En 2014 salieron a la luz imágenes de cadáveres donados a la ciencia hacinados sin control en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, concretamente en el Departamento de Anatomía y Embriología Humana II.

Más de 530 cadáveres que llevaban siete años acumulándose sin que hubieran sido incinerados, mantenidos a temperatura ambiente y en condiciones insalubres y peligrosas.

José Ramón Mérida, director del departamento justificó entonces que no tenía medios para gestionar los cuerpos, ya que el responsable del horno crematorio se había jubilado y no habían podido sustituirle porque los sindicatos denunciaban que el horno no estaba en buenas condiciones.

El sótano del horror medía unos 25-30 metros cuadrados y estaba surcado por un pequeño corredor central al lado del cual estaban las tinas de formol tapadas con planchas metálicas y cubiertas por una montaña de cadáveres.

Los cadáveres se repartían en varias estancias, también piernas sueltas, troncos sin cabeza, cabezas… y el suelo estaba lleno de grasas y fluidos que los cuerpos iban soltando.

A pesar de la falta de espacio, el departamento de Mérida no había cortado la recepción de cadáveres y seguía recibiendo unos 50 al año.

Entre el 15 de mayo de 2009 y el 20 de mayo de 2014, fecha en que se procedió por la Inspección de Trabajo a la paralización de los trabajos, cinco técnicos desarrollaban su actividad laboral sometidos y expuestos a niveles de contaminación ambiental de formaldehidos y otros compuestos químicos muy superiores a los valores límites máximos permitidos, así como a agentes biológicos infecciosos o parasitarios relacionados con la manipulación de cadáveres con el riesgo para su salud derivado de ello.

Los técnicos que trabajaron en este departamento padecieron enfermedades derivadas de una exposición prolongada a agentes tóxicos en el medio laboral, y de las pésimas condiciones higiénico laborales a las que estuvieron expuestos.

Tras la denuncia de una trabajadora, la Fiscalía de Madrid abrió diligencias, el caso se judicializó y este lunes presentó su escrito provisional de acusación.

Solicita ocho años de prisión para José Ramón Mérida, tres años por un delito contra la salud de los trabajadores y un año por cada uno de los cinco delitos contra la integridad moral. La acusación particular elevó la petición a 21 años y 264.000 euros de indemnización.

«Degradante y nocivo» Según el relato del fiscal, el médico obligó a los trabajadores durante años a prestar sus servicios «en condiciones insalubres, degradantes, nocivas y peligrosas». Además, desatendió «sistemáticamente» sus demandas y los culpabilizaba por la situación del «sótano del horror», como lo definieron los investigadores. Una de sus quejas fue la de obligarles a trabajar en un subterráneo sin ventilación, «hasta el punto de que era frecuente la presencia de insectos, gusanos y larvas rodeados de restos humanos amontonados y sumergidos en el permanente hedor a putrefacción».

Mérida era el principal responsable de la dirección, control y vigilancia de las condiciones laborales del personal. «El miedo a la pérdida del empleo, el empeoramiento de su condición física y mental, la falta de respeto y valoración de las tareas que realizaban en condiciones vejatorias, les sumió en un estado de desesperanza que provocó alteraciones en la percepción de la realidad, de manera que aceptaron como inevitable y normal una situación que violaba su dignidad».

Los casos de donación de cuerpos a la ciencia han aumentado en los últimos años ya que la gente es consciente del valor que supone contar con estas donaciones para el progreso de la Medicina.

Hasta finales de los setenta, los cuerpos eran de personas cuyos cadáveres nadie reclamaba, por lo general individuos que eran abandonados en asilos, hospitales o psiquiátricos. Después, se estableció un registro y al interesado se le hace un carné similar al de los donantes de órganos y debe expresar su último deseo a la familia.

La funeraria se encarga de recoger los restos y trasladarlos al Departamento de Anatomía, donde el cuerpo se embalsama. Los cuerpos son conservados en thiel en lugar de formol, sustituido por poseer componentes cancerígenos, y también se conservan en frío.