⭕ Decepcionada por las prórrogas de la Unión Europea, que rechaza incesantemente su adhesión, y por la posición imperialista de Francia en África, Ankara reorienta su diplomacia hacia el continente.

⭕ En una década, los intercambios comerciales entre Turquía y África se han triplicado, al mismo tiempo que se intensifican las relaciones con las capitales del continente.

⭕ El Consejo de Negocios turco-africano añade que las inversiones directas de Turquía en África se ubican en los 6.200 millones de dólares, muy por encima de los 220 millones invertidos por Marruecos en el continente.

Por Lehbib Abdelhay editado. ECS – Crónica

Madrid (ECS) – En una década, los intercambios comerciales entre Turquía y África se han triplicado, al mismo tiempo que se intensifican las relaciones con las capitales del continente. Una reciente investigación difundida por el centro de estudio especializado en asuntos africanos e islamistas con sede en Estocolmo, Nordic Monitor, ha revelado que el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, se ha valido de la Fundación TIKA para consolidar su liderazgo islámico en África, donde está tratando de expandir su agenda y arrebatarle a su rival en la región, Francia, gran parte del África francófona.

La Fundación turca Aziz Mahmûd Hüdâyi, que trabaja sin descanso para recuperar el liderazgo islámico de Turquía en África, también está presente, actualmente, en cerca de 20 países africanos, entre los que destacan: Benín, Burkina Faso, Camerún, Costa de Marfil, Etiopía, Ghana, Malí, Níger, Nigeria, Senegal, Somalia, Sudán, Tanzania, Togo, Uganda y Zambia.
Turquía ha allanado el camino para su proyecto de cooperación económica en África tanto a través de estratagemas de poder blando como del establecimiento de vínculos con grupos de ideología islámica mediante la Agencia de Cooperación y Coordinación Turca (TIKA), así como por medio de países del África Occidental.

Para Turquía, África es un objetivo inmejorable en su ambicioso plan de cooperación económica intercontinental. Con el propósito de extender su influencia política y económica, Erdogan realizó, desde 2015, numerosos viajes oficiales y giras a lo largo y ancho del continente. El mandatario turco visitó en 2015 Somalia, Etiopía y Yibuti; en 2016, realizó un viaje oficial a Uganda; en 2017, visitó Kenia; y, en 2018, recorrió Argelia, Mauritania, Senegal y Mali. Como resultado de su periplo africano, las relaciones diplomáticas entre Turquía y África se han visto notablemente reforzadas en los últimos años.

Ankara ha mostrado en varias ocasiones su interés no solo en Libia —país donde participa en la guerra civil ofreciendo su apoyo al bando del Gobierno de Unidad Nacional (GNA, reconocido internacionalmente tras el fracaso de la OTAN)—, sino también en el resto del continente, en países como Senegal, Yibuti, Somalia, el Congo y Sudán, donde ya posee bases militares y fructíferos acuerdos de cooperación económica, especialmente en materia de hidrocarburos.

En los últimos años, Erdoğan ha emprendido iniciativas políticas audaces con el objetivo de controlar el flujo de recursos naturales en las cuencas del mar Mediterráneo y el mar Rojo, y se presenta hoy como la potencia regional por excelencia en la zona.

Marruecos ha sido siempre calificado por África como un «caballo de Troya» de Francia en el continente.

Marruecos ha sido históricamente calificado por África como el «caballo de Troya» de Francia en el continente. A diferencia de estos países, Turquía ha suministrado armas, munición, tanques y rifles de asalto a países azotados por el terrorismo yihadista, como Somalia. Ankara ha invertido en sectores vitales para combatir la lacra del terrorismo que asola África y que Francia, después de casi 10 años de la oposición Barkhane, no ha podido erradicar del continente, y en especial de los países que París colonizó durante siglos.

En septiembre de 2017, cientos de manifestantes se concentraron en varias ciudades del África francófona y en la ciudad de París, a instancias del movimiento de emergencia panafricanista, para responder con un “no” al franco CFA (la moneda francesa utilizada por el bloque de África Occidental), que impide el desarrollo del continente. «No podemos llamarnos soberanos y depender de una moneda como el franco CFA», explicó Simon Kouka, jefe del grupo de la sociedad civil senegalesa, a la prensa en Dakar, «la soberanía implica tener su propia moneda independientemente de cualquier país». 

Moneda común a casi 155 millones de habitantes, el CFA es acusado por sus detractores de favorecer los intereses de Francia, ex-potencia colonial. Mientras que sus defensores enfatizan la importancia de una moneda común, el franco CFA es una de las herramientas del soft power (poder blando) francés, un as en la manga que la diplomacia de Francia protege y cuida. La CEDAO, que fue rechazada por Marruecos en su Alianza regional, se posicionó en contra de esta moneda y la definió como «un obstáculo» para el desarrollo de los países de África occidental. Resulta necesario mencionar que, de los ocho países del África occidental que usan el CFA, siete permanecen en el grupo de naciones más pobres del mundo, según la ONU.

En cuanto al papel esencial de Marruecos —el aislado país del norte de África, excluido de cualquier rol de seguridad y de política en la región del Sahel— y Libia —vetado políticamente en el continente, legalmente derrotado en la cuestión del Sáhara Occidental en los tribunales europeos y asediado internacionalmente por su ocupación del Sáhara Occidental, perdiendo así importantes aliados, salvo a Francia— en África, ambos países juegan la baza del sufismo sunita en países africanos para penetrar en su sociedad civil a través del islam.

Es destacable el caso de Malí, país del África subsahariana, región importante y apropiada para poner fin al aislamiento político y económico de Marruecos de forma segura. A pesar de no compartir fronteras naturales con Marruecos, sigue siendo una salida, aunque poco digna, para lograr los objetivos de Francia en la región, entre los cuales destacamos:

– Asegurar equilibrios globales a Francia frente a otros países (principalmente Rusia y China).

– Crear un punto de contacto directo esencial con los aliados de Marruecos y Francia en África, principalmente Senegal, Costa de Marfil y Burkina Faso.

Francia necesita a Marruecos en Malí para influir a través de la religión en las diferentes etnias y grupos religiosos, lo cual constituye un pretexto perfecto para justificar su presencia en el Sahel. Con estos intereses cruzados entre Francia y Marruecos, Rabat tuvo que enfocar en los últimos años su agenda política hacia Malí. Marruecos se embarcó en una operación política por la hegemonía franco-marroquí sobre Mali. Las visitas oficiales de funcionarios marroquíes y francesas a Mali se intensificaron. 

Mohamed VI visitó Mali una vez, y Macron lo ha visitado con asiduidad, hasta el punto de realizar dos visitas en un mes. Durante la visita del inquilino del Eliseo, se formaron células de acción para presentar a la inteligencia marroquí como un actor fuerte bajo el mando del agregado militar de Marruecos en Malí, el general Mohamed Abdel-Jabbar, cuya autoridad está supeditada las órdenes del Embajador en Bamako, Hassan Al-Nassiri, y está, a su vez, sujeta al agregado militar marroquí en Ghana, Togo y Costa de Marfil.

Según informes de inteligencia, el coronel Abdel Salam Bensouda ayudó económicamente en la fundación del Grupo terrorista Jamaat Al Tawhid y Jihad, un grupo yihadista creado en diciembre de 2011.

Los resultados fueron desesperanzadores, ya que la situación en Mali cambió drásticamente tras el golpe de Estado y el recrudecimiento de los ataques yihadistas que Francia llevaba años combatiendo. Estos acontecimientos obligaron al país galo a depender en gran medida de la agenda «islamista» de Rabat en la región para manejar su política en materia de seguridad e información yihadista. Este papel que jugó el Reino en casi toda África ahora está en entredicho por la presencia de Turquía en países como Senegal, Malí y Níger. Al igual que Marruecos, Turquía es un país Islámico y de doctrina sunita, pero Ankara es la séptima potencia económica mundial, por lo que puede garantizar a los países pobres de África ayudas millonarias y una cooperación económica más fiable que la de Francia y Marruecos.

La Agencia de Cooperación y Coordinación Turca ha abierto 22 oficinas a lo largo del continente africano, junto con mezquitas administradas por predicadores formados en Turquía. Cerca de 4.500 estudiantes africanos se encuentran estudiando becados en Turquía. El comercio bilateral se ha quintuplicado, alcanzando la impresionante suma de 26.000 millones de dólares, que el presidente turco promete que llegará a los 50.000 millones.

Según el Instituto Turco de Estadística, las exportaciones turcas a África alcanzan actualmente los 15.800 millones de dólares, mientras que las importaciones rondan los 5.600 millones de dólares. El Consejo de Negocios turco-africano añade que las inversiones directas de Turquía en África se ubican en los 6.200 millones de dólares, muy por encima de los 220 millones invertidos por Marruecos. Se trata de un número promedio en comparación con otros inversionistas en África. 

Las inversiones chinas alcanzan los 72.000 millones de dólares, las estadounidenses los 31.000 millones, las provenientes de Emiratos Árabes Unidos (EAU) los 25.000 millones y las británicas los 17.000 millones, cifras que Ankara espera igualar y, en algún momento, superar.

Durante una declaración en Gabón en 2015, Erdogan indicó: «África pertenece a los africanos, nosotros no estamos aquí en busca de vuestro oro», a la vez que describía a los turcos como «auténticos amigos» —a diferencia de las potencias colonizadoras europeas— que respetan la historia, cultura, tradiciones y lenguas africanas. Desde entonces, Turquía ha estado construyendo activamente puentes y caminos a lo largo del continente, abriendo guarderías en Níger, refugios para mujeres en Camerún y centros de formación vocacional en Madagascar.

Fuente: El confidencial Saharaui

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