Elena Solis
Miembro de Ecologistas en Acción. Licenciada en derecho y Máster en Ecología Forense


El europio es una tierra rara que se utiliza para reproducir el rojo brillante de las pantallas de nuestros dispositivos. Sin embargo, el rojo digital no es inmaterial. En realidad, revela una historia de materialidad escalofriante: movimientos de miles de metros cúbicos de tierra viva que al extraerla, molerla y lavarla, se convierte en baldía; economías ancestrales arrasadas y una desposesión absoluta.

En las faldas al norte de Sierra Morena, a lo largo del antiguo cauce de un río, se ha encontrado una fuente de europio. Es sorprendente que un suelo fértil, el mismo en el que crecen viñedos y olivos, contenga el pigmento que produce el color rojo de nuestros monitores. Dentro de unos meses, el Tribunal de Justicia de Castilla la Mancha decidirá si el proyecto de explotación de tierras raras llamado Matamulas podrá ejecutarse o no. Si se lleva a cabo, la alteración geo-mórfica de la franja de terreno de 9×4 kilómetros que constituye el depósito Matamulas conllevará la total ruina del paisaje del Campo de Montiel; el abuso de los bienes comunes que sostienen la vida, la tierra, el agua y el aire, así como la degradación de hábitats únicos.

¿Pero cómo puede justificarse tal grado de devastación?

“Si queremos mantener el avance tecnológico de la sociedad, debemos aceptar los costes que implica la extracción de los recursos naturales necesarios para tal fin”; tal es la proposición moral imperativa incrustada en el discurso de las administraciones nacionales, autonómicas y europeas, en su misión de promover la minería indiscriminada y a cielo abierto de “materiales estratégicos”, como el europio.

El filósofo y sociólogo Boaventura de Sousa Santos sostiene, en su libro Epistemologías del Sur (2011) que discursos como el anterior, son «fábulas» que simbolizan la idea del “sacrificio inevitable” o la de que “no hay otro camino”. El mensaje en el caso que nos concierne es básicamente el de que si queremos seguir consumiendo, circulando y almacenando imágenes digitales, necesitamos obtener más europio pero esto no es posible sin degradar el territorio afectado.

Este tipo de “grandes relatos”, nos dice de Souza Santos, son prótesis ideológicas del modelo de modernización que se utilizan para consensuar el expolio que se está llevando a cabo en el mundo. El objetivo es asegurar un consenso social sobre la necesidad e inevitabilidad de la adopción de un cierto modelo hegemónico de modernización territorial, como el de la expansión territorial de las mineras internacionales en el territorio español. De Souza Santos acuña el término «psicosfera» para significar un conjunto de creencias y pasiones que introduce en el imaginario colectivo una idea determinada de «racionalidad» según la cual los intereses egoístas de los agentes dominantes deben ser asimilados como objetivos colectivos identificados con el bien común.

Lo que considero importante es profundizar en cómo hemos llegado a aceptar el precio que hay que pagar para la continuación de este supuesto “avance de la humanidad”.

David Noble, en La Religión de la Tecnología (1997), analiza la creencia colectiva de que nuestra dependencia de la tecnología debe ser preservada a toda costa porque, en el caso contrario, nos arriesgaríamos a ser condenados. Noble propone que existe una relación íntima entre la tecnología y la religión, de modo que la salvación vendría a través de la liberación tecnológica. Una liberación, añade Noble, “sin pensar mucho en qué y quién está realmente sosteniendo la interminable carrera tecnológica”.

Considero que esta salvación a través de la ciencia y la tecnología es un síntoma de la condición contemporánea; una nueva subjetividad  está emergiendo: la de la persona hiperconectada, inmersa en una realidad virtual y alejada cada vez más de la realidad material.

Adorno, en su obra Dialéctica de la Ilustración (1945) señaló, mucho antes que Foucault, la importancia de crear nuevas subjetividades para dominar a los hombres. Este tipo de dominación, según Adorno, no se efectúa a través de agentes externos, sino a través de la auto-alienación del individuo en su esfuerzo de encajar en las subjetividades creadas por los agentes político-económicos .  Es del todo extraordinario que ya en 1945, Adorno avisara de que la “dominación ciega de la naturaleza” por la clase dominante deriva en la dominación de los individuos, y que en una sociedad no libre, cuya cultura persigue el llamado progreso a toda costa, lo que es el «otro», sea humano o no humano, se deja de lado, se explota o se destruye. La tecnología, según Adorno, hace que veamos la naturaleza como el “otro”. En nuestra era digital postmoderna, esta visión reductiva binaria platónica de yo/el “otro” u hombre/naturaleza, no solo ha continuado, sino que se ha exacerbado.

Agamben, en Que es un Dispositivo (2009), ahondando en el papel que cumple la tecnología en el proceso de dominación a través de la creación de nuevas subjetividades, señala que el poder proporciona al ciudadano la infraestructura y la tecnología, la cual acaba atrapándolo y haciéndolo un sujeto dócil o, más bien, un “no-sujeto”.

«El Campo de Montiel», de Clara Atkinson

A la condición de sumisión que denuncia Agamben, hay que añadir una situación de insensibilización generalizada; una incapacidad de reacción ante cualquier tipo de devastación eco-social. Con la revolución digital llevamos una existencia fundamentalmente tecnológica que nos ha hecho perder la capacidad de experimentar la naturaleza. Cada vez más, conocemos la realidad material a través de la realidad reproducida en nuestros dispositivos, los cuales, como afirmaba Adorno, nos alejan de la naturaleza dado que todo en ella hace que sea repetible y abstracto.

Teniendo en cuenta lo anterior, lo que resulta interesante es observar que, en la actual era digital ,  recursos naturales como el europio son imprescindibles para que los agentes dominantes creen esa nueva subjetividad tecnológica que nos desnaturaliza, nos desensibiliza y nos anula como sujetos. Y esto es porque el color rojo producido por el europio es un componente vital de la tecnología que fabrica tales subjetividades. Sin duda el europio es un “material estratégico” pero   no tanto porque produzca el color rojo de las imágenes digitales con las que nos nutrimos continuamente, sino por su complicidad en el proceso de manipulación y dominación tecnológico.

Es por todo ello que debemos resistirnos a la “psicosfera” diseñada para que asimilemos los intereses egoístas de unos pocos con  los legítimos intereses de todos.