El cierre de fronteras, así como sus distintas formas para atravesarlas, son lo que redirigen el flujo de personas que pretenden llegar a Europa. Mientras, la UE, con sus fronteras y su porosidad selectiva, aplica la violencia para reprimir algo ya demostrado inevitable: el continuo movimiento de personas. Llevamos años viendo diferentes rutas trazadas en Europa del Este en función de la facilidad con la que se puede llegar a países como Croacia, Rumanía o Bulgaria.

Además del marco regional que pudiera caracterizar el continuo cambio de rutas a través de los países del Este que cerraban sus fronteras conforme veían que se utilizaba al país como acceso a la UE, en áreas especialmente limitadas como pudiera ser el norte de Serbia o Bosnia también observamos esa reestructuración de la ruta, como era de esperar. Esta constante alteración del camino trazado en la zona fronteriza tiene su origen en la variabilidad de las posibilidades de entrar. Se puede dar por ser un punto ciego para el cuerpo policial encargado de reprimir a los grupos de personas que intentan traspasar la frontera o por una serie de sobornos continuados que abren una brecha momentánea hasta que se descubre y se vuelve a cerrar. Al igual que el cauce de un río que mantiene su nacimiento en los mayores puntos de llegada al continente, pero conecta con los diferentes puntos de entrada a la UE a través de innumerables ramificaciones, los migrantes también acaban encontrando el camino de llegada a una UE que, supuestamente, respeta sus derechos.

© REUTERS / Janis Laizan

En este caso le ha tocado a Bielorrusia ser parte del acceso a la UE para quien huye de su país. Las posibilidades de entrada son tales como para plantearse volar hasta Minsk y emprender el viaje hacia Polonia, como ya han hecho muchos. No obstante, el gobierno polaco, con un fuerte discurso antiinmigrantes reflejo de una sociedad que mayoritariamente apoya medidas xenófobas, se ha visto reforzado frente a esta nueva crisis que ya se ha cobrado, al menos, seis víctimas mortales.

Desde Alemania acusan a Bielorrusia de instrumentalizar la llegada de las personas migrantes por la presión que pudiera hacer a Polonia llevándolos a la frontera, mientras que el gobierno polaco, a principios del mes pasado, declaraba el estado de emergencia prohibiendo así la presencia de medios de comunicación y trabajadores humanitarios en la zona. Las devoluciones en caliente en la zona fronteriza, tal y como también lleva pasando en Ceuta desde hace años, van contra la convención de Ginebra y la libertad de movimiento de las personas migrantes. Todo ello, además de poner en peligro la vida de quienes buscan un futuro mejor, también provoca que al intentar atravesar la frontera deban buscar rutas más peligrosas por las que llegar a su destino. Como consecuencia, las muertes por hambre, hipotermia o agotamiento en los bosques y montañas que forman parte del camino son extremadamente comunes.

Vemos aquí la repetición de un escenario que lleva dándose años en los países balcánicos: asentamientos informales en el bosque que limita con la UE —en este caso Polonia—; establecimiento de medidas de carácter militar como la presencia del ejército en busca de migrantes; fortificación de vallas; instalación de concertinas y la justificación de todo ello con un discurso abiertamente racista. Además, la falta de vías seguras para escapar de lo que en numerosas ocasiones ha creado occidente es otro síntoma del imperialismo europeo. No sólo la militarización de las fronteras, sino los efectos de la externalización de las mismas. Parece que no es suficiente con haber invadido el país años atrás, ahora que escapan del horror causado se les retiene en los países por los que transitan en centros de internamiento, bosques y mares.

La expectación creada debido al nuevo episodio migratorio en una región ya acostumbrada a los lamentos de Europa de cara al público, pero de violencia y externalización de cara a la realidad, ha hecho emerger una serie de noticias no tan mediáticas porque estas prácticas se han hecho norma. La posición europea en esta crisis consiste, principalmente, en exigir a Bielorrusia el respeto de los derechos humanos de los migrantes mientras paga a países como Turquía, Libia o Marruecos para vulnerar sus derechos y pide a Polonia que no siga con las devoluciones en caliente. Todo ello, evidentemente, en un marco en el que ha decidido no integrar a las personas que buscan refugio dentro de sus fronteras, aunque esto vaya contra sus derechos.

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