La espiral del silencio, un periódico por dentro y la “anormalidad” del antitaurinismo

Juan Ignacio Codina
Subdirector y cofundador del Observatorio Justicia y Defensa Animal
Autor de PAN Y TOROS. Breve historia del pensamiento antitaurino español


Para dejar claras las cosas, lo diré desde el principio: infancia y tauromaquia son dos conceptos incompatibles. No deberían aparecer en una misma frase salvo para negarse el uno al otro. De hecho, las nociones de infancia y tauromaquia están tan alejadas entre sí como lo están los términos inocencia y barbarie, ciencia y superstición o valor y torería. La tauromaquia no aporta nada a la educación, salvo perpetuar la idea de que un animal es una cosa que está en este mundo para uso y disfrute del ser humano. Pero claro, para muchos taurinos, que creen que la empatía es una anomalía evolutiva que conviene erradicar, la de la sangre es una educación de primera calidad. Si por ellos fuera, los alumnos irían directos a las plazas, sin pasar siquiera por las escuelas. Las plazas de toros son catedrales del conocimiento, como todo el mundo sabe, eso sí, del conocimiento de la barbarie más inhumana. De hecho, y durante muchos siglos, uno de los argumentos más esgrimidos en defensa de las corridas de toros era que la barbarie taurina hacía buenos soldados. Eso, al menos, decían los taurinos, sin caer en la cuenta de que esta afirmación suponía un reconocimiento explícito a la crueldad que conlleva una corrida. No en vano, y tal vez sin ser muy conscientes de ello, al usar este argumento estaban alabando la tauromaquia por su brutalidad, que insensibilizaba al pueblo, que le cercenaba su humanidad y así, llegados a irse prestos a Flandes o adonde quiera que España fuera a meter la lanza y la cruz, los españoles éramos los más bárbaros. Como si esto fuera algo de lo que poder sentirse orgulloso. Han pasado varios siglos y, hoy en día, seguimos barbarizando y embruteciendo a niños y niñas con la tauromaquia, no sé si para hacerlos buenos soldados, pero sí, al menos, para anular su inocencia cuanto antes.

¿Por qué nuestra sociedad sigue considerando normal que la tauromaquia y la caza se lleven a las escuelas? ¿Qué aporta a la educación y a los valores de un niño o una niña de corta edad normalizar conductas violentas? No se me ocurre ninguna respuesta excepto el interés en perpetuar la barbarie, normalizándola desde muy temprana edad. En eso han puesto todo su esfuerzo los taurinos. Y que no pare la fiesta.

Mientras tanto, el animalismo y el antitaurinismo no llegan a las escuelas. ¿Para qué vamos a educar en valores y en respeto?, ¿acaso queremos que España sea un país civilizado y culto? No, eso nunca, no vaya a ser que entonces los españoles nos dediquemos a ser buenos ciudadanos, activos y críticos, y nos empeñemos en combatir la corrupción política, nos cuestionemos instituciones como la monarquía o, en el peor de los casos, nos dé por participar masivamente en unas elecciones, y que a más de uno le dé un chungo. No, sigamos así, que nos ha ido muy bien hasta ahora. Si hay que barbarizar, hagámoslo a lo grande, y que inventen otros, que para eso están.

De hecho, en nuestro país, animalismo y antitaurinismo están condenados al silencio, a un exilio social que se fundamenta en que, aquello que no se nombra, no existe. La situación es tan indignante que los grandes emporios mediáticos, por ejemplo, han llegado a destacar, en sus portadas, pequeñas concentraciones ciudadanas de cualquier índole, mientras que han silenciado sistemáticamente las multitudinarias manifestaciones antitaurinas que año tras año tienen lugar en nuestro país. Es evidente que no todos los medios actúan del mismo modo, y seguro que hay honrosas excepciones (este periódico digital es prueba de ello), pero aquí de lo que se trata es de denunciar un patrón de comportamiento y una tendencia que, además, yo mismo, como periodista, he conocido desde dentro.

Los medios, como su propio nombre indica, son mediadores. Median entre lo que sucede en nuestro entorno y el público. Para llevar a cabo esa labor de mediación toman decisiones: es materialmente imposible transmitir todo lo que sucede en nuestro entorno y, por tanto, se debe elegir qué contar. Para hacer esa selección los medios se suelen fundamentar en términos indefinidos como “interés”, “oportunidad”, “actualidad” o “universalidad”. Pero, ¿qué tiene interés y qué no lo tiene?, ¿qué es oportuno?, ¿y actual? Es algo que se decide arbitrariamente. Y detrás de toda arbitrariedad se esconde una manipulación, e incluso una injusticia. Dicho de otro modo: ¿quién decide lo que interesa a la ciudadanía y lo que no?, ¿en función de qué beneficio último se decide?, ¿quién dicta la agenda de los medios? Para expresarlo más claramente: ¿en función de qué “interés general” se toman esas decisiones? ¿No será más bien en función del interés particular de unos pocos?, ¿no será para mantener el statu quo? ¿no será por meros intereses económicos, políticos y sociales? No se trata de simples preguntas retóricas. La respuesta, en todos los casos, en mi opinión, es afirmativa. Un sí rotundo. Todo esto tiene suma importancia pues, como digo, lo que no sale por la tele (por expresarlo de un modo coloquial) no existe.

Además, hay otra consecuencia lógica de esta situación: la uniformización social o la normalización de las conductas que se lleva a cabo a través de los medios de comunicación. Para explicarme debo referirme a la teoría de la espiral del silencio, propuesta y desarrollada hará unos cuarenta años por la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann. A grandes rasgos, y de una manera breve, la espiral del silencio explica que, por ejemplo, si hay tres personas conversando, y dos de ellas tienen una opinión muy clara respecto a un tema, mientras que la tercera mantiene una postura opuesta, la presión, el miedo al aislamiento, a la soledad o al ostracismo, conllevará a que esta tercera persona acabe cambiando su opinión para congeniar con los otros dos. Está claro, pero ¿qué sucede cuando es la “opinión pública” la que impone su opinión? Entonces sucede, científicamente hablando, que esta “opinión pública” se convierte en una forma muy eficaz de control y de uniformización social, bajo la cual los individuos adaptan su pensamiento a aquello que se marca como aceptable socialmente, como mayoritario. Por miedo al rechazo social y por temor a la soledad, el individuo se acaba subiendo al carro de la “mayoría”.

Por el contrario, aquellas opiniones de las que no se habla son tenidas como minoritarias y, por este mismo efecto espiral, sucumben en el silencio, diluyéndose ante las “mayorías”. Habrán notado que entrecomillo conceptos como “opinión pública” y “mayoría”, ya que ahora conviene reflexionar acerca de qué estamos hablando cuando usamos estos términos. Digámoslo claramente: las “mayorías” y las “opiniones públicas” las crean los medios de comunicación de masas. Son, por tanto, una mera ilusión, un artificio. Los medios (radio, prensa y televisión) deciden la agenda cada mañana, nos imponen no solo sobre lo que debemos estar informados, sino incluso lo que debemos pensar ante eso de lo que nos informan. Así se uniformiza, así se normaliza. Pongamos un ejemplo hipotético. Imaginemos que en un país indeterminado surge un partido político con unas ideas extremistas y radicales, homófobas, machistas, reaccionarias e intolerantes. Supongamos, por un casual, que los medios de comunicación comienzan a dar pábulo a la presencia de esas ideas. Al cabo de no mucho tiempo, se habrá normalizado la existencia de este partido: su presencia en los grandes medios lanza un mensaje de normalidad que acaba calando socialmente. Si sale en la tele será porque es bueno, si les invitan a debates será porque está bien lo que defienden, y así sucesivamente. Ese proceso de normalización es lento, pero seguro. En el otro lado nos encontramos con la situación opuesta: si los antitaurinos no salen por la tele, será porque no interesan, porque son cuatro chalados y chaladas ignorantes que no tienen nada que aportar.

Llegados a este punto, yo denuncio que el antitaurinismo en particular, y el animalismo en general, son víctimas de esta espiral del silencio: no se habla de ellos, no se visibilizan, y el efecto espiral los condena al silencio social, ya que los partidarios de esas ideas pierden fuelle al no verse reforzados, al tener la imagen de que, como no se habla de ellos, son minoritarios. Dicho de otro modo, nadie se sube a un carro vacío, aunque vaya tirado por la luz del conocimiento y la razón.

Para que se entienda mejor la injusticia, voy a poner tres ejemplos reales que yo mismo viví como periodista hace ya algunos años. Suena el teléfono en la redacción y alguien lo coge. La periodista escucha atentamente y, al colgar, se dirige a un redactor jefe. Le dice: acaban de llamar denunciando que alguien ha tirado una bolsa con gatitos recién nacidos al torrente y que una chica ha bajado a recogerlos. El redactor jefe, expeditivo, frío y sin levantar la mirada, contesta: eso no interesa. Y ahí se queda la cosa. Segundo ejemplo. En la redacción, un jefe se dirige a un periodista y le dice: este domingo vas a ir con un fotógrafo a cubrir la jornada anual de los cazadores. Además, le apostilla que más vale que lo haga bien, porque se trata de una orden directa que viene del propio director del periódico. Tercer ejemplo. Otro jefe (o el mismo, qué más da) coge el teléfono y llama al archivo de fotografía. Esto es lo que les dice: han llamado los del sindicato de ganaderos bastante molestos exigiendo que no se publiquen más esas fotos de las excavadoras recogiendo a palazos los cuerpos de las ovejas muertas, porque perjudica su imagen, borrarla ya del archivo y que no se use más.

Así es como se toman las decisiones. ¿En función de qué interés? Que cada uno extraiga sus propias conclusiones. Lógicamente, las cosas están cambiando. Efectivamente, y cada vez más, la información ya no circula unilateralmente en un sentido de arriba a abajo. En los últimos años se ha generado una horizontalidad de la emisión de información y, además, cada vez hay más diversidad de medios. Antes se informaba con el NODO, luego hubo dos canales de televisión, y hoy en día hay muchos más. Y, sobre todo, está Internet. Pero, salgamos de nuestra burbuja, no caigamos en la endogamia en la que está sumida el animalismo español, y démonos cuenta de que la inmensa mayoría de la población, la misma que vota, que consume y que gasta, sigue siendo víctima de este sistema de información vertical, sigue siendo víctima, en definitiva, de la espiral del silencio que imponen los grandes medios de comunicación de masas.

Y en nuestra mano está el combatirlo. Debemos revertir la situación, porque está envenenada por el peor de los tóxicos: el que convierte lo anómalo, lo violento, lo sangriento y lo cruel en algo normal. La tauromaquia es un peligroso virus que nos afecta como sociedad, como país y como civilización. No seamos nosotros los que tengamos que vivir en un país taurino, que sean ellos los que se vean obligados a vivir en un país antitaurino. Para ello debemos recuperar nuestra rica tradición antitaurina, y cuestionar y reformular los conceptos que nos han intentado inculcar interesadamente. Y debemos hacerlo todas y todos juntos.

Somos aquello que vemos y que leemos, somos, en definitiva, lo que se nos cuenta que somos. Y yo denuncio que nos han manipulado, que nos han contado una historia que no es la nuestra, sino la suya, la de la barbarie, la crueldad y el desprecio por la vida. Yo denuncio que hemos sufrido un adoctrinamiento, una uniformización y, mucho peor, denuncio que somos víctimas de la normalización de determinadas conductas violentas, cobardes e inhumanas que, como la tauromaquia, no sólo nos sumen en una espiral de silencio, sino de infamia y de vergüenza. Y siempre es preferible vivir en silencio antes que avergonzado.

1 Comentario

  1. Debemos, también, me parece, poner de relieve el concepto “audiencia”, cantidad de lectores, “rating”, si prefieren….que suele ser el que utilizan en los medios en general para seguir por un camino o por otro. Los medios no son entes abstractos, son empresas con nombre y apellido que, además, siguen determinadas líneas ideológicas o algo parecido. El fulano jefe de redacción dice lo que dice porque ya le han dicho a él por dónde van los tiros para ese periódico, para ese canal de televisión, para esa emisora de radio, etc.., y si él desea seguir en su sitio lo “adecuado” es que siga esas instrucciones al pie de la letra. Al menos hasta el momento. Ante esta realidad puede que un camino sea el utilizar “medios alternativos” -redes sociales, etc,., etc., etc..-, pero sucede que en no pocas ocasiones esos medios también están intoxicados por distintos intereses. ¿Crear alguno nuevo, algún soporte dónde podamos ofrecer nuestra perspectiva con respecto al tema que deseemos?. Puede ser, pero eso es trabajo, esfuerzo y mucha ilusión y entusiasmo.

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