Por Luis E. Sabini Fernández

La Gran Marcha del Retorno de los palestinos que conmemoraba los 70 años de la Nakba, la operación de despojo y saqueo del movimiento sionista sobre el territorio palestino, 14 de mayo de 1948, que consistió en manifestaciones a lo largo de varios viernes hasta los lindes entre la Franja de Gaza y el Estado de Israel, agrupó a decenas de miles de pobladores palestinos, sobre todo los virtualmente sitiados y puestos bajo un régimen de escasas calorías, casi sin luz ni calefacción y sobreviviendo en un mar de viviendas destruidas. La marcha se hacía cada viernes sin armas ni piedras, a lo sumo banderas palestinas y carteles.

Ese collar de manifestaciones de los viernes de abril y mayo (empezó el 30 de marzo de 2018) recibió viernes a viernes la balacera de centenares de soldados israelíes, entre ellos un centenar de francotiradores que les permitió “cosechar” cientos de asesinados y miles de heridos.

Pero no sólo eso. EE.UU. decidió a impulsos de Trump la mudanza de su embajada a Jerusalén el 14 de mayo, precisamente. Para lo cual Trump y su equipo ha ignorado deliberada y olímpicamente el status de ciudad internacional que la ONU otorgara a Jerusalén, en 1948, para disminuir siquiera simbólicamente el despojo, basándose en el carácter de asiento de las tres religiones monoteístas más grandes del mundo, y que por lo tanto no quedara dentro del estado sionista ni del inexistente estado palestino.

Israel se adueña en 1967 de Jerusalén por las armas, y la ONU, como habitualmente,  calla.  Ahora, en 2018, EE.UU. respalda a Israel y lo ejemplifica con la mudanza de su embajada desde Tel-Aviv.

 

Poniendo sal en la herida.

Obviamente, en esta fecha la Gran Marcha del Retorno sufrió todavía más víctimas de las que estuvo sufriendo viernes a viernes.

Si bien la matanza de cientos de palestinos y las lesiones a veces graves de otros miles de seres humanos,[1]   no parecen necesitar, en el concierto internacional, de condena alguna, la violación de Jerusalén apropiado por Israel no ha sido tan bien recibida.

Israel ha invitado a los estados que tienen representación diplomática en Israel a mudar las embajadas y apenas uno, Guatemala, lo ha hecho y dos más, Honduras y Paraguay,  lo proyectan.

Esos estados tienen una muy significativa relación con Israel que les ha aportado armas, técnicos en represión y tortura y/o guardias de corps: Guatemala ha mudado de inmediato su embajada, cumpliendo con la exhortación. Fue “asesorado” por Israel a principios de la década de los ‘80.[2]

Honduras tiene una doble relación, un doble agradecimiento (o una doble dependencia) hacia Israel; fue uno de los estados “asesorados” cuando las matanzas de los paramilitares en América Central en los ’80, como Guatemala, y a la vez es uno de los estados que en los últimos años ha ingresado a la ola de golpes de estado  blandos, de América al sur del río Bravo., junto con Paraguay.[3]  “Golpes de palacio” más bien. Con “amparos” legislativos. Estos dos últimos han sido asesorados desde Israel, al punto que Israel “brindó” en el caso de Honduras no sólo armas sino incluso aparatos con radiación emética. Y guardias presidenciales. Y en el de Paraguay, personal en la guardia presidencial.

La escasa resonancia que hasta el momento caracteriza el enroque de las embajadas en Israel parece ser, sin embargo, el máximo de crítica a la acción absolutamente abusiva, prepotente, que ejerce Israel en su plan de adueñarse de todo el territorio palestino (y algunos otros; pensemos en los Altos de Golan, un territorio sirio, anexado por Israel en los ’80, en la ocupación por décadas del territorio libanés al sur del río Litani o las periódicas ocupaciones de la península de Sinaí, otra vieja aspiración territorial sionista).

Sin embargo, y aunque a nivel institucional, Israel sigue contando con el aval de EE.UU. y la mayor parte de Europa  amén del mundo anglófono (Canadá y Australia fundamentalmente), existe un runrún, apenas audible pero ya perceptible en muchos tejidos sociales, que repudian la política de matón de Israel.

La verdad, junto con la sabiduría, tienen un vuelo tardío, pero a la larga se abren paso ante las fulgurantes llamaradas de la mentira oficial. Claro que el costo es altísimo. En las vidas de las víctimas. Y tan menguado, suele ser, en la de los violadores. Pero hay que seguir siendo empecinadamente resistentes.

[1]   Tenemos que recordar lo obvio; que parece olvidado por la llamada comunidad internacional: los palestinos son seres humanos, algo sistemáticamente negado por el Estado de Israel al desconocer derechos tan elementales como el de movimiento, de protesta, de salud, parto asistido… el derecho a beber agua, incluso. Y a no morir en ninguna de esas acciones vitales, mínimas.
[2]   La coyuntura política “obligó” entonces a EE.UU. a abandonar su “protección” en América Central y delegó en regímenes de su confianza la tarea de mantener la represión ─genocidio maya incluido─ con miras a la Tercera Guerra Mundial, como se decía entonces. Los estrategos yanquis encontraron en la Argentina del dictador L. F. Galtieri y en los colonialistas agresivos de Israel los mejores candidatos (v. N. Chomsky, La quinta libertad, Editorial Crítica, Barcelona, 1988, p. 250).
[3]   Así como la llegada al gobierno de Cuba de Fidel Castro generó una oleada de movimientos guerrilleros en América del Sur y Central y sobrevino después una de dictaduras militares o cívicomilitares que asoló el subcontinente durante los ’70, nuestro subcontinente sigue experimentando nuevas oleadas. Las dictaduras poco a poco fueron sustituidas por un “sarampión” democrático con el que vimos el cambio de siglo. Poco después ha ido asomando una nueva generación de golpes de estado, menos sangrientos que los del ’70, más administrativos. Algunos fracasados como el realizado en Ecuador en 2010 o en Venezuela en 2011. Otros exitosos, como contra F. Lugo en Paraguay y M. Zelaya en Honduras.

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