Por Javier Cortines

Ahora que todos los medios de comunicación occidentales celebran jubilosos la magnanimidad de la monarquía saudí, que acaba de permitir conducir a las mujeres tras tres décadas de reivindicaciones, es el momento de recordar que catorce millones de ciudadanas saudíes carecen de derechos humanos fundamentales y viven sometidas por ley “al macho enjaulador” (expresión utilizada por Eduardo Galeano).

Europa y Estados Unidos, sobretodo sus comerciantes y estrategas, siguen apoyando -sin escrúpulos de ningún tipo- a los monos coronados que gobiernan, cual semidioses, en el Reino del Petróleo, hidrocarburo que mueve el mundo y que es considerado un regalo de Alá por los jefes de las tribus de la media luna.

Tras esta breve introducción, quiero dedicarle unas líneas a la valiente Dina Alí Lasloom, de 25 años de edad, (pues en ella se ven reflejadas una gran parte de las mujeres saudíes) quien escapó el 10 de abril de 2017 de un matrimonio forzoso y trató de pedir asilo humanitario en Australia.

Dina Ali, (quien trabajaba de maestra en Kuwait con permiso paterno), compró un billete de avión con destino a Australia y, durante la escala de trece horas que tuvo que hacer en Manila antes de abordar el siguiente vuelo a Sidney, vivió la peor de las pesadillas, pues su familia desató contra ella una siniestra jauría.

Las autoridades portuarias recibieron una llamada telefónica de la Embajada de Arabia Saudí en Filipinas y, “cumpliendo órdenes diplomáticas”, despojaron a la chica de su pasaporte, documentación y tarjeta de embarque. Según testigos presenciales, la chica se derrumbó viendo como “los perros guardianes” hacían trizas su sueño de libertad.

Poco antes de que llegaran al aeropuerto unos hombres saudíes, -que se identificaron como “tíos suyos”- para “darle caza”, la joven tuvo tiempo de hablar con una pasajera de origen canadiense, identificada como Deeyah Khan, a quien Dina Alí imploró que le grabara con su móvil un video para contar al mundo el infierno que le esperaba en casa.

 En el video, en lengua inglesa, una temblorosa Dina Ali dice:

“Si mi familia y mis tíos vienen a por mí me matarán. Si vuelvo a Arabia Saudí estaré muerta. Por favor ayudadme” (Veamos la grabación que hizo Deeyah Khan a Dina Alí).

Cuando “los tíos” obligaron a Dina Alí a tomar el avión que le llevaría a Riad -literalmente a rastras y a empujones-, Deeyah Khan declaró a la prensa: “Me dijo que le habían quitado el pasaporte y que no le dejaban embarcar a Sidney. Me explicó que era maestra y que quería escapar de un matrimonio forzoso y de su familia”.

Al parecer Dina Ali fue internada, nada más llegar a Riad, en un centro para mujeres menores de 30 años y obligada a firmar un documento en el que se compromete, en esencia, a “obedecer al varón de por vida”.

“La mujer saudí que abandona a la familia o el país puede enfrentarse a la conocida como ´violencia de honor` si es devuelta en contra de su voluntad”, afirmó en su día Sarah Lean Whitson, investigadora de Human Rights Watch (HRW) para Oriente Medio.

A pesar de los tímidos avances que se han registrado en Arabia Saudí -las saudíes pueden presentarse a las elecciones locales y conducir- todavía las mujeres son tratadas de por vida como adolescentes que necesitan la tutela y protección del varón. Es decir, son eternas prisioneras del hombre.

En 2014, cuatro hijas del anterior rey saudí: Jawaher, Sahar, Hala y Maha, lograron contactar con la prensa internacional, a través de unas amigas, y denunciaron que “habían sido encerradas con llave en un decrépito pabellón, que habían sido privadas de artículos básicos y que sólo recibían para comer alimentos caducados”. Su delito: pedir libertad.

En definitiva, los monarcas, jeques, imanes y los cancerberos que pululan por esos lares no hacen más que cumplir con la ley. La parte que explica cómo hay que “educar correctamente” a las mujeres, (seres inferiores en todas las religiones), lo que detalla sin ambages, la Azora IV de El Corán.

 

 

 

 

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Retrato de Javier Cortines realizado por el pintor Eduardo Anievas. Este escriba es el autor de la trilogía "El Robot que amaba a Platón", obra que no gusta nada a las editoriales consagradas al dios tragaperras por su espíritu transgresor y que se puede leer gratis en su blog: Nilo Homérico, en cuya portada se puede escuchar, además, la canción de Luis Eduardo Aute "Hafa Café".

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