La “enfermedad” de la empatía, dos confesiones y otra vez lo de Bambi

Juan Ignacio Codina
Subdirector y cofundador del Observatorio Justicia y Defensa Animal
Autor de PAN Y TOROS. Breve historia del pensamiento antitaurino español



Voy a comenzar este artículo por una de las confesiones que anuncio en el titular. Desde que vine a este mundo sufro del llamado desgaste por compasión, también conocido como fatiga por empatía. Esto quiere decir que me duele el sufrimiento ajeno, que me afecta hasta el punto de pasarlo realmente mal. Muchísimas personas sabrán de lo que les hablo. En mi caso, y desde muy pequeño, he entendido que me sucede esto. Dicho de otro modo, padezco de humanidad.

Esto me ha pasado toda la vida, solo que ahora le han puesto el nombre de un síndrome. Pero, ¿cómo podemos convertir en una “enfermedad” algo que nos hace humanos? O sea, la empatía no puede ser algo malo. Para empezar, es común a todas las especies, y nos ha sido otorgada por la mismísima Naturaleza, es decir, por la evolución, de modo que cumple con una función que, sin duda, persigue perpetuar la especie. Si lo piensan un poco coincidirán conmigo en que la empatía es un elemento de cohesión del grupo, de la comunidad. Entender y apreciar el sufrimiento de los otros miembros de la sociedad permite establecer lazos que fortalecen las afinidades.  En otras palabras, ¿se imaginan un mundo en el que nadie velara por los demás? Caray, ahora que lo pienso, se parecería mucho al nuestro, a nuestro mundo. Es que el liberalismo político y económico es la mejor vacuna que hay contra la empatía. Pero esa es otra historia, para no dormir, o para dormirse uno para siempre, porque la cosa está chunga.

Pero, volviendo a mi confesión, insisto: sufro ante el sufrimiento ajeno. Sufro tanto que reconozco que me protejo ante determinados estímulos. Soy humano, y una de las condiciones de ser un animal humano es precisamente tener sentimientos, tener empatía, compadecerse ante el dolor ajeno, sentirlo como propio hasta el punto de tratar de evitarlo, no solo para mí o para mi especie, sino para todas. Porque eso es lo que tiene la empatía, que no hace distingos. Si se tiene, se tiene, y entonces estamos arreglados, porque te duele todo. Ya ven ustedes: padezco de humanidad, y eso tiene mala cura, sobre todo ya a determinadas edades.

No lo digo en serio. La empatía no puede ser considerada como algo malo, como algo que deba curarse. Sin duda no es así. Muy al contrario, la empatía es un atributo humano —y animal— que, eso sí, en estos tiempos abunda más bien poco. Ya sea porque se cercena desde la más tierna infancia —¿les suenan de algo la tauromaquia para escolares o las batidas de caza para niños?—, o porque se nos socializa como autómatas consumidores para mayor provecho del liberalismo capitalista, el caso es que la empatía brilla por su ausencia, sobre todo entre determinados círculos, clase política aparte.

Por tanto, el problema, en mi opinión, no es poseer empatía, sino aprender a gestionarla. Yo llevo años auto observándome, pensando, dándole vueltas a esta cuestión. Una cosa tengo clara: no quiero ser como esa mayoría apática e indiferente. La indiferencia no va conmigo. Los indiferentes, que son mayoría absoluta, y absolutista, suponen el principal apoyo de los inmovilismos, e impiden el progreso. Ellos sí que son una enfermedad sistémica. Yo he intentado no mirar para otro lado ante una injusticia o un abuso. No me lo podría permitir porque, al fin y al cabo, me tengo que aguantar a mí mismo 24 horas al día, y para eso, créanme, hay que tener la paciencia de todo el santoral. Así que no miro para otro lado y, claro, eso me ha causado numerosos problemas, conflictos e insatisfacciones. Pero lo tengo claro, la indiferencia es un mal que se debe combatir. Las cosas no se transforman con la indiferencia. Si los abolicionistas de la esclavitud hubieran sido indiferentes, si el movimiento obrero o sindical hubiera mirado para otro lado, si las sufragistas no se hubieran sacrificado por las mujeres…, el mundo sería mucho más injusto de lo que es hoy en día. Que ya es decir.

Escribo este artículo recién llegado a casa de Oviedo. Allí he tenido la gran oportunidad de hablar, en un espacio de muy pocas horas, del antitaurinismo español en dos ámbitos distintos. Una tarde presenté mi libro, Pan y Toros. Breve historia del antitaurinismo español (Plaza y Valdés, 2018) y, a la mañana siguiente, di una conferencia acerca de la rica historia del antitaurinismo español en la II Jornada de Derecho Animal, que conjuntamente organizaron la Universidad de Oviedo y el Observatorio Justicia y Defensa Animal. Ambos actos fueron un éxito. De hecho, que la defensa de los derechos de los animales y el antitaurinismo español lleguen a la universidad española es ya, en sí misma, una grandísima noticia. De mi libro ya no voy ni a hablar —aunque ahora que saco el tema, y de paso, diré que es un trabajo excelente y muy recomendable, y que en estas fechas se presenta de nuevo en Madrid, y luego en Toledo, en Pamplona, en Guadalajara…, en fin, que no me tiren de la lengua que este libro es muy libro, y mucho libro—. Pero, volviendo a la Jornada de Derecho Animal de la Universidad de Oviedo, en ella varios expertos abordamos, desde diversas perspectivas, la problemática de los festejos españoles en los que se usan y maltratan animales: la vertiente histórica, la legal, la política y la de la salud de los propios animales. Las conferencias resultaron, como digo, todo un éxito. Por el estrado pasaron juristas como la abogada y experta en Derecho Animal Nuria Menéndez de Llano o el catedrático de Derecho Constitucional  Benito Aláez; políticos como Juan López de Uralde; biólogos como Javier Naves; veterinarios como Luis Royo, e historiadores como…, bueno, como un servidor. Resultó una gran experiencia, sobre todo para aquellos que, en contra de la tendencia general, todavía sienten la pérfida e insana inclinación por algo tan en desuso como querer conocer, como querer saber, como querer aprender. La Jornada se desarrolló en el Aula Magna del edificio histórico de esta excelsa y antiquísima universidad. Los ponentes hablamos bajo un gran retrato del padre Benito Feijoo, que presidía la sala. Feijoo llegó a ser vicerrector de la Universidad de Oviedo, y fue un gran defensor de los animales —de los primeros en atreverse a criticar abiertamente la infame teoría cartesiana del automatismo de los animales—. Este sabio del siglo XVIII nos observaba desde lo alto recordándonos que la defensa de los animales no es cosa nueva, no es cosa de Walt Disney o de Bambi —como insisten una y otra vez desde la ignorancia taurinos y cazadores—, sino que se remonta siglos atrás en el tiempo, habiendo sido enarbolada por destacados pensadores como el propio Feijoo, entre muchos otros.

Un golpe de Estado taurino, la España Negra y las políticas andaluzas del Pan y Toros

El caso es que, en determinado momento de esta Jornada, durante una de las intervenciones en la que se trataba de exponer científicamente el sufrimiento que padece el toro durante la corrida —no se dejen engañar: el toro no sufre, el cambio climático es un camelo y, la teoría de la evolución de las especies es un cuento— algunas personas del público se levantaron discretamente y abandonaron la sala. Las imágenes, las palabras, se clavaban y dolían tanto como las espadas y las banderillas. Hacían tanto daño como las puyas o los puñales del descabello. ¿Cómo no sentir la necesidad de apartar la vista, de apagar los sentimientos, de salir fuera y desconectar de este mundo miserable y bárbaro? Yo no puedo juzgar a nadie, pues yo mismo, como ya he dicho, evito determinados estímulos. El abuso, la maldad, la crueldad, la injusticia… me pueden, me dejan sin aliento, me quitan el sueño, me abaten. Entiendo a las personas que, brevemente, abandonaron la sala. Las entiendo muy bien. Pero, por favor, que ni ellos, ni nadie, ni yo mismo, confundan esto con la indiferencia. Ese dolor comprensible y legítimo, que nos hace apartar la mirada, lo debemos transformar en energía, en compromiso, en determinación, en fuerza. El dolor es negativo, pero tiene su parte positiva. De hecho, evolutivamente el dolor es un marcador, una señal, un aviso. Evitamos el dolor porque, de ese modo, se perpetúa la especie. La cuestión, por tanto, no debería ser eliminar el dolor, sino luchar contra la realidad que lo causa. Si el fuego nos quema y nos duele, podemos apartarnos de él, sí, pero también podemos intentar apagarlo, extinguirlo, combatirlo. Yo abogo por esto último. Ataquemos la causa, no el síntoma. La mayoría de los seres humanos, por pura comodidad, han optado por inmunizarse ante el dolor, por reducir su empatía al nivel de la de un estropajo, en vez de luchar por eliminar las realidades que causan ese dolor. Y así nos va. Al final, es más cómodo cambiar uno mismo que pretender cambiar la realidad. Y, por el camino, se suelen quedar la justicia, la humanidad y el bien en términos morales. En mi opinión, se debe hacer el esfuerzo —yo el primero— de intentar equilibrar el dolor con la acción, con una acción transformadora que, además, siempre ha de comenzar por uno mismo, por una misma.

Señoras y señores, más empatía es lo que hace falta en este mundo. Más sentimiento, más compasión, muchísima más. Como ya he dicho, estas son capacidades que, además, no hacen distingos o, al menos, no deberían hacerlos. El dolor no es únicamente propio del animal humano, sino también del resto de animales. Y empatizar con ese sufrimiento no es una enfermedad, ni mucho menos. De hecho es más bien al revés: está sobradamente demostrado que algunas graves psicopatías, algunos crímenes execrables, se deben a la ausencia de empatía. Por tanto, ¿de qué estamos hablando? Nos socializan desde muy pequeños para cercenar nuestros sentimientos porque, al parecer, los sentimientos y el capitalismo no se llevan muy bien que digamos. Ante una opa hostil, ante un abuso económico, ante un despido masivo, ante el liberalismo económico y político llevado a su extremo, el sentimiento resulta incompatible. Ese mercantilismo de votos, de vidas y de carteras, es lo que está matando a este mundo, y no la empatía.

Termino con otra confesión. Soy un hombre, y tengo sentimientos ¿Acaso eso me hace más débil?, ¿me hace menos “hombre”? Al contrario, me considero más fuerte que otros “hombres” que carecen de sentimientos. De hecho, ¿quién es más fuerte?, ¿el que no sufre porque es un autómata huero de empatía, o el que aun sufriendo encuentra los recursos, las fuerzas, las ganas para seguir adelante, para luchar, para intentar cambiar las cosas? Yo lo tengo muy claro. Hace años que lo tengo muy claro. No vamos a cambiar, y si cambiar supone convertirnos en una piedra, en mirar hacia otro lado o en ser indiferente, con más motivo me declaro un hombre con sentimientos. Y, a quien no le guste, que revise su varonía, que ponga en cuarentena sus atributos de masculinidad, porque seguramente será muy macho, pero como ser humano no valdrá un pimiento. Y ¿saben qué? Allí donde haya sufrimiento, injusticia y abuso, allí me tendrán, a mí y a miles como yo, porque, por más que les pese a muchos, los seres humanos, con sus atribuciones intactas, somos legión. Ahí estaremos, mujeres y hombres por miles, plantando cara a los maltratadores, a los abusadores, a los explotadores, a los chulos, a los quintos, a los bárbaros. Recuerden, somos la Resistencia. Resistan, conviertan su dolor en fuerza, en energía. La vamos a necesitar. Esto no ha hecho más que empezar, pero merecerá la pena. Resistir supone vencer, y venceremos, por más dolor que nos cause.

1 Comentario

  1. Me gusta mucho el artículo, escrito desde la inteligencia y la emoción. Ojala la enfermedad de la empatía se hiciera epidemia. Escribir sobre ello, difundir pensamientos como el de Juan Ignacio Codina es muy necesario. Comparto el artículo. Gracias

Deja un comentario