Luis Miguel Sánchez Seseña
Economista
El origen de la palabra economía proviene del griego antiguo oikonomía, palabra compuesta de los términos, oikos -sustantivo que significa casa, familia- y del verbo nemo, administrar. Etimológicamente, la palabra economía hace referencia a la gestión que las personas hacen de los recursos de su casa para la reproducción de la vida, para su supervivencia.

Sin embargo, hablar hoy de economía es hablar de crecimiento y de una sociedad que tiende a dejarse arrastrar por él. El sistema económico actual sobre el que se asienta nuestra sociedad, el capitalismo, se basa en un crecimiento económico ilimitado, sin el cual no puede funcionar. Está sustentado en la obtención continuada de beneficios económicos, y en la acumulación del capital obtenido, en manos de una minoría. Ésta es la lógica del capitalismo, la acumulación ilimitada.

El sistema necesita que las transacciones económicas sean cada vez mayores y se den a mayor velocidad, pues en última instancia, esto es lo que aportará el crecimiento económico sostenido e ilimitado. Cuando el crecimiento económico se desacelera, o disminuye, la maquinaria del capitalismo entra en crisis. Esta dinámica genera un círculo vicioso en el que el crecimiento no puede ni disminuir ni mucho menos pararse, condición indispensable para que la máquina no deje de funcionar.

Si a esto le añadimos una variable más, el crédito, la necesidad de crecimiento continuo e ilimitado aumenta, ya que éste nos permite consumir sin necesidad de tener los ingresos suficientes. Definitivamente, el crédito es deuda, y la deuda es crecimiento económico.

Pero, en definitiva ¿qué significa que haya crecimiento económico? Obviamente, que aumenta el Producto Interior Bruto. El PIB es el indicador utilizado para medir la suma de todos los bienes y servicios producidos por un país durante un periodo de tiempo dado. Se entiende que este indicador es el que mide el progreso y el desarrollo de un país, porque a mayor PIB, mayor crecimiento económico. En nuestra sociedad el crecimiento económico se relaciona con mayor bienestar, y por ende, mayor felicidad.

Sin embargo, el crecimiento del PIB, ni aumenta la cohesión social, ni frena el desempleo, ni mitiga las desigualdades. Tampoco genera felicidad ni aumento de derechos humanos. Lo que sí provoca es un impacto, a menudo irreversible, sobre la naturaleza que nos sustenta y el agotamiento de los recursos naturales.

¿Cómo se puede crecer ilimitadamente en un planeta finito? Según la lógica capitalista, para que haya crecimiento ilimitado, se necesitan recursos naturales de forma ilimitada. El problema es que ni la materia ni la energía están disponibles de forma infinita.

Sin duda hemos superado la capacidad del planeta para abastecernos de recursos y asimilar los residuos generados por el modo de producción/consumo occidental. La bomba demográfica contribuye a ello. Las consecuencias son, entre otras, una profunda crisis ecológica a escala planetaria: el aumento del efecto invernadero y el consecuente cambio climático, la aceleración de las catástrofes naturales (sequías, inundaciones, huracanes), pérdida de biodiversidad, desplazamiento de poblaciones, agotamiento del agua potable, contaminación del aire, etc.

Ante un panorama con mimbres apocalípticos, siempre se oirán voces ilusas apelando al “milagro tecnológico”: alguien llegará e inventará una máquina para arreglar todo este desastre. Y esta es la fe en la tecnología: ante cualquier problema ambiental que pueda aparecer, siempre surge la esperanza de que llegará la tecnología, la máquina que lo solucionará.

Sin embargo, la ecoeficiencia no podrá ser una solución, si los niveles de producción y consumo no disminuyen. Es el llamado efecto rebote. Un ejemplo: de qué sirve hacer coches que consumen menos combustible, si la venta de coches no deja de crecer. Esto se traduce en un incremento de la extracción de materias primas y del consumo de energía por aumento de la producción de automóviles.

Vivir en un planeta finito significa que nuestro planeta tiene límites, con lo que es fácil llegar a la conclusión de que un crecimiento económico que dependa de un aporte infinito de materia y energía en un planeta limitado -y de una generación de residuos no asimilables por los sumideros- es no sólo físicamente imposible, sino también ecológica y socialmente inviable. La paradoja del crecimiento metastásico.

Del “crecimiento sostenido” se pasó al término «desarrollo sostenible» (utilizado en numerosos discursos políticos) pero su aplicación ha sido muy diferente y desigual, y en ocasiones perversa. Si bien el desarrollo sostenible apuesta por el respeto al medio ambiente, aún manteniendo la lógica del crecimiento económico, esto no es posible sin reducir la producción y el consumo, ya que actualmente estamos por encima de la capacidad de regeneración natural del planeta, tal y como demuestran los diferentes datos de Huella Ecológica. Estamos literalmente usando más materia y energía de la naturaleza, y más rápidamente, que la que el planeta es capaz de regenerar. La salvadora Green New Deal deviene en política distópica.

Todo apunta a que la salida más razonable de este laberinto infernal tendría que venir de la mano del “decrecimiento”. El Decrecimiento cuestiona la capacidad del modelo de vida moderno para producir (y consumir) bienestar y felicidad basándose exclusivamente en el desarrollo económico. El reto para el Decrecimiento está en vivir mejor con menos, aportando una visión transformadora y proponiendo un cambio radical en la forma de producir, consumir y vivir, una nueva forma de organizarnos social y económicamente.

En tiempos donde el relato manda, el storytelling del decrecimiento es (casi) una batalla perdida. Las pensiones, el desempleo, el subempleo, la precarización laboral, las desigualdades económicas y sociales, etc. marcan la agenda de prioridades y urgencias, relegando lo verdaderamente crucial: la supervivencia de la vida.

El Decrecimiento es efectivamente una idea a contracorriente de la sociedad depredadora actual. Lo que debe ocurrir para conseguir mayores niveles de progreso y bienestar es el crecimiento económico: ésta es la ideología imperante, el consenso ideológico extendido. La idea de decrecimiento apunta a la producción y reproducción de valor y felicidad en las sociedades humanas (crecimiento relacional, convivencial y personal) reduciendo en ellas de una manera progresiva la utilización de materia y energía (decrecimiento físico).

Decrecer implica una respuesta política, y ante todo filosófica, que comporte cambios profundos en el trasfondo cultural de nuestras sociedades. Parafraseando al genio de Tréveris: los activistas no han hecho más que interpretar de diversos modos el colapso, pero de lo que se trata es de pararlo. Manos a la obra, todavía estamos a tiempo.