Iria Bouzas

El mundo cambia cada vez más deprisa y a cada día que pasa la velocidad de transformación aumenta un poco más.

Si hubiésemos nacido en el Siglo XV sería muy poco probable que llegásemos a ver cumplidos los 40 años, pero lo que sí es cierto que de conseguir alcanzarlos, durante esas cuatro décadas habríamos vivido exactamente el mismo tipo de vida que vivieron nuestros padres, abuelos y tatarabuelos.

Pero la realidad actual es que los cambios sociales que se producían de forma paulatina a lo largo de varias generaciones y que tardaban varias décadas en verse completados, hace mucho que ya no existen.

Desde los años 80 la velocidad de nuestra sociedad se ha ido acelerando progresivamente hasta encontrarnos en un mundo donde podemos encontrarnos ante situaciones totalmente desconocidas o ante transformaciones radicales de la realidad, que se consuman en tan solo unas pocas horas.

A medida que se han ido consolidando los cambios y las transformaciones, las personas nos hemos ido adaptando como hemos podido a las nuevas realidades que se han ido sucediendo una tras otra.

Nos hemos adaptado a la tecnología, a estar conectados 24 horas al día, a que nuestro trabajo invada nuestra vida familiar, a la urgencia, a la inestabilidad, a las exigencias y la volatilidad de nuestro entorno.

Estamos adaptados y la prueba de ello es que, aunque nos cueste, hemos sobrevivido a todo lo que ha ido llegando a nuestras vidas de unos años para aquí.

Lo que yo me pregunto es si en esta adaptación y en esta lucha por sobrevivir, nos hemos parado a pensar si esto es lo que queremos y sobre todo, si esto es lo que nos hace felices.

Cuando hablamos de los cambios de la sociedad como esta fuese un ente aislado, nos olvidamos que los componentes de esa sociedad que tanto nos afecta, somos nosotros mismos.

Aceptamos con una cierta resignación un tanto peligrosa todo lo nos que viene impuesto y en la mayoría de las ocasiones ni si quiera hacemos un mínimo esfuerzo por cuestionárnoslo.

c

De pronto un día leemos un titular sobre alguna persona que ha decidido salir de la burbuja en la que estamos todos inmersos y durante un segundo todos nuestros cimientos personales tiemblan. Y resulta llamativo, a la par que muy triste, que nos remueva más la noticia de que un señor de negocios canadiense abandone todo para poner una explotación de ajos en Mondoñedo, que el hecho de mirar todos los días a nuestras familias o mirarnos por las mañanas en el espejo y no ser capaces de pensar que quizás estamos siendo, muy pero que muy infelices.

Los peces que nadan contracorriente hacen un esfuerzo infinitamente mayor que aquellos que solo se dejan arrastrar. Pero está en su naturaleza el hacerlo así. No se plantean si es mejor o peor remontar el río su instinto les empuja a hacerlo.

Un salmón no tiene la capacidad de decidir si le hace feliz ir contracorriente, ¡nosotros sí la tenemos!

Los humanos podemos valorar las alternativas. Podemos decidir si nos compensa el esfuerzo, si nos interesa el sacrificio o si la meta nos motiva lo suficiente.
Tomemos la elección que tomemos, estará bien porque la habremos tomado desde la reflexión en función de nuestra propia esencia como personas.

Nuestra decisión será la mejor para nosotros, siempre y cuando la hayamos tomado desde un mínimo proceso de análisis. Pero si nos dejamos llevar por la corriente, sin siquiera haber parado un momento durante el alboroto que produce la inmediatez y la prisa del mundo en el que vivimos, estaremos apostando en un juego que a priori tenemos perdido.

Al final, todo se resume en parar un momento a la orilla del río a pensar si queremos ir hacia arriba remontando la corriente o nos vamos a dejar arrastrar hacia el mar.

Tomen el sentido que tomen en este viaje al que hemos decidido llamar vida, ¡les deseo lo mejor en su trayecto!

Deja un comentario