En dos de los últimos comicios celebrados en América Latina, Argentina y Chile, se ha hecho tangible un auge de una extrema derecha reaccionaria revestida de impostada conceptualización de la ‘libertad’.

Kast y Milei son tan solo dos ejemplos tardíos de una tendencia que ya no merece muchos más análisis, ya irrumpió a nivel global e incluso sus consecuencias han podido ser constatadas en países como Brasil, Polonia o Hungría.

Es un error enmaquetar en el mismo contexto partidos, que aunque en su seno residen posiciones retrógradas que han aflorado como un ‘nueva amanecer’, porque a grandes luces cada uno de estos personajes personifica las propias filias y fobias de la nación de cada uno. Sin embargo, voy a correr cierto riesgo basándome en los lugares comunes, estudios y datos que entretejen una conexión explícita de todos ellos.

Diario Público ha lanzado un reportaje sobre «el número de democracias en retroceso», basado en los datos contrastados del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral, donde se expone que «el autoritarismo continúa creciendo».

«En los últimos años, la cantidad de países que han perdido calidad democrática y han pasado a ser regímenes híbridos o autoritarios ha sido mucho mayor que la de aquellos que se han convertido en democracias», explican.

Entre los países en claro diezmo de la praxis democrática se encuentran los ya mencionados Brasil, Polonia o Hungría, entre otros.

La pandemia como excusa

Brasil o el trumpismo estadounidense han sido claro ejemplo del negacionismo manifiesto utilizado como arma política que ha acarreado miles de muertes debido al COVID-19, pero en Hungría Orban también ha utilizado la excusa para propugnar una ley que permitiera alargar indefinidamente el estado de alarma, lo que autorizaba al Ejecutivo para gobernar por decreto con poderes extraordinarios sin límite temporal.

Dentro de estos contextos de exacerbación de los miedos más primarios, enfrentados con las razones más variopintas a la idea de democracia, que se ha vendido como «dictadura progre», se ha arremetido contra otros derechos que ya se daban por sobreseídos.

Hungría, por ejemplo, ha acuciado su lucha contra el colectivo LGTBI, que incluso prohibe hablar de la homosexualidad en lugares públicos. Algo que también ha propugnado el gobierno polaco de Andrezj Duda, respaldado por el partido ultraderechista Ley y Justicia (PiS).

Este segundo también se ha visto inmerso en un flagrante ataque militarizado ante la presencia de 2.000 migrantes en sus fronteras

Legitimación de la fuerza

Escribía hace décadas Max Webber que el poder es la legitimidad de ejercer la fuerza y esta siempre ha sido la capacidad coercitiva de los Estados. Lo sigue siendo actualmente. No obstante, la derechización del prisma político, con carácter nacionalista, ha potenciado la perpetuación de uso excesivo de la militarización en defensa de… Atacar a migrantes, minorias, apalear estudiantes, manifestantes…

Al tratar el tema de la derechización de la política, mayoritariamente, nos concentramos en aquellos países en los que es factible analizar sus gobernantes que pueden ser encasillados de forma irremediable, pero esta también contempla el escalamiento regresivo del resto, que acepta el marco discursivo y de debate.

Esto es algo que puede argumentarse, incluso, desde aquellos países en los que, presuntamente, se gobierna desde una mirada más progresista o, al menos, no tan a la derecha.

Como ejemplos no cabe más que hacer manifiesto las políticas migratorias que se han perpetrado en España o Italia, donde las devoluciones en caliente o las flagrantes vulneraciones de derechos humanos han sido una constante.

Podría esgrimirse del mismo modo si se trata el tema del acoso en clínicas abortivas, de las que ya denunciaba José Antonio Bosch en una entrevista con nuestra compañera, de Nueva Revolución, Cris. «Al menos 800 mujeres al año sufren acoso en las puertas de la clínica», explicaba el abogado y asesor jurídico de la Asociación de Clínicas Acreditadas para la Interrupción Voluntaria del Embarazo.

Regresión o inmersión en lo que siempre fue

En este punto surge la inestimable cuestión, ¿ha vuelto la regresión o es que nunca se fue? No hace tanto nos inmiscuíamos en un parecido consenso que propugnaba el establecimiento de unos Derechos Humanos, pero a decir verdad nunca llegaron a instaurarse más que de manera en imaginarios que se encontraban adormecidos por el statu acallado del estado del bienestar.

Una vez se ha vuelta ha hacer tangible la depauperización instalada en el capitalismo, que se manifiesta en una suerte de crisis que esconden la tendencia indistinguible del mismo sistema, las luchas del penúltimo contra el último han vuelto a recrudecerse.

La derechización política ha tirado de la manta y descubierto aquello que reposaba y que nunca terminó de erradicarse, si es que fuera posible hacerlo en los cauces de una economía competitiva, aunque se haya globalizado. «Primero sobrevivir, y luego filosofar, o hacer arte», escribía Rafael Chirbes.

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