar por factores diversos. Por esto Hobsbawm considera que no son satisfactorias las definiciones objetivas ni las subjetivas. Sería una mezcla entre las dos, adornadas con mitos y folklore. En todo caso se distinguiría de otros colectivos por considerarse a sí mismos una nación; es decir que lo que lo determinaría sería el nacionalismo. Podría resumirse a este como la ideología que pretende la defensa de los rasgos distintivos de la nación a la que se considera pertenecer, su autonomía y unidad. Al variar durante la historia reciente y la diferencia en cómo se concibe cada nación, podemos concluir que una nación al igual que “Dios” es algo etéreo y que trasciende al individuo -suponiendo su existencia-. Con esta aproximación a lo que se entiende por nación, lo que sí que se puede hacer es analizar cómo es percibido el concepto en un momento y lugar concreto.

            Lo importante no es tanto que es Dios o una nación, si no, que es para la sociedad, que implica en el marco mental de una sociedad que se basa en estos conceptos para funcionar, así como las acciones que derivan de los mismos. En definitiva, la nación y el nacionalismo son una realidad definible en tanto que acaba materializándose y se le da un uso. Así pues, hay una clara relación entre religión y nacionalismo, las dos utilizan una idea “superior” que justifica la autoridad. En la nación recae la soberanía, sin embargo, es el nacionalismo -como afirma Hobsbawm- el que articula estados y naciones -por tanto, la nación es un invento-. En consecuencia, es inevitable hablar del estado. Por ello, la nación y el nacionalismo son algo contemporáneo, porque había que encontrar nuevas bases que sustentaran la autoridad a medida que la sociedad se fue laicizando.

            Para ver la realidad, lo que supone una nación y el nacionalismo, se ha de comprender el origen, Gellner asocia este origen al desarrollo de una sociedad industrial, la cual necesita homogeneidad, uniformizar la lengua para extender la educación y la cultura. Este proceso, se realiza a través del estado y lo hace a expensas de unidades culturales más pequeñas, las cuales tenderán a desaparecer -no todas, de allí que se justifiquen naciones sometidas a un estado ajeno-. El estado debe dar respuesta a la necesidad de homogeneizar la cultura bajo su territorio y de esta manera se centraliza. Con una cultura más o menos estandarizada, se crea una nueva forma de sociabilidad, el nacionalismo, el cual Hobsbawm insiste que inventa la nación.

            Así pues, ¿Qué supone este proceso? O, en otras palabras, ¿Cuál es la realidad definible -lo que implica el concepto nación y el nacionalismo-? Se produce un discurso, una “verdad” revelada que es producida. Lo que Foucault podría decir que existe como una verdad dentro de         

un discurso especifico y está relacionada al poder. Es decir que la nación existe en tanto que imaginario colectivo igual que “Dios”. Tal hecho se manifiesta en sociedad a través de acciones humanas. Es el concepto el que condiciona la vida humana, lo cual implica un condicionamiento del pensamiento colectivo. Pero, ¿Qué implica? Implica aceptar la idea de un entre supraindividual que, en consecuencia, crea una comunidad supeditada a esta idea. Por tanto, “Dios” o la nación sobre pasa al individuo, trascienden a este lo cual genera devoción. Se sacrifica así al individuo en pro de la comunidad, debiéndose el primero a la segunda. Por consiguiente, se niega al mismo y en consecuencia su voluntad, pasando ésta a ser la voluntad -en teoría- de la comunidad, pero que es encarnada por un estado dominado por una minoría.

            Además, es necesario para formar parte del colectivo -y para que la nación no carezca de sentido- aceptar que hay algo que sobre pasa al individuo, el “espíritu nacional”, que son costumbres, moral colectiva, tradición, Etc. Que se deben respetar, de lo contrario dejaría de existir la nación a la cual se debe devoción. Es decir que se tienen que aceptar principios que en cierta medida se consideran inmutables -aunque es imposible que no muten con el paso del tiempo-, en todo caso, este hecho atenta contra la libertad de pensamiento del individuo e imposibilita hacer plenos juicios morales y de valores propios, ya que esto supondría negar la nación y por consiguiente la propia identidad -la cual se basa en formar parte de la nación-.

            Sin embargo, adherirse a este grupo no es de libre elección, uno forma parte de una nación por nacimiento. Pero ¿Cómo se hace esto? Al igual que la religión tiene una autoridad material, la iglesia; la nación se materializa en otra institución, el estado, que es la base de la coerción de toda sociedad. Se asocia a la fuerza al individuo, el cual en principio es el interesado, pero sin preguntar su opinión. Hallase aquí el primer acto de opresión y que niega des del nacimiento -igual que el bautizo- la libre elección del individuo, la libertad en términos absolutos.

            Puede parecer exagerada tal reflexión, afirmo, sin embargo, que los grilletes están allí y que pueden estar más o menos apretados según la coyuntura. Que la idea de “Dios” o de la nación encarnadas en el estado engendran al totalitarismo aportando el marco mental descrito anteriormente. Prueba de ello, son las barbaridades cometidas en nombre de “Dios” o la nación ya que, a través del nacionalismo se consigue vincular intereses opuestos y someterlos al yugo de la autoridad, movilizar masas en forma de fanáticos armados que matan y mueren -por lo que por la dificultad de definir nación podría ser un delirio colectivo-.

            Como decía Voltaire en su Tratado a la tolerancia, los humanos se exterminan bajo una misma moral por disputas sobre matices. Justamente por eso, como decía el filósofo se ha de escribir la historia, para que quede constancia de los horrores y no se cometan otra vez. Por este motivo es tan importante la realidad por la que se define una nación, en nombre de la cual se cometen los mismos crímenes que se cometían por religión. El fanatismo existe aún, aunque se mate por otros dioses.

             Sin embargo, este optimismo en relación con la historia es empíricamente más que dudoso y es que la historia es un recuerdo, no existe más que en la mente. Así pues, hay una memoria colectiva que es selectiva y busca la reafirmación de la identidad en el pasado. Busca rasgos comunes en el pasado y el presente aunando a los individuos para avanzar hacia el futuro. Pero, no por ello es imperativo que haya una autoridad muy destacada para aglutinar a las personas a su alrededor y sacralizarla para asegurar su trascendencia; un colectivo descentralizado puede recorrer también a vivir de mitos del pasado y referentes, los cuales conllevan la aceptación de valores morales, como puede ser la asunción del uso de la violencia como un método deseable e incluso como algo bello, romantizado.

              Si aceptamos que como dice Gellner la nación y el nacionalismo son producto de la industrialización y la creciente sociedad de masas, debemos tener en cuenta otra basta colectividad producto del desarrollo técnico, la clase obrera. Ésta se define en principio por su relación con los medios de producción, caracterizada por ser una relación de dependencia. Dicha comunidad es por tanto muy extensa y con ello imaginada, ya que, igual que pasa con los miembros de una nación, no todos los miembros se conocen directamente. Así pues, son estos colectivos imaginados una forma de crear identidad; por consiguiente, van implícitos algunos rasgos distintivos que hay que cumplir para poder considerársele a uno miembro de ellas. La clase obrera se conforma por la oposición a otro colectivo, la burguesía, esta visión dicotómica delimita un “nosotros” y un “ellos” contrapuestos, en competencia, en lucha, que, dependiendo del contexto -sobre todo en el marco de un estallido revolucionario o una guerra- puede desencadenar un espiral de violencia desenfrenada dirigida contra toda persona clasificada dentro de un colectivo identificado como hostil para la comunidad. Con ello, el factor ideológico es importante para identificar al enemigo, además, como más homogéneo y doctrinal sea el pensamiento que se deba compartir para formar parte de un colectivo, es más probable que sea la exaltación una característica de la conducta habitual.

               En definitiva, comportamientos fanáticos que hacen más proclive que la violencia acabe siento un fin en sí misma y negando categóricamente a sus enemigos, adquirir ésta el grado de rasgo definitorio de un movimiento. Con sus propios ritos, tradiciones y cultura y con su propia interpretación de la historia, la clase obrera bajo diferentes signos políticos -y habiendo también, conseguido el control de varios estados o para estados y afianzar su autoridad sobre grandes grupos de población-, ha logrado también como el nacionalismo y la religión, cuantiosas carnicerías en su nombre. Parece pues, que lo que ha enseñado la historia es que se puede matar a cualquiera y que excusas no han faltado para ello y lograr el dominio sobre la población. El fanatismo ha llevado a matar en nombre de grandes ideas que siempre han acabado beneficiando a unos pocos.

A las barricadas