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La integración regional en América Latina vive un momento decisivo ante los importantes retos del futuro más inmediato.

Si ya antes de la pandemia el escenario económico y social latinoamericano no era bueno, ahora ha empeorado. Los organismos internacionales estiman importantes caídas del Producto Interior Bruto y un fuerte incremento de la pobreza y la desigualdad en la región.

Como en otras partes del mundo, en Latinoamérica se han tomado estrictas medidas para frenar el COVID-19: confinamiento, apoyo económico a familias y empresas, control de la movilidad, etcétera. Pero en muchos países las restricciones no han sido ni tan severas ni tan efectivas como en Europa. El gobierno de Brasil ha restado importancia a la pandemia. El de México confiaba en que la enfermedad no se propagaría. En muchos países el confinamiento ha sido difícil o incluso inviable.

En América Latina muchas familias han de salir a la calle día a día para obtener sus ingresos. Es el caso de quienes se ganan la vida vendiendo comida en las calles de grandes ciudades como Bogotá, Lima o Quito. La economía informal y la precariedad laboral retratan a las grandes ciudades y a las economías latinoamericanas.

Algunos problemas comunes en América Latina

Uno de los aspectos desarrollados en nuestro trabajo de reciente publicación Integración y desarrollo: miradas desde América Latina y Europa (1997-2017 (UAM Ediciones, 2020) es que, pese a la diversidad de la región, hay varios rasgos comunes:

  1. La fuerte desigualdad en la distribución de ingresos. La distancia entre ricos y pobres es de las mayores del mundo. Sin embargo, la pobreza se ha reducido en casi todos los países.

  2. Los elevadísimos niveles de inseguridad y criminalidad (México, Honduras, El Salvador, Venezuela, Brasil). Incluso en otros países con indicadores de criminalidad inferiores, los ciudadanos perciben la inseguridad como un grave problema (en Chile, por ejemplo). Así, en general, la población latinoamericana se siente insegura y amenazada y su vida se ve condicionada por ello.

  3. Problemas propiamente económicos, como los bajos salarios, la baja productividad o el empleo muy precario.

  4. La debilidad de la estructura productiva. Las economías de la región están muy orientadas a la exportación de recursos naturales (petróleo, cobre, hierro, etc.) y, sobre todo en Centroamérica y México, a la manufactura de baja especialización.

A todos estos problemas hay que sumar la mala percepción de la calidad de la democracia y la desconfianza ante las instituciones.

¿Qué ha hecho la integración regional por el desarrollo?

Ninguna de estas preocupaciones ha sido abordada en profundidad por los esquemas de integración latinoamericanos. Desde hace sesenta años se han ido sucediendo acuerdos de integración (Asociación Latinoamericana de Integración, Mercado Común Centroamericano, Comunidad Andina o Mercosur) que, sin embargo, solo han sido débiles proyectos que no han conseguido establecer un modelo estable de crecimiento y desarrollo.

América del Sur sigue siendo muy dependiente de las exportaciones de materias primas. Por lo tanto, resulta muy vulnerable frente a los vaivenes de la economía mundial. El comercio intrarregional entre los países latinoamericanos es muy limitado. Y apenas ha crecido con la puesta en marcha de los acuerdos de integración. Esto impide que pequeñas y medianas empresas aprovechen las oportunidades de las cadenas globales de valor y de las redes de producción global.

Además, América Central y México siguen expulsando a su población hacia Estados Unidos por la falta de oportunidades laborales, lo que genera graves problemas migratorios y merma la mano de obra de estas economías. Además, su comercio exterior, orientado esencialmente a Estados Unidos, carece de vocación integradora.

Las fuerzas del mercado no garantizan por sí mismas el crecimiento ni el desarrollo de una región. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (entre México, Estados Unidos y Canadá) se ha centrado principalmente en la liberalización comercial y de las inversiones. Ha olvidado la convergencia social, tan necesaria entre países con niveles de desarrollo muy desiguales entre sí. En otros casos, como el de Mercosur, la rigidez institucional y la falta de una visión común han impedido avanzar en políticas de desarrollo comunes.

Toda la región, y particularmente México y Centroamérica, se ha visto muy afectada por la llegada de Trump a la Casa Blanca. La pandemia de la Covid-19 ha agrandado la incertidumbre, con el cierre de fronteras y el desarrollo de políticas de tintes nacionalistas.

¿Qué podría hacer la integración por el desarrollo en plena pandemia?

La pandemia ha puesto sobre la mesa una realidad: la cooperación y la colaboración entre países puede ayudar a resolver los grandes problemas comunes. Dicho de otra forma, las actuaciones unilaterales generan más problemas que soluciones. Esta reflexión no es nueva, pero quizá sí se haya hecho más evidente.

Los procesos de integración son una oportunidad para América Latina. Hay que avanzar en consensos sociales y económicos. La sanidad, la educación y la cohesión han de ser prioridades. Tampoco podemos olvidar los derechos económicos, sociales y culturales. Su aplicación requiere de instituciones fuertes. Solo así se pueden definir objetivos comunes, diseñar políticas y aunar esfuerzos para resolver problemas compartidos.

Los retos en materia de desarrollo son de gran calado. Sin embargo, los esquemas de integración no han estado a la altura para mejorar los problemas importantes y urgentes de la ciudadanía.

La experiencia latinoamericana pone de manifiesto la importancia de la voluntad política para lograr éxitos comunes. Se necesitan compromisos económicos y de financiación. También es importante una cierta cesión de soberanía, que permita abordar de forma coordinada retos transnacionales. El ejemplo más actual es la gestión de la pandemia.

The Conversation

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