Javier Aledo
Economista marxista


La emergencia climática que vive nuestro planeta se ha hecho patente en la mayoría de medios de comunicación generalistas. Hoy en día pocos son los que niegan la evidencia científica de un cambio climático que pone en peligro la supervivencia misma de la especie. A pesar de la gravedad de la situación hay muchos que sostienen que la solución a este problema vendrá de los incentivos de mercado, a través de un cambio de actitud de los diferentes agentes que interactúan en el mismo (empresas y familias). En el presente artículo se criticarán estos planteamientos y se dejará claro que la solución es imposible que venga a través del mercado. 

“Consumo responsable” 

Son muchos los que afirman que la principal responsabilidad del cambio climático recae en los consumidores. Estos, a través de un consumo responsable, podrían premiar a las empresas más respetuosas con el medio ambiente y penalizar a las más contaminantes. Es cierto que en la elección de los consumidores pesa el factor medioambiental, es por ello que las compañías tratan de realizar campañas para intentar lavar su imagen pública, no obstante, la información de la que gozan los consumidores es muy limitada. A la hora de consumir, las familias solo visualizan el producto final, y no tienen manera de saber si el proceso productivo se ha llevado a cabo de manera respetable con el medio ambiente. Por lo tanto, el problema del consumo responsable siempre reside en la existencia de información asimétrica. Un caso que me mencionó hace unos días un conocido que trabaja en una conocida empresa textil fue el siguiente: a la hora de adquirir el producto en la tienda, está prohibida la venta de bolsas de plástico, con el objetivo de dar la impresión de que la compañía intenta minimizar el uso de un contaminante tan importante como el plástico. Sin embargo, los embalajes de transporte de los distintos productos ofertados en la tienda vienen con ingentes cantidades de plástico, imperceptibles para el consumidor final.

Además de lo mencionado anteriormente, tenemos que tener en cuenta que en muchas ocasiones las familias más precarias se ven incapaces de adquirir bienes respetuosos con el medio ambiente, ya que poseen un elevado precio, lo que hace que les sea muy difícil poder afrontar esa compra. Por lo tanto, desde mi punto de vista, intentar orientar el consumo para poder minimizar los efectos del cambio climático es una política tremendamente ingenua y de un efecto limitado. Pasemos a ver los posibles cambios de los agentes productivos, es decir, las empresas. 

“Incentivos empresariales”

Uno de los famosos mantras que repiten los liberales es que la transición energética encabezada por el estado no es necesaria, ya que las actuales fuentes de energía de las empresas provienen de recursos fósiles (escasos). Según esta teoría, cuando se produzca una sobreexplotación de estos recursos, al aumentar la escasez de los mismos su precio subirá, lo que producirá un abandono del uso de combustibles fósiles al no ser rentables, por lo que se producirá una transición energética de manera endógena al mercado. 

Este argumento me parece tremendamente falaz por los siguientes motivos, en primer lugar, la emergencia climática se puede dar antes de que un recurso se vuelva tan escaso que no sea eficiente su uso (de hecho ya se está dando), pero incluso aceptando este supuesto, para poder sustituir la fuente energética debe existir una alternativa suficientemente barata. Si no existe dicha alternativa, a pesar del incremento del precio las empresas seguirán usando esos combustibles fósiles, ya que una fuente de energía es fundamental para llevar a cabo la acumulación. Es por ello que, a pesar del enorme incremento del precio del petróleo durante los últimos 40 años sigue usándose en el conjunto de la economía mundial. En economía se conoce este fenómeno como un bien con una elasticidad-precio de la demanda muy baja, es decir, que la demanda cambia poco con independencia del aumento o bajada del precio. Otro factor que se debería tener en cuenta es la dificultad de desarrollar nuevas fuentes de energía. Tal y como señala la experta en innovación Mariana Mazzucato, durante los siglos XX y XXI las nuevas tecnologías y fuentes de energía inexploradas son investigadas y desarrolladas con fondos estatales. Pretender que las compañías se embarquen en un proyecto tan arriesgado y con tantas posibilidades de fracaso es, desde mi punto de vista, considerablemente ingenuo.

Por último, tenemos que tener en cuenta un dato muy importante, y es que las empresas tienen incentivos a contaminar. Podemos plantear el medio ambiente como el clásico problema en economía de los “bienes comunales”. Los diferentes agentes por separado tienen incentivos para contaminar en el proceso productivo, ya que de esta manera ahorran costes de producción, no obstante, visto desde una perspectiva común, contaminar es malo para el conjunto de ellos (la raza humana podría extinguirse). Es un problema clásico de “falacia de la composición”, es decir, de asumir que lo que es bueno para los individuos es bueno para la sociedad. Para una empresa individual es “bueno” contaminar, para el conjunto de las empresas no.

En definitiva, con todo lo expuesto a continuación queda claro que la lucha contra el cambio climático es imposible que provenga de la interacción espontánea de los agentes en el mercado, solo puede ser liderada por la autoridad central que es el estado.

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