Federico Velázquez de Castro González
Presidente de la Asociación Española de Educación Ambiental (AEEA)


Existe un amplio acuerdo en que el cambio climático es el principal problema ambiental al que, desde ahora, debe enfrentarse la humanidad. Es un claro exponente de lo que conocemos como crisis ambiental, es decir, se trata de un problema global que, generado por una parte de la humanidad, afecta a todo el planeta; de perfil exponencial, preocupando tanto como su propia naturaleza su ritmo de evolución; y de carácter persistente, por cuanto aun deteniendo de forma inmediata las emisiones de gases invernadero, el cambio climático continuaría produciéndose durante décadas (o siglos) debido al largo tiempo de residencia de los gases que lo originan u la inercia generada.

El cambio climático es un indicador –tal vez el más potente- de la gestión de nuestro modelo de crecimiento. La intensa presión a la que sometemos los recursos y la alta demanda de energía de los países desarrollados –en muchos casos innecesaria e ineficiente- generan abundantes residuos (gaseosos, líquidos o sólidos), algunos de difícil degradación. El despilfarro de las sociedades occidentales, que no consideran los límites de las actividades humanas y que inunda los mercados de bienes cuyo tiempo de renovación es cada vez más corto, está detrás de la mayor parte de los problemas ambientales de nuestro tiempo.

Las consecuencias del cambio climático dependerán de los escenarios alcanzados, en donde la evolución de variables sociales, como la población o la energía, será fundamental. En todo caso ya muestran un perfil incierto y preocupante, al haberse superado las 410 partes por millón de dióxido de carbono, la concentración más elevada en el último millón de años, creando así un escenario inédito en la historia de la humanidad. Mayor temperatura supondrá más energía en la atmósfera y subida del nivel del mar por dilatación y fusión de los glaciares continentales. De lo primero derivarán fenómenos meteorológicos más intensos, y de lo segundo, pérdidas de superficie y procesos erosivos. Mas, las consecuencias pueden tener un alcance mayor si se alteran las corrientes planetarias (como la corriente cálida del Golfo), derivándose grandes dificultades de adaptación tanto para el ser humano como para el resto de las especies. Los impactos sanitarios y económicos pueden, asimismo, llegar a ser incalculables.

El sentido de la educación ambiental (definida en la Cumbre de Río de 1992 como herramienta imprescindible en el camino hacia la sostenibilidad) es el de intervenir en la evolución de un problema para que alcance los escenarios más favorables. Para ello interpreta los problemas ambientales (considerando sus causas inmediatas y últimas, esto es, la emisión de los gases invernadero fruto de la actividad humana y el modelo capitalista de consumo como generador de la presión sobre los recursos), promueve valores que conduzcan a estilos de vida más sostenibles y responsables (como la austeridad, la conservación o el compromiso) y capacita y fomenta aptitudes de intervención social que conduzcan a la toma de iniciativas y a la participación en la vida pública, puesto que la resolución de los problemas ambientales requiere de la actuación de las instituciones y de la participación ciudadana.

La educación ambiental no es el único instrumento frente a los problemas ambientales: son imprescindibles los convenios y protocolos internacionales (Kioto – París), las Estrategias nacionales y regionales, y junto a todo ello, una apuesta decidida por las energías renovables. Además de su aceptabilidad ambiental (sin olvidar algunos impactos concretos), hoy generan cerca de diez millones de puestos de trabajo en el mundo, convirtiéndose en un sector dinamizador de la economía y puntero en áreas de investigación y desarrollo.

 

Sin embargo, ninguna política ambiental saldrá adelante si no va acompañada de programas educativos (no sólo informativos), que sensibilicen a los ciudadanos y los impliquen en la resolución de los problemas. Por ello, las buenas prácticas que desde la educación ambiental se proponen para combatir el cambio climático apuntan en las siguientes direcciones:

 

  • Fomento del ahorro y la eficiencia energética, tanto en el domicilio como en el centro de trabajo, incluyendo la construcción, la iluminación, la climatización, los electrodomésticos y la utilización eficiente de la ofimática.

 

  • Modelos de transporte sostenible y eficiencia en su uso. Promoción de la bicicleta, vehículos eléctricos y transporte público no contaminante, especialmente el ferrocarril en las medias y largas distancias.

 

  • Conservación de los recursos, incluyendo la reparación, la reutilización y el reciclaje, dentro de una economía circular. Conocimiento de la cantidad de energía invertida en cada producto de consumo, incluidos los alimentarios.

 

  • Reducción del consumo de carne en la dieta junto con la adquisición de productos de proximidad y procedentes de la agricultura ecológica. Además de las razones ambientales, por las emisiones de metano y los vertidos que el ganado genera, se añaden argumentos de protección de la salud, bienestar animal y justicia social. No se olvide que el metano es un gas invernadero 23 veces más potente que el dióxido de carbono.

 

  • Reducción del consumo de agua por el gasto energético que encierra la potabilización y depuración.

 

  • Puesta en práctica, a través de programas formativos dirigidos a niños y adultos, de valores, como la responsabilidad o el sentido crítico, encaminados a reducir los altos niveles de consumo de las sociedades occidentales.

 

  • Integración en colectivos y movimientos que trabajen a favor del medio y de un modelo económico sostenible. Es la forma de vertebrar la sociedad civil en donde el ciudadano, a través de las organizaciones en las que participa, refuerza su voz frente a los poderes económicos y políticos.

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