Carmen Zornoza Gallego
Ingeniera en Cartografía y Geodesia


El hilo conductor de nuestras vidas es sin duda el tiempo. Modela nuestro territorio, con la historia recorrida hasta llegar a nosotros. Modela nuestro carácter, con experiencias pasadas y proyectos futuros. Y modela nuestra actividad diaria, con esas 24 horas frenéticas de las que se compone cada día. Diferentes visiones de un mismo concepto que ayudan a comprender lo que somos y hacia dónde queremos caminar.

Cuando desayuno con las noticias de la ampliación de la V-21 en València, en Alboraya, es siempre el tiempo el que se pone encima de la mesa. A modo de resumen, esta ampliación se basa en añadir un tercer carril en ambos sentidos en el acceso norte a la ciudad. El mayor escollo, que no el único, radica en la destrucción de parte de la huerta valenciana.

Ilustración desde fotografía de Sandra Martí

La huerta de València comienza a forjarse en el tiempo histórico del que hablamos, el que modela nuestro territorio y nuestra sociedad. Comenzó a cultivarse en épocas romanas, pero fueron los musulmanes en el SVIII quieres convirtieron en fértiles tierras de regadío las áreas circundantes a la ciudad. El paso de los siglos infringió algunos cambios en su fisonomía, población o tipo de cultivos, pero la huerta que ha llegado a nuestra época conserva bien sus características iniciales. Se trata de un espacio trabajado, vivido, productor de riqueza durante siglos, con un altísimo valor patrimonial y cultural. Fruto de ello, es un espacio fuertemente ligado a la identidad valenciana. Y lo más importante es que sigue vivo, con un intenso aprovechamiento agrícola, de entre 3 y 4 cosechas anuales.

La huerta, al localizarse contigua a la ciudad, ha soportado sobre sí misma el peso de la expansión urbana. La ciudad tomaba de la huerta las nuevas áreas que necesitaba para crecer. Inicialmente, de forma compacta, como ciudad mediterránea, posteriormente residenciales dispersos, polígonos industriales, centros comerciales e infraestructuras (viarias, portuarias e hidráulicas) fueron ocupando y seccionando este espacio. Los años de burbuja inmobiliaria fueron absolutamente devastadores, pero llegó la crisis y con ella otra vez el tiempo. Tiempo para reflexionar sobre nuestro modelo de crecimiento, sobre su sostenibilidad, sobre la importancia de mantener cierta soberanía alimentaria, sobre nuestra ciudad. Y dio sus frutos. Llegó la tan esperada aprobación de la Ley de Protección de la Huerta, además, parecía que políticas de sostenibilidad empezaban a llenar agendas. Entre otras, el Ayuntamiento de València, comienza a apostar por una movilidad sostenible, reduciendo el peso de los vehículos motorizados privados, potenciando la movilidad peatonal, en bicicleta y el transporte público.

Pero se acabó la calma, el tercer carril de la V-21 se aprueba para mejorar el acceso en coche a la ciudad. Acceder a una ciudad en coche, no es que sea exactamente el paradigma de sostenibilidad. En cualquier caso, ahora se habla de ahorrar tiempo diario, el que se cuenta en minutos.

Cierto es que la creación o mejora de vías de acceso repercute inicialmente en disminuir el tiempo de desplazamiento. Pero esta es una realidad efímera. Rápidamente se traduce en más viajes y más largos. ¿Por qué? Porque la batalla de los medios de transporte la gana, casi siempre, el más rápido. Más personas tomarán el coche, en vez de cualquier otro medio, para acceder a la ciudad. Paralelamente, se produce otro efecto a medio plazo y es que abre la posibilidad de crear nuevos asentamientos residenciales cada vez más lejos de la ciudad central. ¿Por qué? Al poder llegar en menos tiempo a lugares más lejanos los hacemos potencialmente receptores de zonas residenciales ligadas a la ciudad, es decir, compuestas de personas que necesitan acudir diariamente al centro y posteriormente volver a sus residencias. Si cuanto más se mejore la infraestructura viaria más coches la utilizarán, en pocos años, los accesos vuelven a las condiciones iniciales de saturación. El ahorro de tiempo se ha desvanecido y, de paso, la urbanización se ha dispersado un poco más.

La escena política al respecto es algo confusa. Desde el Ministerio de fomento han comenzado las expropiaciones y el proyecto no tiene cambio alguno respecto al inicial. En la escena local algunos rechazan la obra, otros proponen cambios, otros la apoyan… no hay posturas firmes ni mucho menos unánimes. Mientras tanto presentan a la huerta como candidata a patrimonio agrícola mundial de la FAO, con la sostenibilidad como bandera. Debe ser difícil lidiar con el rechazo de la sociedad por la pérdida de este espacio, con el impacto económico directo que supondría pagar la indemnización a la adjudicataria y, tal vez, con los intereses de las constructoras. Sin duda los tiempos políticos, con ciclos de cuatro años, siguen impregnados de intereses que no siempre abogan por el bien común ni una visión estratégica a largo plazo.

Entonces llegamos al tiempo que modela nuestro carácter, el que nos ha hecho como somos y nos dice hacia dónde queremos ir. Ya hemos visto mucho asfalto, más de lo que nuestros ojos periurbanos hubieran querido. ¿Seremos capaces de parar y repensar el futuro sin avergonzarnos ante nuestr@s hij@s? Seguro que sí.

Fotografía de Sergio Alcañiz