Eva del Fresno
Coportavoz de la Red EQUO Muyeres Asturias
Candidata al Senado por Asturias MasPaísEQUO


La globalización nos permite tener información de las muchas atrocidades que comete el ser humano, pero nos genera sensación de hastío e impotencia. Se trata de un arma de doble filo, que nos permite tomar conciencia y a la vez genera una frustración que nos desmoviliza.

Si seguimos la información internacional, sabremos que en Colombia, los paramilitares siguen hostigando a la población civil. En Palestina cada día hay una nueva violencia. En  el Sahara, la población sigue desplazada esperando que algún día haya un referéndum. Los uigures son reprimidos simplemente por ser ellos mismos. Del Tíbet o de Chechenia ya ni nos acordamos. Somalia sigue siendo un sitio terrible para vivir.

Y mientras esas guerras latentes siguen dejando su día a día de sufrimiento y destrucción, las guerras abiertas del Yemén, de Iraq, de Afganistán,  y sobre todo de Siria, siguen inundándonos de horror. El  nacionalista Erdogan, con el apoyo del incalificable Trump, está atacando a la población  de Rojava, a esas mujeres y hombres valientes que se enfrentaron cuerpo a cuerpo con el abominable Daesh.

Es demasiado horror para asimilarlo. Nos inmunizamos y miramos para otro lado, ya ni siquiera hay manifestaciones diciendo no a la guerra. No ocupa espacio en el debate político. No nos queda ni el recurso de apagar la televisión en protesta, porque las televisiones apenas emiten información sobre estas guerras.

Aunque no lo parezca,  tenemos en nuestra mano un arma de primer orden para luchar contra la guerra. No  es inmediata, ni mediática, pero es muy eficaz.

Todas estas guerras tienen un denominador común. La lucha por los recursos:  fundamentalmente la energía. El petróleo y el gas. La razón por la que Europa no tiene una voz propia y contundente en favor de la paz es que es cautiva de su dependencia energética y de materias primas. La mejor arma contra el islamismo radical y asesino de Daesh o de Arabia Saudí, no es un avión de última generación. La mejor arma es un panel fotovoltaico. Con cada Kw de energía generado de las energías renovables, estamos dando un grito por la paz. Por cada paso que damos hacia la economía circular y para frenar el derroche de materias primas, estamos avanzando hacia la paz en la zona de los grandes lagos de Centroáfrica.

Reducir nuestra dependencia del petróleo es la mejor forma de golpear a quienes hoy siguen haciendo sufrir a Siria. Cada barril de petróleo menos que compramos como país, es una bandera blanca de la paz. El petróleo, a la mayoría de países productores, solo les ha traído sufrimiento, guerras y tiranías corruptas. Casi todo el petróleo que consumimos está manchado de sangre. La guerra es el mayor acelerador del cambio climático, la mayor apisonadora de los derechos de los colectivos oprimidos. Las mujeres, la infancia,  los trabajadores y trabajadoras, el colectivo LGTB, somos víctimas preferentes de la guerra. El medio ambiente es arrasado durante las guerras. Además el sufrimiento psicológico de las generaciones más jóvenes en las guerras,  hacen que su huella de dolor y destrucción perviva durante décadas y se traspase de generación en generación. Hay que pararlas. Y para eso, tenemos un arma eficaz, atacar su causa.

Si avanzamos cada vez más rápido hacia un cambio de modelo energético que nos permita tener soberanía energética, estamos dejando sin munición a los criminales que promueven estas matanzas. Mientras tanto, debemos abrir las fronteras a  las personas que huyen de la guerra. Europa tiene capacidad sobrada para acoger a quienes buscan refugio por la guerra. Es más, es bueno para nuestra sociedad que vengan. Ahí también podemos y debemos actuar. No podemos parar los tanques turcos, pero tenemos mucho por hacer aquí y ahora. No nos quedemos de brazos cruzados.