La conservación basada en ciencia que ha salvado al alimoche canario

José Antonio Donázar
Profesor de Investigación en la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)


Hay un general consenso entre científicos y conservacionistas de que nos encontramos inmersos en lo que se ha bautizado como la sexta extinción. Se calcula que la tasa de pérdida de especies se ha multiplicado y que el proceso afecta particularmente a especies de gran tamaño, susceptibles a la presión humana tanto por sus exigencias de hábitat como por su particular demografía.

Entre los grupos más afectados en las últimas décadas se encuentra el de los grandes buitres, cuyas poblaciones mundiales se han visto reducidas en un 90%, comprometiéndose procesos ecológicos y servicios ecosistémicos ligados a la eliminación de cadáveres.

No obstante, esta tendencia puede revertirse. Así nos lo enseña una pequeña historia que aúna ciencia y gestión, y de la que es protagonista un buitre que ocupa el archipiélago canario.

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Manuel de la Riva, Author provided

Unos pavos muy particulares

La historia comienza en el siglo XV, cuando las primeras expediciones europeas desembarcan en las islas Canarias. Los recién llegados describen sorprendidos que “en los poblados indígenas se pasean aves blancas como pavos, comiendo inmundicias”. Aquello no eran pavos, claro está, sino lo que hoy llamamos alimoches y lo que los actuales majoreros, herederos de aquellos primeros pobladores, denominan guirres.

Investigaciones posteriores han demostrado que estas aves habían prosperado en las islas gracias precisamente a la llegada de los humanos y de sus ganados y que en no demasiadas generaciones habían conseguido diferenciarse tanto morfológica como genéticamente, hasta el punto de que los guirres canarios se consideran hoy una subespecie diferenciada.

Tal asociación entre alimoches y humanos se mantiene aún muy viva en algunas partes del mundocon grandes beneficios por las dos partes: las aves consiguen alimento y las personas obtienen un servicio ecosistémico librándose gratis de los restos orgánicos.

Alimoche adulto.
Manuel de la Riva/CSIC

Desde un punto de vista ecológico, el colonizar una isla tiene sus ventajas: si eres la única especie que explota un recurso, puedes acapararlo totalmente e incluso ampliar tu nicho hacia otros recursos que, de existir competidores, te estarían vedados. De este modo, el alimoche canario se hizo extraordinariamente abundante hasta el punto de que viajeros de mediados del siglo XX describían las aves posadas en bandos sobre los tejados del puerto de Las Palmas.

Todo esto, sin embargo, se vino abajo en solo unas décadas. A finales de los 90 quedaban poco más de 20 territorios habitados, casi todos en Fuerteventura, y no más de 100 individuos. Al guirre canario le sucedió lo que a tantos organismos insulares: circunscrito a una pequeña superficie, con escaso o nulo intercambio con otras poblaciones, la probabilidad de extinción se acrecienta.

Conservación basada en el conocimiento

Así pues, estaba cantado que el alimoche canario iba a seguir el camino de tantas poblaciones de rapaces insulares abocadas a la extinción. Sin embargo, en 1998 las administraciones locales comenzaron a mostrar interés por un ave tan emblemática y apoyaron el inicio de un programa de seguimiento. En lugar de dar palos de ciego y de tratar al enfermo con recetas estereotipadas, se apostó por generar conocimiento acerca de las causas que estaban llevando al declive de la población.

Se iniciaron campañas anuales de anillado de los individuos, lo que permitía identificarlos a distancia. Este trabajo fue ímprobo al principio, pero permitió que en pocos años ya se comenzara a saber quién era quién entre los guirres. Y comenzaron a acumularse los datos.

Ya en 2002 se sabía que estas aves se iban a pique porque padecían una altísima mortalidad no natural. Morían en accidentes en tendidos eléctricos, porque se sienten atraídas por estas estructuras para posarse, en un paisaje carente de árboles. Además, muchas fallecían envenenadas debido a la colocación (ilegal) de cebos destinados a matar otros animales como gatos, conejos y cuervos.

Los tendidos eléctricos pueden convertirse en una trampa mortal para los guirres.
Manuel de la Riva, Author provided

Basándose en esta información, instituciones, administraciones y empresas canarias pusieron en marcha entre 2004 y 2008 un proyecto LIFE Naturaleza que destinó 900 mil euros de fondos europeos a dos acciones principales: la corrección de tendidos eléctricos y la concienciación social frente al problema del uso de venenos. El proyecto terminó en los cuatro años prescritos, pero afortunadamente el seguimiento de la población continuó, gracias a la tenacidad de los científicos y al decidido apoyo de las administraciones canarias.

La consecuencia es que, en 2018, tras 20 años de seguimiento, conocemos todos los detalles de la vida de varios cientos de guirres canarios, cada uno de ellos identificado individualmente, de modo que, hoy en día, más del 80% de la población está marcada con anillas. Un número importante de las aves, además, porta emisores GPS que permiten conocer con una precisión extraordinaria su posición cada pocos minutos. Lógicamente, las posibilidades que ofrece esta escalada de datos se han incrementado exponencialmente.

Gracias a este esfuerzo y al volumen de información, hemos sido capaces de demostrar que realmente el proyecto LIFE de 2004-2008 tuvo importantes repercusiones positivas para la supervivencia de individuos de guirre canario. De ello se han beneficiado especialmente la fracción de aves adultas, precisamente la más valiosa para el mantenimiento a largo plazo de la población.

Tendencia poblacional del guirre canario a lo largo del periodo de seguimiento 1998-2018.
José A. Donázar/EBD/CSIC, Author provided

Se comprobó que la mortalidad en tendidos eléctricos disminuyó sensiblemente y la debida a venenos despareció casi por completo, gracias a eficaces campañas de concienciación y a la sensibilidad de la población local de las islas, para quienes el guirre es un símbolo de calidad ambiental ligado a sus fuertes tradiciones ganaderas.

Consecuentemente, la población de guirres se ha triplicado entre 1998 y 2018 pasando de 21 a 73 territorios ocupados. Hoy en día, más de 350 aves vuelan en Fuerteventura y Lanzarote. Todavía mueren por causas no naturales, pero el camino está bien marcado: acaba de iniciarse un nuevo proyecto LIFE Naturaleza con el objetivo de eliminar problemas de electrocuciones y de apoyar la colonización de islas con escasa población, como Lanzarote.

La historia que hemos contado aún no tiene final. Probablemente la población de guirres estará mucho tiempo en el filo de la navaja, como ocurre con tantos taxones insulares, pero demuestra que se puede salir de lo que se denominan vórtices de extinción cuando se hace conservación basada en evidencias científicas, algo que desgraciadamente no es común en el mundo en que vivimos.

También demuestra que las inversiones en conservación, en este caso a través de proyectos LIFE europeos, están justificadas y son eficaces cuando se cuenta con programas de seguimiento a largo plazo que sustentan la obtención de información de calidad.The Conversation

José Antonio Donázar
Profesor de Investigación en el Departamento de Biología de la Conservación, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)
The Conversation

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