Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo (El Quijote)

Por Javier Cortines

Pablo no podía dormir. Desde que tuvo a los mellizos se despertaba con facilidad y, aunque su mujer los mecía hasta que los acunaba Morfeo, paz no hallaba en su interior. Se había impuesto la misión, cual Sísifo empujando la roca colina arriba, de arrancar a Sánchez varios ministerios y la vicepresidencia para Irene, que no metía tanto miedo al Renacido como él, que era visto como una oveja disfrazada de lobo.

Tensas eran las horas de los Idus de julio. Quedaban sólo ocho días para que se iniciara la primera votación de investidura en el Parlamento y el tic-tac del reloj de mesa, rematado con una corona real, sonaba como los latidos de un preso que están a punto de ahorcar, lo que oprimía el pecho de Iglesias con su maldita cuenta atrás.

Aunque había puesto sus esperanzas en los poderes mágicos de Echenique, sabía que la interlocutora Carmen Calvo era un hueso duro de roer que podía quebrar la dentadura de cualquiera que intentara “capitidisminuir” al líder socialista, quien todavía guardaba el trabuco, con el cañón humeante, con el que se cargó  a Felipe González (alter ego del emperador Adriano, el del muro de las islas del estaño, la Pérfida Albión) y a Susana Díaz, quien tuvo la osadía de salir de su feudo, cual alter ego de Albert Rivera, con la intención de convertirse en la primera presidenta mujer de la cainista España.

Pablo se palpó la coleta en la almohada, se quitó la goma y, desparramando su guedeja sobre el cabezal, giró su rostro marfileño hacia Irene y le preguntó ¿cedemos o no cedemos? Su mujer, que estaba dando de mamar a uno de los pequeños, dejó la tarea con extrema delicadeza y le puso el chupete. Luego se dirigió a su pareja con estas aladas palabras:

“Mi Sol, tenemos que tantear nuestras posibilidades hasta el último momento. A medida que se acerque el día “D” (1) el presidente en funciones se pondrá más nervioso y, si jugamos bien nuestra baza, antes de que suene el gong sacaremos buena tajada.

Pablo salió de la cama y se puso las zapatillas que le había regalado Errejón hacía poco más de un año. Eran las tres de la madrugada y tenía los ojos de un oso panda, medio oscuros y blancos. En un movimiento reflejo, mas bien un impulso incontrolable, sacó el móvil y le disparó un tweet a Pedro Sánchez. Su mensaje decía así: “Estoy dispuesto a hacer todo lo posible para llegar a un acuerdo. Estamos cada vez más cerca de conseguirlo. Dalo por hecho”.

En ese momento el líder morado no sabía si tomarse un somnífero, darse un baño en la piscina y hacer treinta largos, o preparar los biberones de los bebés que, como todos los cachorrillos humanos, son una monada mientras son enanos. Luego la cosa cambia. “Cuando son pequeños decimos: están para comérselos y cuando son mayores, ¿por qué no me los habré comido?” decían las madres de la postguerra cuando los mochuelos, ya creciditos, lo ponían todo patas arriba y no respetaban ni al caudillo.

Los tira y afloja de Echenique y Carmen Calvo tuvieron en vilo a todos los íberos (españoles ilusos) y en la víspera de la votación la mayoría de los medios del “establishment”, incluidos los antisistema y los sospechosos de Cataluña, anunciaban que estaba a punto de cuajar el histórico acuerdo de un Gobierno de coalición de izquierdas, el primero que se formaría en España desde la II República (1931-1939).

Los españoles y las españolas, agotados por la canícula del verano, ora celebraban la llegada de un Gobierno de progreso, ora presentían otro de retroceso, pues la calor debilita el entendimiento, amigo Sancho y, si no hay aire acondicionado y cerveza fría, se pasa en un santiamén del optimismo de una avestruz al pesimismo de una marmota.

Amaneció el 23 de julio (primera votación, la segunda sería el 25), y aún sonaban las campanas de todas las catedrales. De pronto, Quasimodo dejó de tañer en la Almudena y todas dejaron de repicar. El Jorobado de la España invertebrada ya no creía ni en los hombres ni en los dioses, al igual que aquel Sinuhé de Mika Waltari que murió en el destierro contemplando las olas de un mar que no tiene fin.

Cuando la noche cayó, los marginados y todos los perdedores que no figuran en ninguna parte, ya que a ninguna clase social pertenecen, vieron en los predios de la Almudena cómo se besaban el campanero y la bella gitana Esmeralda, pero todo sería efecto del alcohol o las drogas, o un espejismo de los miserables o de “los nadies” (expresión de Galeano), porque, al decir del poeta, “toda la vida es un sueño y los sueños, sueños son”.

-1- De la votación.

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Retrato de Javier Cortines realizado por el pintor Eduardo Anievas. Este escriba es el autor de la trilogía "El Robot que amaba a Platón", obra que no gusta nada a las editoriales consagradas al dios tragaperras por su espíritu transgresor y que se puede leer gratis en su blog:nilo-homerico.es/reciente-publicacion., en cuya portada se puede escuchar, además, la canción de Luis Eduardo Aute "Hafa Café".

1 Comentario

  1. Lamentable que durante tres meses este pais no tenga un gobierno que se ponga manos a la obra de las reformas que necesita.
    Es inexplicable que las izquierdas no sean capaces de llegar a un acuerdo con lo difícil que lo están poniendo las derechas, unas derechas con su facilidad de acuerdos que nunca hasta ahora han tenido unas cabezas tan inoperantes e incompetentes para crear un decente gobierno para la mayoría de la población.

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