Tras su primera disolución formal del Ku Klux Klan y el declive del segundo Klan, diversos grupos independientes comenzaron a utilizar el nombre. Según los datos oficiales en el año 1920, 4 millones de personas se inmiscuían en los adentros del Klan, mientras que en el año 2000 a duras penas llegaban a 3.000.

De este modo, aunque exiguo, el Ku Klux Klan aún existe en forma de grupusculos aislados. En 2002, en un reporte sobre el Extremismo en Estados Unidos, la Liga Antidifamación escribió: «…hoy no hay tal Ku Klux Klan. La fragmentación, la descentralización y el declive han seguido ininterrumpidamente». Sin embargo, también puntualizan que «la necesidad de justificarse aún persiste en los descontentos, y es improbable que desaparezca, independientemente de cuán bajo llegue la suerte del Klan».

Se calcula que existen unos 158 de estos grupos a todo lo largo y ancho del país norteamericano. Sin embargo, la mayoría se ubican en los estados que alguna vez fueron Confederados.

Los vínculos del Ku Klux Klan con la iglesia siguen siendo vigentes como puede observarse en algunas de las mayores organizaciones. Por ejemplo, la Iglesia de los caballeros estadounidenses del Ku Klux Klan (Church of the American Knights of the KKK, o «KKKK») o la de los Caballeros del Ku Klux Klan (The Knights of the Ku Klux Klan), quienes están encabezados por el Pastor Director Nacional.

Estados Unidos pertenece a los americanos… blancos

Pese a todas la acciones contrarias por parte del pueblo norteamericano de posguerra ante el auge del Ku Klux Klan sorprende que la ACLU (Unión Estadounidense de Libertades Civiles) aún en el siglo XXI siga otorgando un apoyo, indirecto, pero legal a diversas facciones del KKK.

A raíz de esta legitimidad burocrática los grupos encuentran una defensa legitima de sus manifestaciones, desfiles, marchas e incluso la potestad para proponer candidatos a puestos públicos.

Sin embargo, las praxis mas recurrentes perpetradas por los activos del KKK, más allá de esta exposición en el aura pública, se reducen a actos como el llevado a cabo en julio de 2005, cuando la casa de un hombre hispano fue quemada tras acusaciones de violencia sexual contra una niña blanca de nueve años. Después del incidente, miembros del Klan aparecieron con sus túnicas blancas, repartiendo panfletos; o una marcha antiinmigrantes en Russellville, Alabama, en mayo de 2006.

Pese a no ser ya un Klan con una amplia aceptación y militancia con la entrada del siglo XXI estos vieron las redes sociales como un campo donde augmentar sus potencialidades.

En este campo no son pocas las plataformas de fake news que han desarrollado, así como los ataques desde el anonimato.

A raíz de la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos de América, además, vieron justificadas y mediatizadas sus acciones, ya que este y sus asesores, de manera más o menos velada, han constituido políticas con ideologías contrarias a la promoción de los derechos de las minorías, así como el cese de cualquier mención a los derechos humanos en las relaciones internacionales.

El discurso de Trump

Durante su campaña, Trump “se distanció” de David Duke, ex lider del Ku Klux Klan y político de Luisiana. En lugares públicos, conferencias de prensa, y en Twitter, Trump ataca a musulmanes, inmigrantes, académicos, religiosos anti-racistas, disidentes y críticos con su administración.

Este discurso racista y anti-inmigratorio no es nuevo. Estados Unidos prohibió el ingreso de musulmanes en la década de 1790 y las leyes de Extranjería y Sedición definieron la composición racial aceptable de los Estados Unidos.

Los ataques de Trump contra China recuerdan un pasado xenófobo relacionado con la prohibición a la inmigración china en 1882 y la deportación de residentes chinos en 1889.

El acoso se extiende a otras comunidades de inmigrantes. Durante una reunión sobre inmigración en 2018, Trump declaró que no quería que llegaran inmigrantes provenientes “de países de mierda”, como Haití, El Salvador, y países de África.

Trump también ha atacado a los inmigrantes mexicanos, un discurso que resuena en su base de seguidores. Al describir a los inmigrantes mexicanos como “animales”, Trump utiliza la misma ideología racial que Shakespeare usó para describir Calibán en La Tempestad, y que siglos más tarde impulsó la violencia de los ingleses hacia las comunidades indígenas.

Trump se ha destacado por convocar a los nacionalistas blancos y afirmar que Estados Unidos es un país de hombres blancos. Como señaló Roxanne Dunbar-Ortiz, “los nacionalistas blancos no son marginales en el proyecto estadounidense; deben ser entendidos como los descendientes espirituales de los colonos”.

Donald Trump luciendo una gorra con el lema Make America Great Again en la campaña de 2016. Shutterstock / Windover Way Photography

El eslogan Make America Great Again se basa en el deseo de retroceder en el tiempo. Volver al país anterior a la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley de Inmigración y Nacionalidad de 1965.

Para las actuales organizaciones de supremacistas blancos y grupos racistas, estas leyes simbolizan el fin de una época. Utilizan conceptos como “genocidio blanco”, “despojo blanco”, y “la gran teoría del reemplazo” para crear miedo y legitimarse.

También utilizan los mitos de “crímenes de negros contra negros” para validar las ideologías raciales y la idea del Renacimiento estadounidense, que es impulsada por una organización seudo-académica que difunde el mito de la criminalidad negra, el racismo científico y la eugenesia.

Trump recurre con frecuencia a la frase “ley y orden”. Su forma de criticar a la izquierda, condenar a la prensa, y describir lo Antifa son un fiel reflejo de su visión racista de la historia. Al describir a la prensa como enemiga del pueblo y reprimir a los manifestantes que protestaban en los alrededores de la Casa Blanca, Trump nos recuerda la censura y las tácticas represivas utilizadas por Augusto Pinochet y el presidente brasileño Jair Bolsonaro.

A comienzos de junio 2020, Trump defendió el derecho de algunas bases militares a llevar el nombre de generales de la confederación ya que era su derecho a conmemorar el pasado; pero esta actitud solo contribuye a reafirmar que Estados Unidos pertenece a los americanos blancos.

En discursos y editoriales se continúa utilizando la retórica de la supremacía blanca, lo que refuerza la narrativa del racismo y la discriminación y la violencia racial en los Estados Unidos. Este discurso no sólo busca influir en la opinión pública, sino reescribir una historia que minimiza el impacto y el legado de la discriminación racial y la violencia racial.

En las redes sociales y foros virtuales, políticos, líderes mundiales, y académicos han refinado la retórica racial; sus declaraciones, controvertidas y agresivas, han resonado con amplios sectores de la población.

Reunión de miembros de la milicia Bogaloo Boys en Richmond, Virginia, en enero de 2020. Wikimedia Commons / Anthony Crider, CC BY-SA

Después de las elecciones presidenciales de 2016, resurgió un lenguaje racista que no es siempre explícito, pero que busca llegar a las bases políticas de Trump.

Este discurso apela a sus partidarios que van desde los sectores evangélicos hasta grupos racistas violentos, como los Boogaloo Boys.