Las palabras hermosas no dicen la verdad, la verdad no puede decirse con palabras hermosas 

(Lao Tsé)

Por Javier Cortines                 

    Hay dos tipos de mentiras: la oficial, que es la que utilizan los voceros de los gobernantes, p. ej. “hay que declarar la guerra a Irak porque tiene armas de destrucción masiva” o las de “los papeles del Pentágono” -lo que acaba causando millones de muertos, mutilados y violaciones masivas-, y la de la plebe, p. ej. Hitler fue momificado en Argentina (a donde llegó en submarino) o el Papa dejará el Vaticano y vivirá en una choza imitando a Jesús. Eso sólo puede provocar alboroto en el gallinero. No hay comparación entre la una y la otra, de ello habla el número de víctimas que dejan ambas.

   ¿Realmente alguien dice la verdad sin ocultar las partes “más feas” de ella, las más impopulares? Me temo que esos valientes son excepciones y que, por supuesto, no se dedican a la política. En filosofía la cosa cambia. Foucault defendía lo que los griegos llamaban “parresía” es decir: atreverse a decir la verdad por incómoda que sea, aunque ello conlleve la exclusión social y la subsiguiente condena “al ostracismo”. Este escriba piensa a la antigua y cree que solo dicen la verdad los que no tienen nada que perder, los sabios que viven en la montaña, los locos y los borrachos. 

   Lao Tsé (siglo VI a.C) -padre del taoísmo- nos condensa su pensamiento en su descomunal obrita el Tao Te King (El Camino de la Virtud). En ella nos dice: “Las palabras hermosas no dicen la verdad, la verdad no puede decirse con palabras hermosas”. Ernesto Sábato llegó a la conclusión de que “La verdad no es importante, hay otras cosas que tienen mucho más valor, porque la verdad casi siempre produce dolor y destrucción”. Ambos gigantes a pesar de la distancia nos observaban y dialogan entre los resquicios (a veces desquiciados) de los siglos.

   El gran Petronio, contemporáneo de Nerón, también nos deja pasajes maravillosos “sobre los beneficios que produce la mentira”. En el capítulo CXVI de El Satirión hallamos esta perla narrativa: “el anciano poeta Eumolpo y los jóvenes Eucolpo y Giton, caminan por un sendero y ven a lo lejos una ciudad sobre una colina”. Preguntan a un campesino de qué urbe se trata y éste les responde:

   “Aquello es Crotona, antiquísima población que en su día fue la primera de Italia (…) ¡Oh, extranjeros, si queréis trabajar cambiad de ruta o buscad otro medio de ganaros la vida! ‘Pero si pertenecéis a las clases distinguidas y no os asusta la obligación de mentir de la mañana a la noche, encontraréis la fortuna en esa ciudad’ (…) En ella sólo veréis cadáveres a medio devorar y cuervos que de ellos viven”.[1] (…) Después, el vate alza la vista y, como si estuviera contemplando el Helicón, recita estos versos:

¡Corrupción por doquier! En los comicios

                    virtudes trueca el oro por los vicios ¡Oh, Justicia![2]

   Una de mis obras de cabecera “El arte de la mentira política”, atribuida erróneamente al escritor Jonathan Swift, ya que la autoría corresponde a su colega John Arbuthnot (1667-1735), dice lo siguiente sobre la casta:

   “Unos sueltan una mentira para vender o comprar un fondo o una acción a un precio más ventajoso, y los otros, porque es honorable servir a su partido”. Sobre los súbditos agrega: “El derecho de inventar y difundir mentiras políticas reside también en parte en el pueblo, que en los últimos años se ha distinguido por su apego obstinado a este justo privilegio”[3].  

     Arbuthnot (que al igual que Jonathan Swift era miembro del Scriblerus Club) pone matrícula de honor a dos mentiras infalibles: la φοβερον y la δομοειδεσ (“la foberon” y “la domoeides”), es decir: “la que sirve para asustar e infundir terror, y la que anima y alienta, que son extremadamente útiles cuando se saben utilizar”. Asimismo, aconseja a los líderes “no mostrar al pueblo demasiado a menudo objetos terribles, ya que pueden acabar siéndoles familiares y acostumbrarse a ellos”[4].

   El escritor escocés, que también era médico de la reina Ana, subraya “que se reconoce rápidamente a los que dicen mentiras por los excesivos juramentos que repiten sin cesar”. Y enfatiza “la gran inclinación que tienen todos los hombres de estos tiempos (siglos XVII y XVIII) a crear mentiras”.

 En otro pasaje de su obra nos ilumina con esta reflexión: 

   “Las mentiras sobre las (golosas) promesas que lanzan los grandes, los ricos, los poderosos, los Señores, los que están bien situados, se conocen por los gestos que hacen al decirlas: os ponen la mano en el hombro, os abrazan, os estrechan, se inclinan a saludaros, (dan saltitos); eso son señales de que os engañan y que quieren impresionaros”,[5] remacha Arbuthnot. 

   Sobre las mentiras que han vertido los Unos y los Otros durante la pandemia del Covid-19 hay material de sobra. Y sobre el Plan Marshall de la Unión Europea para salvar a los PIGS (cerdos), acrónimo despectivo con el que ricos aluden a Portugal, Italia, Grecia y España, la verdad acabará estallándonos en los morros y empequeñeciendo nuestros bolsillos hasta hacerlos microscópicos, a no ser que “los corderos se conviertan en leones”.


[1] El Satiricón (Ediciones 29, 1971). Págs. 164 y 165.

[2] Íd. op. cit., pág. 169. 

[3] El arte de la mentira política. Edición Centellas, 2013. Págs. 31 y 34. 

[4] Íd. op. cit., págs. 48 y 49.

[5] Íd. op. cit., págs. 71 y 72.