Federico Velázquez de Castro González
Asociación Española de Educación Ambiental


            En unos momentos en los que tanto se habla de crisis económica, se olvida que hace ya bastantes años muchos habíamos alertado sobre la existencia de otra crisis, la  ambiental. Quizás no sean términos tan distantes, pues el medio ambiente no es sino un formidable indicador del modelo económico del que deriva, por lo que nadie que honestamente desee mejorar las condiciones ambientales olvidará dirigirse a las causas sociales generadoras del daño e injusticia que recae sobre los seres humanos y el resto de las especies que pueblan el planeta.

            Hablar de crisis, advertíamos, no suponía una vaguedad, sino el empleo de un término riguroso. Por primera vez acontecían problemas globales (trascendiendo, aunque sin excluir a los locales y regionales) que generados por una pequeña parte de la población –su minoría privilegiada- afectaban de una manera u otra a todo el planeta. Problemas exponenciales, de rápida evolución, que como el cambio climático preocupan, además, por el tiempo tan extremadamente corto en el que suceden. Problemas nuevos y numerosos que como los alteradores hormonales, los campos electromagnéticos o los organismos transgénicos se añaden a las clásicas alteraciones del aire, agua o suelos, todavía no resueltas. Y añádase, por último, su persistencia fruto de los largos tiempos de residencia de los productos que liberamos, lo que supone que vuelvan y se acumulen en nuestros organismos, como continuamente confirman los análisis.

            Existe una diferencia notable entre crisis y catástrofe. Aquélla expresa riesgo, preocupación, incertidumbre…, pero deja opción para decidir y actuar. La catástrofe puede representar uno de los escenarios posibles, pero no el único, de ahí que nos alejemos de posiciones derrotistas, pues aún es momento de intervención y oportunidad. Estas son las condiciones para que la crisis pueda superarse, pues los problemas no se arreglan solos, y requieren una acción responsable y coordinada para su resolución satisfactoria.

            En estos momentos de recesión económica, los mensajes que lanzan los gobiernos son los de aumentar el consumo. Si lo hacemos salvamos puestos de trabajo y permitimos que la actividad económica continúe. Mas, si consumimos como lo veníamos haciendo, nos avisan el Observatorio de la Sostenibilidad, el WWF o el Worldwatch Institute –entre otros- necesitaríamos tres planetas, en el caso de que todo el mundo siguiera nuestro ritmo. ¿Qué hacer entonces? Aunque se quiera negar la evidencia, no hay más que un camino seguro y es del desarrollo sostenible. Probablemente, muchos ahora se den cuenta de que no se trataba de un maquillaje, sino de una verdadera alternativa, la única que puede garantizar la supervivencia del planeta. Y como alternativa diferente necesita un tránsito, una adaptación que cuanto más brusca, más dolorosa. Pero no queda más opción que la redistribución de la riqueza y los límites al crecimiento como nuevo modelo económico y social.

            No hay que temer por los puestos de trabajo, pues pueden readaptarse en número y calidad. En cuanto a esto último ya Skinner diseñó un modelo productivo viable con cuatro horas diarias como jornada laboral; y en cuanto a lo primero, una economía con criterios ambientales genera más empleo que la intensiva y desarrollista. Así las cosas, si miramos con cierta perspectiva a la búsqueda de un futuro seguro y digno para el planeta, superador de estos vaivenes en los que tras momentos de consumo desaforado vienen caídas en picado, no parece haber otra alternativa que la contención frente al despilfarro, la cordura a frente al desenfreno, la justicia frente a la desigualdad. Mas, ¿quién será el sujeto de estos cambios?

            La educación ambiental se orienta a crear conciencia y cultura en el seno de quien creemos que está llamada a ser la protagonista: la sociedad civil. Como educación –lo que, no lo olvidemos, sustantiviza el término- pretende infundir confianza y fe a las personas en sus posibilidades, y rescatarlas del anonimato a los que el sistema quiere relegar. El hombre, la mujer, los ciudadanos son el verdadero motor de la historia, aunque el sistema quiera mostrarlos como consumidores, ciudadanos anónimos, que ven, leen, escuchan lo que los “relevantes” hacen. Pero esta perversa distinción en la que tan bien colaboran los grandes medios de comunicación, persigue un único objetivo y es el de anular a las personas cuestionando el valor de sus pensamientos y actos. Sin embargo, en cada ciudadano reside un poder mucho mayor del que nos imaginamos, y es en función de él como se puede transformar la sociedad.

            La educación ambiental es generadora de valores, que es lo que estructura y arma a los individuos y la sociedad. Entiende que frente a la crisis ambiental se debe responder con ética y actuar en función del deber, que es lo que llena de sentido a cada persona. Uno de los principales valores ambientales es la responsabilidad, es decir, saber responder y hacerse cargo de las circunstancias históricas que nos ha tocado vivir sin indiferencia, sintiendo las obligaciones que tenemos con una naturaleza a la que debemos cuidar y proteger; el respeto, por lo que no sólo respondemos en función de la dignidad que todo ser humano tiene, sino que encuentra también dignidad en todos los seres vivos; el compromiso, para dirigir la mirada más allá de las realidades más inmediatas; la austeridad, para vivir con sencillez, garantizando la disponibilidad de los recursos para nuestra generación y las que la sucedan.

            La educación ambiental pretende contribuir a vertebrar la sociedad civil promoviendo la asociación frente al débil y efímero voluntariado. No espera recoger los frutos en horizontes lejanos (o, al menos, no sólo) sino en ya desde ahora, por cuanto en la medida en que se toma conciencia se comienza a actuar, creando cultura ambiental en la sociedad: responsabilidad y contención frente al consumo, movilidad sostenible, ahorro y eficiencia en la energía, reutilización y reciclaje de recursos, dietas sostenibles…Estos nuevos hábitos deben impregnar nuestra forma de vida y deben ir apuntando hacia el modelo justo y equitativo que pretendemos. Y deben ser asumidos y defendidos por las organizaciones de la sociedad civil como planteamiento irrenunciable de transformación.

            Todos podemos y debemos contribuir a esta tarea sintiéndonos educadores ambientales. Si bien existen grupos de personas preparadas y vocacionadas para la transmisión de estos mensajes y la generación de conciencia, para que la educación sea realmente efectiva debe contar con múltiples agentes, haciendo que la sociedad en su conjunto sea educadora. Por tanto, como padres, vecinos, profesionales, ciudadanos, estamos llamados a mostrar públicamente nuestros hábitos, pues aunque los valores se enseñan a través de la palabra, se aprenden eficazmente por el ejemplo. Y en esto consiste nuestro objetivo: adquirir conciencia, compartirla y transmitirla en nuestra vida individual y comunitaria. Decía Donella Meadows que la próxima revolución, si sucede, sería silenciosa, y cada vez sentimos más su necesidad. La educación por sí misma quizás no sea el único instrumento, pero sin ella ninguna propuesta política puede salir adelante. Por eso es tan necesaria en momentos como éste en los que deberíamos caminar resueltamente hacia modelos sostenibles aprovechando las oportunidades que la historia nos ofrece. Nos va en ello el futuro y qué mejor esperanza que un pueblo culto y organizado para realizar el cambio.