Fernando Lozano Contreras

Son varios los líderes europeos que de manera recurrente se preguntan por qué el proyecto europeo, a pesar de lo mucho que nos ha aportado y beneficiado durante estos 69 años de intenso periplo, no termina de calar entre la ciudadanía; cuáles pueden ser las posibles causas que hay detrás del desapego o desinterés creciente que se trasluce, tanto en el índice de participación como en los resultados, de unas elecciones que acaban de arrojar unas cifras meridianamente optimistas.

Lo cierto es que reflexionar sobre esta especie de desencuentro que, ocasionalmente, raya la indiferencia, requeriría un análisis mucho más profundo y sosegado.

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De lo que no cabe duda es que la ciudadanía europea sigue sin entender ni compartir algunas de las decisiones que se adoptan desde Bruselas, con mayor razón cuando éstas no cuentan ni con la bendición ni con el visto bueno del órgano que, tal y como nos han tratado de transmitir durante la campaña lanzada durante las últimas semanas, mejor encarna el espíritu democrático europeo.

Las elecciones europeas celebradas el 23M en el Reino Unido ejemplifican ese aparente divorcio o discrepancia que ocasionalmente se produce entre las decisiones que los principales órganos ejecutivos toman en Bruselas (Consejo Europeo y Comisión), y lo que la ciudadanía, en general, desea y espera de ellos.

A vueltas con la prórroga

A finales de marzo y al calor de la primera solicitud de prórroga por parte del Reino Unido, el Presidente del Parlamento Europeo, el conservador Antonio Tajani, tras su tradicional encuentro con los líderes al inicio de la cumbre europea de primavera, recalcó que una extensión británica que fuera más allá de las elecciones europeas “causaría daños serios y problemas legales”. Además, se mostró partidario de que las negociaciones ampliadas concluyeran antes del último día del trabajo del Parlamento, el 18 de abril.

A mediados del mes de abril, durante las conversaciones de la re-prórroga del Brexit -en la previa de la cumbre extraordinaria-, el Presidente de la Eurocámara, se atrevió, esta vez, a criticar públicamente que se enfocara la obligación de Reino Unido de celebrar las elecciones europeas de mayo -si para entonces seguía siendo miembro de la UE- como una “especie de juego”, en el que la composición de la Cámara pudiera ir variando en función de las necesidades.

“No podemos aceptar que las elecciones sean consideradas una especie de juego y que el Parlamento Europeo pueda tener una composición variable, 751 eurodiputados un año, 705 después, después tres que salen, cinco que llegan”, afirmaba un desencantado y resignado Tajani en rueda de prensa ante los medios de comunicación europeos.

Un mes y algunos días después, en contra del sentir y parecer del principal mandatario de la institución que nos representa, el Reino Unido se ha visto obligado a convocar y celebrar unas elecciones europeas con el consiguiente peaje por todos conocidos.

  • Dimisión de la Primera Ministra. El pasado viernes y tan solo un día después de la celebración de los comicios europeos en el Reino Unido, la hasta entonces resiliente primera ministra Theresa May, presentó una dimisión que hará efectiva el próximo 7 de junio. Su último intento de salvar su plan de salida de la UE, con un guiño a los laboristas, abriendo la posibilidad, incluso, de un segundo referéndum sobre el Brexit, puso el último clavo en su ataúd político. Eso y, no lo olvidemos, unos previsibles malos resultados electorales para su partido que a la postre se han confirmado.
  • Fin del bipartidismo. Descalabro de los partidos tradicionales. La segunda consecuencia derivada de estos innecesarios comicios ha sido, sin duda, la estrepitosa derrota electoral padecida por los dos partidos tradicionales (conservadores y laboristas) y la consecuente y definitiva ruptura con el tradicional bipartidismo. Los ciudadanos británicos no han visto con buenos ojos esa especie de huida hacia adelante que les ha empujado a la celebración de estos comicios, y han decidido pasarles la factura a ambas formaciones ante su pertinaz incapacidad de gestionar adecuadamente el proceso del Brexit (así, los tories han pasado de obtener un 23,31%/19 escaños en las elecciones de 2014 a tan solo un 8,71%/4 escaños en 2019, mientras que los laboristas de un 24,74%/20 escaños en 2014, han cosechado un 14,05%/10 escaños en 2019).
  • Auge y renacimiento de Nigel Farange. Si alguien ha salido reforzado de esta cita electoral, sin duda, ha sido el hasta ahora defenestrado Nigel Farange (ex líder del UKIP con el que obtuvo 24 escaños en las pasadas elecciones de 2014). Pese al repunte en el índice de participación (del 35,6% en 2014, se ha pasado al 37% en 2019), su Partido del Brexit ha logrado, con su discurso sencillo a la par que anti europeísta, imponerse holgadamente sobre el resto de opciones políticas que concurrían a estos comicios (31,71% de los votos / 29 escaños, frente al 18,55%/16 escaños obtenido por los proeuropeístas liberal-demócratas, segunda fuerza más votada). Un hecho que no deja de ser hasta cierto punto paradójico y desconcertante, sobre todo para aquellos que habían depositado su fe en que estas elecciones se convirtiesen en una especie de segundo referéndum sobre la salida del Reino Unido de la UE.

En conclusión, citando el refranero español, para este viaje no eran menester alforjas. La caja de Pandora del Brexit sigue tan abierta como siempre: la dimisión de May, la lista de posibles candidatos a sucederla y, sobre todo, la guinda que para el proyecto europeo suponen los nefastos resultados de estas elecciones en el Reino Unido -tan innecesarias como contraproducentes-, tampoco contribuyen a vislumbrar ninguna salida. Todo lo contrario. No olvidemos que con May, al menos, había un acuerdo de retirada sobre la mesa.

El escenario más probable es, ahora y más que antes, un Brexit caótico la noche del 31 de octubre. Velada en la que, sin duda, cobrará más sentido que nunca en Bruselas proferir la famosa expresión de Halloween: “Trick or Treating”.


The ConversationFernando Lozano Contreras, Profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, Universidad de Alcalá

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

 


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