La falacia de los nuevos modelos de negocio “colaborativos”

Rafael Silva


Aunque aún no sea tu caso, hay muchas personas en España a las que hoy dirigen algoritmos. Les asignan las tareas en el trabajo, controlan sus tiempos y saben si los clientes están satisfechos con su desempeño. Recogen toda esta información, y mucha más, para tenerla en cuenta en sus próximos encargos. Bienvenidos a la economía de plataformas, también conocida como gig economy

Laura Olías


Desde hace unos años, existe una tendencia en el mundo laboral (continuadora de la línea neoliberal, y por tanto reincidente en su vocación explotadora), que se ha dado en llamar “colaborativa”, pero que bajo este inocente nombre esconde prácticas nefastas para los empleados de las respectivas empresas. Se basa en reconvertir modelos laborales ya existentes en nuevos modelos laborales, bajo el uso de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC), tan desarrolladas hoy día, e insertas en nuestros dispositivos cotidianos, sobre todo nuestro teléfono móvil. Se denominan “Plataformas Colaborativas” (en realidad un eufemismo para esconder modelos laborales precarizantes). Gracias a ellas, se viene instalando una falsa cosmovisión de “economía colaborativa” a través de estas plataformas, que constituyen sólo un nuevo disfraz tecnológico para enmascarar la desigualdad y la precariedad laboral. Y así, los nuevos modelos de negocio digitales no solo conservan, sino que incluso amplían la desigualdad existente entre los patronos y los trabajadores (“colaboradores” en la nueva jerga de estas Apps).

Pero no se trata más que de una nueva vuelta de tuerca, una evolución de lo que pudiéramos llamar “Capitalismo Digital”, implementado a través de estas versiones para dispositivos móviles de todo tipo de aplicaciones que gestionan el trabajo de sus freelancers o colaboradores “libres”. Pero como decimos, bajo estos escaparates digitales tan sólo hay grandes y déspotas empresas, aprovechándose del trabajo semiesclavo de falsos autónomos (Glovo, Deliveroo, Uber, Joyners, Stuart, Cabify…). Las empresas dueñas de estas “plataformas colaborativas” han visto un nuevo filón, un nicho de negocio que, aprovechándose del tirón de las nuevas tecnologías y de los dispositivos móviles, captan a trabajadores a los cuales les convencen de que no lo son, y de que poseen “plena libertad” a la hora de organizar su trabajo. Básicamente trabajan en el sector que podríamos llamar “economía de los encargos” (coches, comida, etc.) Un modelo laboral que no necesita de una plantilla fija al uso, y que se enfoca como “estructuras ligeras soportadas en la idea de que son particulares los que quieren intercambiar entre ellos una prestación de servicios en la que la app de turno sólo facilita el contacto, como si se tratara de una plaza o un mercado. Una especie de punto de encuentro digital“, como comentan Belén Carreño y Sergi Pitarch en este artículo para eldiario.es. Pero detrás de este aspecto y de esta operativa tan tecnológica, se esconde una relación laboral pura y dura, al más viejo estilo, entre los prestadores de servicios, para con los dueños de estas plataformas digitales “colaborativas”.

Esta “economía de los encargos” resulta un negocio bastante rentable: según un informe del Parlamento Europeo, obtuvo alrededor de 4.000 millones de euros de beneficios en la Unión Europea, durante el año 2015. Sus batallas fundamentales están lidiándose en los tribunales. En diciembre de 2017 conocíamos la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (Estrasburgo) sobre la actividad de Uber, y para estos magistrados, lo que hace Uber no es sólo intermediar entre un ofertante y un demandante del servicio (en este caso de coche con conductor), ya que con la potencia de su plataforma lo que genera es una oferta de servicios de transporte urbano en toda regla, es decir, transforma el mercado. Pero para que esta nueva oferta sea accesible para el público en general (es decir, sea universal) debe haber una potente herramienta informática (la app) que se convierte en verdaderamente “indispensable” tanto para los conductores como para los clientes. Además, según este tribunal, Uber ejerce una influencia “decisiva” sobre las “condiciones de las prestaciones efectuadas por estos conductores“. Nos cambian el escenario, y ahora resulta que el patrón no es un empresario al uso, con un despacho en un determinado sitio, sino una aplicación para dispositivos móviles (que puede usar cualquier persona que la descargue), y que gobierna, dirige, reparte y organiza el trabajo y las prestaciones de todo el personal.

Para estos casos, estas apps pertenecen a sus dueños, detrás de ellas está una empresa “de carne y hueso”, y por tanto, se clarifica una cuestión que marca una de las principales diferencias entre lo que puede considerarse colaborativo y lo que no: la propiedad de los medios de producción. Durante la etapa del fordismo industrial, la propiedad de estos medios de producción era muy clara y visible: eran los dueños de las fábricas los que contrataban a los trabajadores, y ordenaban a éstos la organización del trabajo que tenían que respetar. Ahora todo ello se dicta a través de una simple aplicación digital, pero no perdamos de vista lo esencial: dicha aplicación pertenece a los verdaderos dueños de la misma, es decir, la app es ahora el medio de producción. Por ejemplo, en el caso de Deliveroo (una empresa de reparto de comida a domicilio) en la Comunidad Valenciana, la Inspección de Trabajo redactó un acta donde hacía un minucioso examen para determinar lo que llaman la “relación de laboralidad”, es decir, si la relación de trabajo debe ser asalariada o autónoma, y presta especial atención a un punto que esgrime la compañía de reparto: los medios son propiedad de los “riders”, en este caso las bicicletas y los móviles, utensilios indispensables para realizar el trabajo de los repartidores. Pero esto no es así. Belén Carreño y Sergi Pitarch lo explican con meridiana claridad: “Y es que la propiedad de los medios de producción marca, desde la concepción más marxista, la diferencia entre lo que es el capitalismo y lo que no lo es. El patrón es dueño de los medios de producción, del capital, y el obrero los explota. Por eso los autónomos deben aportar sus propios medios de producción para dejar clara que su relación es ajena a la empresa a la que prestan servicio“.

Pongamos un ejemplo práctico: si yo, por ejemplo, tutorizo unos cursos de formación de forma telemática, es decir, a través de una plataforma de teleformación, y lo hago para una determinada empresa (que ha proporcionado los alumnos, y va a remunerarme por ello), por mucho que lo haga cómodamente desde mi casa, a través de Internet, y organizándome libremente mi tiempo y mi dedicación personal a dicha tarea, no soy autónomo. Tengo una relación laboral con la empresa. Y ello porque mi ordenador personal (herramienta fundamental para mi trabajo) no es un medio de producción en sí mismo, sino únicamente un utensilio que permite realizar mi labor. Los medios de producción (la plataforma, los contenidos y los alumnos) son propiedad de la empresa que me contrata para dicha tarea. No obstante, los autores del citado artículo señalan que la Inspección de Trabajo aclara que hoy día no se puede tener la misma consideración de qué es aportar un medio de producción relevante, y qué no lo es. En opinión de los Inspectores, en la actualidad adquirir un “carro de limpieza o un vehículo” no puede ser determinante para excluir a un trabajador de un cierto ámbito de producción. Menos aún un teléfono móvil. Los Inspectores recuerdan que son numerosos los casos en los que los asalariados se desplazan con sus vehículos o llaman con su teléfono para cuestiones de trabajo, y en ningún caso (por realizar tales prácticas) se les podría desproteger de la empresa, considerando que son ellos los que aportan los medios de producción, y que por tanto pueden ser considerados trabajadores “autónomos”. Pero desgraciadamente, esta tendencia se está fomentando demasiado desde hace unos años. De ahí que la conclusión de los Inspectores de Trabajo de Valencia (coincidente con los jueces del Tribunal de Estrasburgo) es rotunda para estos casos de falsa economía colaborativa, considerando que el verdadero medio de producción es la app. La plataforma es en todo momento la protagonista imprescindible del negocio.

Insistimos en que la importancia de la plataforma propiamente dicha, que es el elemento del capital que predomina en las relaciones laborales, es que da instrucciones, marca los horarios, delimita las agendas, reparte los turnos, asigna las zonas, y otra serie de factores que la hacen aparecer como un auténtico y verdadero “Jefe”. Concluimos entonces que la app digital es el medio de producción en sí mismo, y de ahí que los supuestos “colaboradores” no se puedan considerar como tales, es decir como autónomos, sino como trabajadores con una relación de laboralidad que debiera ser asalariada. De hecho, esa es la tendencia. En el caso de Uber, por ejemplo, el servicio que opera en España lo hace mediante empresas de flotas de conductores que tienen licencias VTC (Alquiler de Vehículos con Conductor), y que tienen a la mayoría de sus trabajadores dados de alta como asalariados. Como afirman Belén Carreño y Sergi Pitarch en su artículo de referencia: “La libertad para trabajar puntualmente es una de las cuestiones, precisamente, que defienden los que creen que deben existir estas plataformas. Y es que está en el origen de la prestación de servicios P2P. Pero las sentencias vienen a decir que estas grandes plataformas han desnaturalizado la raíz de la economía colaborativa (…) y que ahora se han convertido simplemente en modelos de negocio rupturistas pero capitalistas al uso“. Nada nuevo bajo el sol, por tanto. El 70% de las personas que generan ingresos mediante estos servicios no poseen protección social, lo cual, como venimos insistiendo, favorece la desigualdad.

Porque es el mismo concepto de “economía colaborativa” el que ha sido prostituido por este tipo de empresas, ya que este concepto obedece originalmente al hecho de poner bienes y servicios en el mercado de forma voluntaria y altruista. En este sentido, el intercambio o trueque, o los modelos de compartición desinteresada de productos o servicios responden perfectamente a este modelo. Pero en estos casos de lo que estamos hablando es de empresas que adoptan la forma de una plataforma online (gestionada a través de un dispositivo móvil) cuyo negocio, muy lucrativo por cierto, consiste en conectar la demanda de bienes y servicios con la oferta de ellos mediante la propia plataforma. Pero habrá que analizar en cada caso la relación laboral concreta que en cada caso se practique. Luz Rodríguez, en este fantástico artículo para el medio Infolibre, lo explica en los siguientes términos: “Estar en un lado de la frontera (porque los hechos confirman que existen la ajeneidad y la dependencia en la forma en que una persona presta un servicio para otra) significa ser trabajador; estar en el otro lado de la frontera (porque los hechos confirman que no existe ajeneidad o no existe dependencia) significa ser autónomo, o en terminología más moderna, freelancer. Los derechos que tienen las personas prestadoras de trabajo en un lado y otro de la frontera son diferentes; los costes económicos para el empleador de una u otra figura también; y también distintas, muy distintas, las prestaciones de Seguridad Social“. Y más adelante continúa: “…la finalidad de aquélla frontera era la de equilibrar o compensar mediante el reconocimiento de una serie de derechos, procedimientos y garantías la desigualdad o debilidad de las personas dentro de la relación de trabajo“. Todo ello nos lleva a concluir que existen derechos que deben situarse (y por tanto garantizarse) por encima del estatuto jurídico que tenga la persona que realiza la prestación laboral, ya sea ésta un trabajador o un freelancer.

La Profesora de la Universidad de Castilla-La Mancha Luz Rodríguez establece una conclusión justa y clara: “Elaboremos un común de derechos aplicables al trabajo en cuanto género, especialmente en relación con la protección social que deban tener los prestadores de servicios, y el combate en la frontera será menos trascendente, porque, se sea trabajador o autónomo, se tendrá un mínimo de derechos, procedimientos y garantías que compensen la desigualdad o debilidad en su relación con el empleador, incluido cuando el empleador es una plataforma online“. En una palabra, la expresión de la desigualdad bajo esta nueva forma de explotación laboral del siglo XXI ha trasladado el debate a la forma de relación laboral con la empresa, para desviar el foco de atención de lo verdaderamente importante. Y así, normalmente, los trabajadores suelen ser falsos autónomos, como en el caso de Deliveroo (una plataforma británica creada en 2013 que se dedica al reparto de comida a domicilio entre clientes y restaurantes a través de repartidores en bici o moto, que llaman ciclomensajeros o riders), un negocio sin apenas instalaciones y con un ejército de personal joven y migrante…sin relación laboral con la empresa (sólo la mercantil, que sale mucho más barata que soportar toda una plantilla de asalariados). Nos lo cuenta con meridiana claridad Gema Delgado en este artículo para el medio Mundo Obrero. Un exclusivo joven emprendedor extranjero se convierte en multimillonario montando un negocio donde los repartidores asumen los riesgos laborales, ponen sus propias herramientas de trabajo, su bici o moto, su móvil, su propio cuerpo, y abonan de su bolsillo la Seguridad Social y demás impuestos. Así de fácil. Dinero rápido a cambio de fuerza de trabajo, sin mayor infraestructura. Sin oficinas, sin fábricas, sin almacenes, sin personal, sin papeles. Todo a través de una app. Sin más complicaciones ni responsabilidades para el empresario. Vamos, todo un negocio redondo.

Gema Delgado nos cuenta con detalle cómo funciona dicho modelo laboral: “Las relaciones laborales en estas empresas como Deliveroo son muy parecidas a las del siglo XIX. Pero ahora, en el siglo XXI, la dirección y gestión de esa explotación, con el neolenguaje perversamente aséptico de la industria 4.0, la hace un “algoritmo”, forma peculiar de desligar formalmente a la empresa, que en definitiva es la que gestiona la aplicación, y que les sirve para camuflar la relación como mercantil. La aplicación es la herramienta a través de la que los “riders” ciclo/moto-repartidores, solicitan horarios de trabajo y a través de la cual les es concedido o no. La empresa, que está al mando de la aplicación del móvil, es finalmente la que reparte, ahora como entonces lo hacía el capataz, precariedad, flexibilidad, competitividad y premios a la docilidad, esfuerzo y entrega. El algoritmo es el que asigna los horarios, las direcciones de recogida y de entrega y la que les tiene geolocalizados en todo momento. También es el que penaliza al trabajador con peor o mejor zona, distancia y número de repartos“. Y así, al igual que se puede jugar al ajedrez con una máquina, una simple app se convierte en nuestro “jefe”, que controla absolutamente nuestro trabajo, y obedece al algoritmo que simula las decisiones empresariales. Hasta el despido tiene otro nombre en la jerga de la plataforma, simplemente “te desconectan”, lo que significa que no puedes utilizar tu perfil en la plataforma. Todo muy tecnológico, como vemos. Se abre todo un mundo de posibilidades, que estaría muy bien si no fuera porque, como siempre, se continúa jugando en el terreno de la desigualdad. La expansión de la “compañía” ha sido enorme desde su creación, según informa su Consejera Delegada para España (que seguro que no cobra como los repartidores). En Deliveroo el fomento de la competitividad es feroz, la disputa por los turnos, la acumulación de puntos, el ser el más rápido…y también el más fiel a la empresa. Todo puntúa, todo vale para ser el primero.

Las movilizaciones de los riders de Deliveroo empezaron cuando la empresa comenzó a desdecirse de sus compromisos. Al principio se abonaba una cantidad por pedido a cada repartidor, asegurando siempre que habría dos pedidos por hora, y que se trabajaría un mínimo de 20 horas semanales. Cuando la empresa suprimió estos dos compromisos fue cuando comenzaron las huelgas, protestas y movilizaciones del personal, lo que ocurrió a partir de junio de 2017. Desde entonces acá ha habido varias sentencias de las Inspecciones de Trabajo y de los Tribunales de Valencia, Madrid y Barcelona, fallando en contra de la compañía, y reconociendo que los riders son, en realidad, falsos autónomos. En fin, creemos haber expuesto una realidad laboral preocupante (pero desgraciadamente en expansión), en la cual la arquitectura de la desigualdad se alía con las Nuevas Tecnologías para que el papel y las decisiones empresariales sean tamizadas a través de una plataforma digital. No nos engañemos: las apps son únicamente, aunque de forma disfrazada, mero capitalismo digital. Hay que continuar luchando contra todos sus trucos, quizá el principal de los cuales sea presentarse como adalides de la “economía colaborativa”, cuando en realidad disponen de los servicios y de los trabajadores a su antojo, tal como hace cualquier otra corporación física. La verdadera economía colaborativa se basa en el libre intercambio o compartición, de común interés por ambas partes, en igualdad de condiciones, de forma altruista y bajo un objetivo de bien común. Ninguno de estos valores son compartidos por estos nuevos modelos laborales de las plataformas digitales. Son, digámoslo claramente, otra nueva modalidad para seguir consagrando, expandiendo y difundiendo la desigualdad laboral.

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Soy un malagueño de izquierdas, enamorado de los animales, y de mi profesión, la enseñanza. Soy profesor de nuevas tecnologías y crítico de las mismas, sobre todo de los cursos de F.P.O. (Formación Profesional Ocupacional) de la Junta de Andalucía. Me hice analista político ante la terrible deriva del capitalismo de nuestro tiempo, ante la necesidad de alzar la voz ante las injusticias, ante las desigualdades, ante la hipocresía, ante la indiferencia, ante la pasividad, ante la alienación. Sentí la necesidad vital de aportar mis puntos de vista, mi bagaje personal, y de contribuir con mi granito de arena a cambiar este injusto sistema.

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