Cynthia Duque Ordoñez

Miles de mujeres saldrán mañana a las calles y plazas de nuestro país, unirán sus voces en contra del auto que deja en libertad provisional bajo fianza de 6.000 euros a los cinco violadores de La Manada. Sí, violadores, porque eso es lo que ellos hicieron en base a nuestro Código Penal y Convenios Internacionales (Convenio de Estambul). No fue un abuso, sino una violación, porque no había consentimiento y además había intimidación como se acreditan en los hechos probados de la propia sentencia.

La Sala Segunda de la Audiencia Provincial de Navarra, que condenó a los cinco hombres a una pena irrisoria de nueve años por abusos sexuales en grupo con prevalimiento, adopta esta medida con el voto a favor de dos de los tres magistrados y en contra del presidente de la sala. Entre los votos a favor encontramos a la única magistrada de la Sala, magistrada que se negó en las precedentes tres suplicas de excarcelación por parte de la defensa. No se entiende el cambio de criterio del tribunal, pues los condenados son procesados en otro delito sexual que todavía no se ha enjuiciado y pertenecen a una organización o red de hombres que organizan lo que podemos llamar cacerías de mujeres. Todos recordamos los Whatsapps en los cuales reconocían que viajaban juntos con el fin de socavar la integridad sexual de mujeres jóvenes, todos escuchamos sus mofas, todos escuchamos la naturalidad con la que relataban que llevarían sogas y drogas. Todos sabemos que han violado en varias ocasiones y que si no están en prisión lo seguirán haciendo porque esa es su forma de diversión, la diversión delirante que propaga la cultura de la violación.

Por otro lado, los reos están siendo procesados por otro delito contra la libertad y la integridad sexuales en Pozoblanco, Córdoba, por lo cual, es lógico y aconsejable que permanecieran en prisión de cara a que se presentaran a su segundo juicio.

También es injusta esta medida para la joven superviviente de la Manada que ve como después de ser señalada con el dedo, de ponerla en duda sin ningún fundamento, de difamarla en los medios de comunicación o de publicar sus datos personales para que se viera acosada, amenazada y coaccionada, su periplo concluye provisionalmente con sus violadores disfrutando del verano después de haberla tratado como si no fuera dueña de su cuerpo y de haberle robado su juventud.

“Yo sí te creo hermana”

Decepcionadas y preocupadas, es así como nos sentimos, porque podría no haberse concedido la libertad provisional y haber cumplido hasta la mitad de la condena en prisión como una ampliación de la prisión provisional que venían cumpliendo hasta que la sentencia deviniera firme, tiempo de sobra para que hubiera resuelto el recurso de apelación el Tribunal Superior de Justicia de Navarra, más cuando son culpables de violación como lo atestiguan las pruebas por mucho que dos magistrados no vean intimidación en que cinco hombres acorralen a una chica diez años más joven que ellos en un estrecho portal.

A las puertas de unos nuevos San Fermines crece nuestra inseguridad en las calles, su excarcelación unida a una sentencia que desde el punto de vista judicial y del sentido común como poco es incongruente, pone en el punto de mira a las mujeres y exculpa a los misóginos que creen que nuestro cuerpo es de su propiedad, es decir, da alas a los agresores sexuales y aumenta su sentimiento de impunidad. Además le dicen a la víctima que su violación carece de importancia, mientras ponemos en riesgo a todas las mujeres con las que estos tipos peligrosos se crucen.

No es solo una manada, son muchas y no solo lo son aquellas que violan, cuyo número aumenta cada año con respecto al anterior, sino también son aquellas que desprestigian a las víctimas, que las señalan, que las injurian, todas estas últimas son manadas cooperadoras pues sin ellas la cultura de la violación dejaría de existir.

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