Ya que casi una cuarta parte de los niños menores de 5 años están malnutridos, y el 60 % de los estudiantes de escuela primaria no logra ni siquiera un nivel educativo básico. De hecho, más de 260 millones de niños y jóvenes en los países pobres no reciben ningún tipo de educación.

Hay un argumento moral para invertir en la salud y la educación de todas las personas. No obstante, hay también un argumento económico: estar preparados para competir y prosperar en un entorno que cambia rápidamente. El “capital humano” será la inversión de largo plazo más importante de los países para la futura calidad de vida y prosperidad de su población y en eso tenemos que ayudar todos.

Los Gobiernos invierten en el crecimiento económico, concentrándose en el capital físico y poco en la gente porque los beneficios de dichas inversiones han sido mucho menores y más difíciles de medir.

Recientemente, el presidente del Grupo Banco Mundial, Jim Yong Kim, señaló en un artículo publicado en Foreign Affairs, que el mundo enfrenta hoy un “déficit de capital humano”. En numerosos países, la fuerza de trabajo no está preparada para el futuro que evoluciona aceleradamente.

Sin un esfuerzo mundial urgente y concertado para desarrollar el capital humano, una gran cantidad de personas y países enteros están en peligro de ser excluidos. Los Gobiernos pueden desempeñar un papel fundamental en la transformación del capital humano, porque la pobreza, la desigualdad y otros obstáculos impiden a las familias invertir en la salud y la educación de sus hijos.

Ningún país puede permitirse no invertir lo suficiente en su capital humano. Si bien el contexto puede ser diferente, un énfasis en el capital humano es clave para los países de todos los niveles de ingreso, puesto que las competencias evolucionan rápidamente y la demanda por una mejor educación y salud aumenta en todas partes.

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