Pedro M. Herrera Calvo
Una cuestión que sorprende, y no de forma agradable, sobre la producción de alimentos es que su desarrollo actual se asienta sobre enormes flujos globales (y lineales) de materia y energía, muy lejos de esa economía circular a la que aspiramos y muy impactantes sobre el medio ambiente que compartimos.

Si la economía circular plantea usar la energía procedente del sol para impulsar producciones en los que los materiales se reutilizan una y otra vez, desde luego la agricultura está fallando en este objetivo. Y eso, a pesar de ser una de las actividades que lo tiene más fácil, ya que utiliza el mismo tipo de ciclos y procesos de los que se sirven los ecosistemas naturales para aprovechar al máximo los nutrientes fundamentales, reutilizando buena parte de la materia disponible, con rendimientos muy altos y una gran eficiencia energética.

Tradicionalmente, en la economía agraria, los rebaños obtenían su alimento pastando tanto la vegetación espontánea como los barbechos y rastrojos y comiendo, además, otros subproductos agrícolas (paja, restos de poda, restos de cosecha, alimentos desechados, etc.). Además de carne y leche (y fuerza de trabajo), el ganado proporcionaba el estiércol y la materia orgánica base de la fertilización, que se redistribuía en los campos de cultivo.

Así, el pastoreo prestaba a la agricultura un servicio fertilización (que se obtenía muchas veces a partir de los montes y pastos naturales) y, a cambio, recibía una fuente de alimentación continua aprovechando todos los subproductos y residuos. La integración entre ambas producciones resultaba vital para el conjunto del sistema agrario, que aprovechaba, con un elevado nivel de eficiencia, los recursos proporcionados por el territorio, incluyendo las propias plantas silvestres, que se aprovechaban, de esta manera en la economía local.

La industrialización del campo iniciada en la segunda mitad del SXX, que produjo un enorme incremento de las producciones, también debilitó el enlace con el territorio y rompió los ciclos de reutilización de las materias primas, asentando su producción en la adición masiva de fertilizantes industriales, productos fitosanitarios y combustibles fósiles. En la misma línea, la intensificación condujo a un cambio radical de manejo ganadero, apoyado en piensos y concentrados.

Las consecuencias sobre el medio ambiente de este cambio de rumbo han sido de enorme calado y gravedad, destacando, entre otros problemas el riesgo de desertificación, la contaminación de los suelos agrarios por el lavado de purines y fertilizantes o la pérdida progresiva de la biodiversidad en los medios agrarios.

Reconducir esta situación, en realidad, no resultaría excesivamente complicado si se adoptaran las medidas adecuadas. Para ello necesitamos cerrar los ciclos de los materiales agrarios promoviendo una producción animal sostenible y territorial que se pueda integrar con los cultivos locales.

Las producciones agroecológicas de alimentos vegetales necesitan la contribución animal para potenciar la fertilidad de sus suelos, clave de su productividad, ya que los fertilizantes orgánicos de alta calidad que necesitan son imposibles de conseguir sin el concurso de los rumiantes.

Las políticas agrarias y económicas deben abordar de forma prioritaria la integración de las producciones agrícolas, ganaderas y forestales, apostando por modelos territorializados y complementarios de producción de alimentos cuyo apoyo debe iniciarse desde la propia PAC.

Un cambio de rumbo en el primer pilar permitiría apoyar las prácticas sobre el terreno que promueven la conservación de su fertilidad a través de la integración (el pastoreo de barbechos, rastrojos, frutales, viñedos, olivares y otros cultivos leñosos, el majadeo o la movilidad del ganado). En el segundo pilar, poniendo en marcha esquemas que apoyen los mecanismos de integración ya existentes, por ejemplo, rotaciones, sistemas mixtos agroganaderos (como los sistemas ovino-cereal, la permacultura o la agricultura regenerativa) o agrosilvopastorales (como las dehesas).

Una cuestión muy importante de cara a la comercialización de este tipo de productos es su diferenciación legal, separando tanto los productos vegetales como la carne y los lácteos que se producen bajo estos criterios de extensividad y economía circular.

En esta misma línea, sería importante buscar la acreditación en ecológico de más ganaderos y ganaderas para estimular los flujos de fertilizantes y favorecer su distribución y, claramente, reducir la presencia de tóxicos, potenciando su sustitución por medidas alternativas de rotación y pastoreo. Sin olvidarnos de la implicación social, clave para cualquier cambio de hábito de consumo. Se trata de medidas que, desde la Coalición Por Otra PAC y otras iniciativas, tratan de actualizar, apoyar e incorporar a las políticas públicas.

La circularización de la economía local y su apoyo en los recursos territoriales contribuye a territorializar, también, los flujos económicos, fomentando que parte del valor añadido se reinvierta en las mismas zonas en las que se produce, estimulando las frágiles economías locales. Tenemos el conocimiento y los recursos para ponerlos en funcionamiento, tenemos los equipos de investigación y la capacidad técnica para actualizarlos y modernizarlos, incluso superando a los sistemas convencionales. Es hora de trabajar en el marco político y en la cultura y el compromiso de la sociedad para lograr una producción alimentaria realmente sostenible.

Pedro M. Herrera Calvo, Fundación Entretantos y Coalición Por Otra PAC