La empatía, la tortuga de ‘Blade Runner’ y la ciencia del animalismo

Juan Ignacio Codina
Subdirector y cofundador del Observatorio Justicia y Defensa Animal


Este artículo va de antitaurinismo, pero también de animalismo, y de la ciencia que sostiene a ambos. Comenzaré con una anécdota. Hace algunos años, paseando, encontré a una pequeña tortuga en medio del camino. No era una tortuga de las marinas, sino de las que habitan en montes y en zonas con vegetación mediterránea. La pobre estaba patas arriba, con el caparazón contra el suelo, agitando sus extremidades e incapaz de darse la vuelta. Tras recogerla y comprobar que en apariencia no estaba herida, la devolví al monte y, satisfecho, observé cómo desaparecía entre la maleza hasta que la perdí de vista. Inmediatamente este encuentro me hizo recordar Blade Runner (Ridley Scott, 1982) en la que, al principio de la película, un hombre es sometido a un test para averiguar si se trata de un humano o de un replicante, es decir, un robot. Una de las cosas que evaluaba el test era la empatía —la capacidad de ponerte en la piel del otro, percibiendo su dolor y sufrimiento—. Y, en este sentido, y como se recordará, una de las preguntas del test se refería directamente al sufrimiento animal: el investigador analizaba la reacción del supuesto replicante al preguntarle qué haría en caso de encontrarse con una tortuga boca abajo, exactamente como la que yo me encontré. Ante la dramática imagen de un ser vivo que es físicamente incapaz de darse la vuelta, y que está destinado a morir si nadie le ayuda, un humano mostraría empatía y sufrimiento —como sucedería con cualquier persona medio decente—, mientras que un robot no reaccionaría, seguiría su camino sin inmutarse. Aceptemos, pues, que la empatía es una atribución inicialmente propia de la especie humana —digo inicialmente porque existen evidencias empíricas de que otras especies también la comparten con nosotros, aunque no interese que se sepa—. Algunos me dirán: pues vaya cosa, no parece muy científico citar como referencia una película. Y la verdad es que no les faltaría razón. Solo haré dos apuntes: el primero es que este no es un artículo de divulgación científica y el segundo es que, detrás de todo esto, también hay mucha ciencia. Ahora verán.

Antes de estudiar periodismo y de doctorarme en Historia Contemporánea, estudié psicología. Bien es cierto que no llegué a concluir la licenciatura, ya que la abandoné a mitad de carrera por razones que carecen completamente de interés. Sin embargo, guardo muy gratos recuerdos de aquellos años en el campus de la Complutense en Somosaguas, en donde aprendí algunas cosas que me han acompañado durante toda mi vida. De hecho, hoy voy a hablar de dos fenómenos psicológicos que estudié en aquellos años y que ahora pongo sobre la mesa porque tienen mucho que ver con la empatía —o, mejor dicho, con su ausencia—, así como con la crueldad hacia los animales en general y con la tauromaquia en particular. En otras palabras, tienen mucho que ver con la normalización social de la violencia que se ejerce contra los animales, como sucede en este país con las corridas de toros y con otros crueles espectáculos taurinos. Uno de estos fenómenos es la habituación, y el otro es el llamado proceso oponente.

La habituación es un fenómeno muy común. A grandes rasgos, diré que se produce cuando la presencia de un estímulo desagradable, a fuerza de repetición, deja de generar una respuesta negativa. Lo expresaré más claro y centrándome en la tauromaquia: si una niña o un niño de corta edad son acostumbrados a ver sufrir a un toro, acabarán cosificando al animal, y de mayores les parecerá natural que se ejerza violencia contra el toro como diversión. Es decir, se habrán habituado a ello. Pero, claro, este proceso no sólo se da con la tauromaquia, sino también con la caza o con cualquier otro tipo de actividad que suponga violencia y barbarie. De hecho, los poderosos grupos de presión taurinos y cazadores han luchado, y lo seguirán haciendo, para que se permita a los menores ir a las plazas de toros y también de cacería. Cuanto más pequeños sean mejor, así la habituación será más natural, e irreversible.

El otro fenómeno psicológico que he citado, el llamado proceso oponente, es más peligroso. En términos muy generales, y por lo que a nosotros nos interesa, este proceso supone que, cuanta mayor sea la habituación a un estímulo, más cantidad de ese mismo estímulo se necesitará para obtener una misma respuesta emocional. Para que se entienda mejor, diré que el proceso oponente se ha estudiado sobre todo en las adicciones a las drogas. Así, según los investigadores, una persona que consume drogas habitualmente cada vez necesitará más cantidad para tener el mismo “colocón”. Del mismo modo, y extrapolándolo a la tauromaquia y a la caza, una persona cada vez requerirá de más violencia para  colmar —o calmar— su satisfacción y sus ansias de sangre. Con matar a un animal ya no tendrá bastante: querrá dos, tres… y así sucesivamente. Esto es ciencia, no me lo estoy inventando. Algunos me dirán que cómo se me ocurre comparar la tauromaquia o la caza con las drogas. Pues lo cierto es que esta comparación no la hago yo, sino que quien la plantea es el destacado filósofo José Ortega y Gasset quien, además, era un reconocido aficionado taurino. Así es, en su libro La caza y los toros, Ortega llega a decir explícitamente que la sangre de los toros, en las corridas, y cito textualmente, «opera [en el público] como droga estupefaciente». Y, al respecto de la caza, sostiene algo muy similar. Es decir, según Ortega, la violencia, la sangre, el dolor de los animales, actúa con el poder de una droga, y de las más duras. Y este autor no es el único taurino que se expresa en estos mismos términos. De esto hablo con mayor profundidad en mi libro Pan y toros. Breve historia del pensamiento antitaurino, editado por Plaza y Valdés, y que se publica en muy pocos días. Ya les adelanto que, como se verá en el libro, la cosa es verdaderamente grave.

Por cierto, uno de los discípulos más destacados y adelantados de Ortega y Gasset, el gran filósofo José Ferrater Mora, aseguraba que la evolución natural de Ortega, de haber vivido más, hubiera sido la de acabar siendo antitaurino. El propio Ferrater era antitaurino, y conoció muy de cerca a su maestro, de modo que algo debía saber para defender contundentemente que Ortega, de vivir hoy en día, también sería antitaurino.

Sea como fuere, la habituación y el proceso oponente son dos fenómenos que, como acabamos de ver, podemos relacionar directamente con la violencia ejercida hacia los animales. Esto es pura ciencia, porque, que quede claro, en el animalismo también hay mucha ciencia. No sólo hablo de psicología, o de biología, sociología, filosofía, ética o veterinaria, sino también de derecho —el derecho animal se estudia en algunas de las más prestigiosas universidades anglosajonas, entre ellas Harvard, Yale, Stanford o GeorgeTown y, aquí, en nuestro país, la propia Universitat Autònoma de Barcelona tiene un máster dedicado a esta rama del derecho—. Pero es que, además, el animalismo es un fenómeno muy antiguo, mucho más que otras disciplinas. Lo que sucede es que no interesa que se sepa. Volvamos de nuevo a la tauromaquia —y a mi libro—: autores muy antiguos, desde el siglo XVI, ya rechazan la barbarie taurina por considerar que la crueldad ejercida contra el toro por mera diversión debía ser erradicada de nuestras costumbres.

De hecho, en España ha habido históricamente destacados pensadores que, como el gallego Benito Feijoo —de comienzos del siglo XVIII—, rechazaron en su momento la noción cartesiana del “automatismo de las bestias”, que tanto daño ha hecho a los animales. Muy resumidamente explicaré que esta barbaridad se la debemos al filósofo René Descartes quien, a comienzos del siglo XVII, llegó a defender que los animales no eran seres sintientes, sino que eran simples autómatas, robots o, mucho peor, máquinas. En definitiva, que no merecían ninguna consideración, que ni sentían ni padecían, entre otras razones —decía este filósofo—, porque los animales no gozaban de la facultad de hablar, que ya hay que tener ganas de ponerse quisquilloso. Afortunadamente, muchos otros autores de aquel tiempo, también muy sabios, se opusieron a esta doctrina que hoy en día nadie en su sano juicio se atrevería a defender —quitando, eso sí, a algunos taurinos que siguen diciendo que el toro no siente dolor, lo cual científicamente les sitúa a principios del siglo XVII, si no antes—. Entre los pensadores que discutieron a Descartes, como digo, estaba el español Benito Feijoo, un destacado intelectual, profesor y catedrático de la Universidad de Oviedo, considerado uno de los más grandes intelectuales españoles del siglo XVIII. Este hombre sencillo y humilde, fundamentándose en la observación empírica, deduce que los animales sí toman decisiones, sí sufren, sí sienten. Muchos y muchas me diréis que no hay que ser muy listo para llegar a estas conclusiones. Lamentablemente, como ya he sostenido, incluso hoy en día hay taurinos que defienden que el toro no sufre sino que goza, o cazadores que toman a los animales como objetos, como trofeos, y no como seres vivos que sienten y que tienen sus propios intereses, entre ellos el de seguir vivos. Así que el hecho de que Benito Feijoo, en su tiempo, se postulara contra el automatismo de los animales, tiene mucho mérito.

Pero más mérito tiene, sin duda, su discípulo, el religioso Martín Sarmiento, otro gran pensador, considerado el padre de la filosofía gallega, y que vivió durante el siglo XVIII. Yo, personalmente, a Sarmiento le considero el primer animalista español de la historia. Ojo, no digo que fuera vegano, sino que, como dejó sobrada constancia en su obra, poseía una gran sensibilidad hacia el sufrimiento de los animales —no sólo de los toros, que también—, lo cual le hace digno de todo mi aprecio y respeto.

Pero, ¿por qué no hemos oído hablar hasta ahora de estas cosas? ¿Por qué personajes como Feijoo, Sarmiento y otros y otras tantas han quedado enterrados en la historia? Destacadas mujeres y hombres en nuestro país, a lo largo de los siglos, han defendido lo mismo que hoy en día defendemos. Pero esto no se sabe. Lo digo una vez más: no interesa que se sepa. En un mundo en el que, como el actual, todo va tan deprisa, tal vez deberíamos detenernos para mirar hacia atrás y saber de dónde venimos. De lo contrario, difícilmente podremos saber adónde vamos.

No nos engañemos, los llamados poderes fácticos están encantados con esta situación. Es la misma cuestión que se repite una y otra vez. Pan y circo, pan y toros. Distraigamos, desinformemos, porque así se manipula mejor al pueblo. Quitemos la filosofía y la música de las aulas, y metamos la tauromaquia y la caza. Embrutezcamos a los españoles desde muy pequeños, porque cuanto menos refinados sean, cuantos menos sentimientos tengan, serán más fáciles de gobernar, serán más dóciles. Nos convierten en autómatas, pero de los de verdad, no como los de Descartes.

Para acabar diré que el peligro de esta situación salta a la vista: una ciudadanía desinformada, apática y desinteresada no sabe qué proteger, no sabe qué salvaguardar, no sabe, en definitiva, por qué luchar. Y eso nos lleva a la perdición. Debemos tener presente que uno de los valores esenciales de toda democracia es su propia ciudadanía, su población, su sociedad. Y una sociedad que no participa, que vive en la apatía, que no es activa, devalúa la democracia, y esto es lo que sucede con la cuestión del Pan y toros.

No seamos como la pobre tortuga que yace patas arriba incapaz de darse la vuelta, pero tampoco como el replicante que la ve y pasa de largo. No nos habituemos a la violencia contra los animales, no la veamos como algo normal. Al fin y al cabo, lo que está en juego es algo que nos supera a todos. Si como decía Martin Luther King «el arco del universo moral es amplio, pero se inclina hacia la justicia», no dudemos de que el animalismo y el antitaurinismo son corrientes que nos conducirán a esa equidad, a esa justicia, a ese nuevo mundo de progreso, de modernidad y de civilización. Y, quien no lo vea así, tal vez debería someterse al test de Blade Runner, porque a lo mejor se lleva alguna sorpresa, y resulta que no es tan humano como se pensaba.


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