La propaganda por el hecho o propaganda por el acto fue formulada por primera vez en 1876 por los anarquistas italianos Errico Malatesta y Carlo Cafiero y consistía en una estrategia de propaganda anarquista basada en el supuesto de que el impacto de una acción genera más repercusiones, obtiene más relevancia y, por tanto, es mucho más eficaz que la simple palabra para despertar las energías rebeldes del pueblo.

La propaganda por el hecho incluye acciones que van desde la ocupación de un terreno o inmueble, hasta el tiranicidio o ataques contra quienes son considerados poderosos y/o represores, unos actos violentos que han terminado alterando su significado hasta convertirlo en sinónimo de terrorismo y violencia.

La idea de Malatesta y Cafiero no contemplaba los atentados individuales, sino que hacía referencia a la alteración del orden colectivo: manifestaciones, motines, e incluso, alzamientos.

La propaganda por el hecho fue apoyada por el famoso teórico anarquista Piotr Kropotkin, diciendo que «un acto puede, en unos pocos días, hacer más propaganda que miles de panfletos». Sin embargo, él y otros pensadores comenzaron a tener dudas sobre la eficacia de las formas violentas de esta táctica a finales del siglo XIX.

Kropotkin

El término fue popularizado por el joven médico francés Paul Brousse en un artículo titulado «Propaganda por el hecho» publicado en 1877 y en donde analiza el levantamiento obrero de la Comuna de París y otros movimientos revolucionarios como buenos ejemplos de lo que debe ser la acción revolucionaria basada en el principio de propaganda por el hecho.

Uno de los más fervientes defensores que alababa los actos de dicha estrategia fue Johann Most, a quien se le denominó Dynamost. Este nombre se debe a que la dinamita era su método preferido de atentado, aunque no se sabe si participó directamente en alguno.

Entre 1890 y 1900 tuvo lugar en todas partes un periodo de terrorismo anarquista. Muchos artistas y escritores compartían estos atentados ya que según ellos conmover, enfurecer y expresar la propia protesta era la única cosa que podía hacer cualquier hombre sensible y honrado.

En España, los atentados se iniciaron tras la represión sufrida por las organizaciones anarquistas, cuya ilegalización y persecución forzó a sus militantes a actuar en la clandestinidad y les impulsó a llevar a cabo este tipo de actos violentos.

En gran parte, la propaganda por el hecho se relaciona con la ola de atentados individuales realizados a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX contra monarcas y demás jefes de Estado, a manera de magnicidio, regicidio o tiranicidio.

Estas acciones terroristas fueron formalmente desaconsejadas en un principio llegando a ser rechazadas finalmente por gran parte del movimiento anarquista por los excesos que se llegaron a cometer: asesinatos a personajes que no tenían relación con el máximo poder político, falta de proyección de las acciones cometidas y obstrucción del trabajo metódico de las organizaciones anarquistas siendo motivo para la represión de estas por parte de los Estados.

El terrorismo anarquista nace en Rusia y hace un llamamiento a la violencia para alcanzar objetivos políticos haciendo uso sobre todo de la dinamita para la ejecución de las acciones y el telégrafo para la comunicación y difusión de las mismas.

Una de las organizaciones más importantes de este primer terrorismo fue Naródnaya Volya y su acción más impactante fue el asesinato del Zar Alejandro II en San Petesburgo en 1881. Tras el lanzamiento de dos bombas se acabó con la vida del Zar. El encargado de lanzar la segunda bomba murió y el primero fue detenido y durante su interrogatorio dio información suficiente para que varios de sus compañeros fueran capturados. Además, fue condenado a muerte y ejecutado por ahorcamiento en 1881 con tan solo 19 años.

El atentado no tuvo el resultado esperado: el inicio de una revolución anti-zarista. Por el contario, acabó con el grupo Naródnaya Volya, firme partidario de «la propaganda por el hecho».

Este modelo de «propaganda por el hecho» fue exportada con éxito. En Francia, el anarquista François Claudius Koënigstein, más conocido como Ravachol, atentó contra un juez, un consejero-procurador y una Comisaría de París, hechos por los cuales fue detenido y ejecutado. En venganza, Auguste Vaillant arrojó una bomba contra la Cámara de Diputados del Palacio de Bourbon en 1893. En junio de 1894, el anarquista italiano Sante Geronimo Caserio apuñaló al presidente de la República Francesa.

En España, en 1897,  el anarquista italiano Michele Angiolillo con tres disparos acabó con la vida del Presidente del Gobierno Antonio Cánovas del Castillo. Como se puede observar, los atentados de importantes personalidades políticas formaba parte de estos primeros grupos terroristas.

Fuentes: Wikipedia y cronicaseguridad.com

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