Rafael Silva


La deuda como sistema de subordinación ha caminado de la mano con el proceso de acumulación de capital de los países dominantes. En este camino ha encontrado obstáculos y resistencias, pero siempre ha contado con las enormes fuerzas económicas y militares de los gobiernos que protegen los intereses de los banqueros. Pueden ser derrotados, pero para posibilitar esa victoria hay que poner en marcha una gran movilización social

Félix Córdova


No se trata de casos aislados, de dos o tres países, de varias décadas, o de un continente determinado. La deuda, y por ello lo denominamos sistema, es una pieza en el tablero del juego neoliberal de enorme poderío, que lleva encadenando durante siglos a prácticamente todos los países del mundo. Y como de cualquier otro sistema de dominación, hemos de librarnos de él si pretendemos ser libres, entendiendo esta libertad como un determinado grado de soberanía que nos proporcione independencia económica, y nos libere del dogal de la deuda. La deuda es una losa que actúa sobre la economía de los países, impidiendo que éstos planifiquen un futuro autónomo y unas decisiones políticas con plena libertad. Véase nuestro caso europeo: si tuviéramos que destacar un elemento común en la contabilidad pública de los 28 países miembros de la UE, éste sería sin duda alguna la dependencia de la deuda.

En nuestro caso, España ha superado ya con creces el 100% del PIB en cuanto a la deuda, aunque el objetivo del gobierno dice comprometerse con la reducción de la misma. Y es que el lastre de una deuda pública elevada merma las capacidades soberanas de un país, y esto ha sido utilizado durante siglos por parte de las grandes potencias para mantener en el subdesarrollo a los terceros países que dependían de ellos. Bajo el pretexto de continuar con el pago de la deuda pública, la Troika viola continuamente los derechos económicos y sociales de la ciudadanía de los países europeos, aumentando la desigualdad, y condenándola al paro, a la precariedad, a la pobreza y a la exclusión social. Podemos decir, en este sentido, que vivimos en “Deudocracia”.

Concretamente, el pago de la deuda pública se cobra diariamente la muerte de personas y es una de las causas fundamentales de la violencia estructural y de la agresión sistemática contra los derechos humanos de la mayor parte de la población europea, y mundial. El caso de las deudas locales (de los Ayuntamientos) también es muy significativo, y sobre todo muy ilustrativo para demostrar que cuando se ponen en marcha políticas públicas decididamente enfocadas para disminuir la deuda, se consigue (véase el flamante caso del Ayuntamiento madrileño de la alcaldesa Manuela Carmena, que ha conseguido reducir durante su legislatura más de un tercio de la deuda original que poseía el consistorio cuando Ahora Madrid llegó al mismo).

En ese mismo plano tenemos también la deuda del resto de Administraciones Públicas (Comunidades Autónomas y sobre todo Administración Central), e incluso la deuda privada de las familias y pequeñas empresas, que aunque situadas en otra órbita distinta, también obedecen a los mismos parámetros de sometimiento y dominación que la deuda pública. En cualquier caso, la deuda actúa fortaleciendo la subordinación del proceso de acumulación de riqueza de los países (o instituciones, o comunidades, o familias), erosionando su soberanía, y beneficiando a los sectores de las clases dominantes de los países o instituciones acreedoras. En general, es simplemente un mecanismo de transferencia de capital desde los países de la periferia hacia los países más poderosos. En este sentido, actúa igual que los famosos procesos de “rescate” a los que han sometido a algunos países de la UE durante los últimos años (incluido el nuestro). Es, por tanto, otro instrumento neoliberal de sometimiento y de transferencia de riqueza.

Históricamente, el mecanismo de la deuda se aplica a infinidad de países, y siempre apoyado por el instrumento del libre comercio, de tal forma que podemos afirmar que la historia internacional es la historia de las deudas de los diferentes países. Los diferentes casos de subordinación de los países de la periferia se repiten (por supuesto con las características propias de cada país y sus diferentes capas sociales), y siempre bajo el mismo esquema ya señalado. Por supuesto, desde el principio los banqueros se destacan como protagonistas del proceso, con sus intereses siempre protegidos por los poderosos aparatos del Estado de los países capitalistas desarrollados. El primero en introducir el concepto de “Deuda odiosa” fue Alexandre Naum Sack en 1920, y partir de ahí, se ha generado una numerosa jurisprudencia a su favor, y una doctrina aplicable en infinidad de casos.

Desmintamos entonces la clásica falacia de que “Las deudas hay que pagarlas”, que los economistas neoliberales y los políticos del “sentido común” nos intentan inculcar. El concepto es bien sencillo y justo: Sack consideró que existen casos excepcionales, en los cuales la deuda puede (y debe) ser anulada. En concreto, los acreedores deberían aceptar la anulación de la deuda si quedara demostrado que el gobierno que obtuvo el préstamo lo utilizó en contra de los intereses de la nación y su población, y/o que hubo ausencia de consentimiento por parte de la misma. Además, integró la concepción de la deuda odiosa con la demostración de que los acreedores no habían actuado de buena fe, y además tenían conocimiento del objeto de la deuda.

El plan existe, es posible, y está bien definido: rechazar el pago de la deuda considerada ilegítima, entendiendo ésta como el déficit no generado para la financiación de nuestros servicios públicos, o empleado para políticas de protección social. Todo préstamo no empleado para estos fines ha de considerarse ilegítimo, y por tanto declarado en repudio. No podemos ni debemos pagar una deuda ocasionada por los abusos y las conductas irresponsables de los banqueros que nos han conducido a esta situación. Y si estas decisiones son contrarias al espíritu y la letra de los tratados europeos, habrá que desobedecer a dichos tratados. Incluso la renegociación de la deuda no debe estar sujeta a ningún tipo de acuerdo que explicite una nueva condicionalidad de los cuadros macroeconómicos, con el objetivo de evitar que el pago de la deuda suponga un agravamiento de las condiciones de vida y de trabajo de los sectores populares y de la clase trabajadora.

Por tanto, lo que recomendamos desde la izquierda transformadora, para liberarnos de la dependencia de una deuda pública exagerada, que bloquea gran parte de los fondos presupuestarios estatales (y su posible disponibilidad para otros fines sociales), es derogar en primer lugar la modificación que se llevó a cabo del Art. 135 de nuestra Constitución (que dicta que el pago de la deuda es prioritario sobre cualquier otro gasto público), para a continuación establecer un proceso de Auditoría Ciudadana y Democrática de la Deuda, que estudie y delimite los montantes de la misma que puedan tener un origen odioso, ilegal o ilegítimo, o bien cuyo pago pueda no ser sostenible en el tiempo. A continuación, proceder al repudio de dicha parte de la deuda, para liberarnos de ella, y con el montante subsiguiente, abrir un proceso de renegociación con los acreedores, de tal forma que se diseñe un nuevo itinerario de pago menos gravoso. Todo ello nos conducirá a poder disfrutar y emplear en otros fines gran parte de nuestros Presupuestos Generales del Estado (PGE), dejando además así sin argumentos a aquéllos que aún continúan diciendo: “¡No hay dinero!”. Volvamos al lema: “¡NO DEBEMOS. NO PAGAMOS!”.

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Soy un malagueño de izquierdas, enamorado de los animales, y de mi profesión, la enseñanza. Soy profesor de nuevas tecnologías y crítico de las mismas, sobre todo de los cursos de F.P.O. (Formación Profesional Ocupacional) de la Junta de Andalucía. Me hice analista político ante la terrible deriva del capitalismo de nuestro tiempo, ante la necesidad de alzar la voz ante las injusticias, ante las desigualdades, ante la hipocresía, ante la indiferencia, ante la pasividad, ante la alienación. Sentí la necesidad vital de aportar mis puntos de vista, mi bagaje personal, y de contribuir con mi granito de arena a cambiar este injusto sistema.

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