La piedra de Rosetta fue desenterrada del olvido y la arena por un oficial del ejército de Napoleón, Pierre François-Xavier Bouchard, en 1799, cuando los franceses trataban de conquistar Egipto y cerrar a los británicos el camino a la India. Habían sacado a la luz el jeroglífico más importante de la historia de Egipto.

La encontraron en el-Rashid (Rosetta), en el delta del Nilo, una ciudad a pocos kilómetros al este de Alejandría. El general al mando, Jacques-François de Menou, supo ver la importancia del hallazgo, y envió aquella piedra de granito, de 760 kg, a un lugar más seguro, El Cairo.

En aquel momento nadie podía entender el significado de los innumerables jeroglíficos que decoraban y decoran templos, objetos y tumbas, una enigmática escritura inventada hacia el 3 200 a.e.c. y utilizada durante más de 3 500 años, que sirvió para escribir la lengua de los antiguos egipcios.

La piedra llegó al Institut d’Égypte, donde se hicieron copias del texto, que mandaron a diversos lugares de Europa para su estudio.

Tras la derrota francesa, en 1801 se firmó un armisticio según el cual los derrotados debían entregar a los vencedores, el ejército inglés, las antigüedades que se encontraran en su posesión, y la piedra de Rosetta estaba entre ellas. Hoy se encuentra en el Museo Británico de Londres.

El primer nombre de un faraón descifrado

La piedra de Rosetta contiene un solo texto, escrito en tres sistemas de escritura diferentes, separados en tres registros. El primero está escrito en griego, el segundo en egipcio, con jeroglíficos, y el tercero en escritura demótica, también en lengua egipcia.

El demótico se escribió al final de los tiempos del antiguo Egipto. Es una escritura más simplificada que los jeroglíficos y que el hierático (abreviatura de los jeroglíficos).

Hay consenso en afirmar que la persona que descifró la escritura demótica de la piedra de Rosetta fue Thomas Young, científico y lingüista, considerado unánimemente un genio de su época.

Con anterioridad a los trabajos de Young, el diplomático sueco Johan David Åkerblad dedicó varios estudios al texto demótico. Åkerblad sugirió que, en la escritura jeroglífica, de alguna manera, debía haber signos que tuvieran carácter alfabético, esto es, signos que representaran sonidos y no conceptos.

Paralelamente iba tomando forma la idea de que los signos encerrados dentro de unas formas ovaladas, lo que después sería conocido como ‘cartuchos’, eran nombres de faraones. El texto griego lo confirmó: se podían leer los nombres del faraón más o menos en los mismos sitios en los que se encontraban los cartuchos en el texto jeroglífico.

El faraón mencionado es Ptolomeo Epifanes, el quinto de la dinastía con este nombre. El texto también contiene el nombre de una reina, Berenice, anterior a Ptolomeo V Epifanes.

Young buscó entonces, en los cartuchos, los signos alfabéticos que componían estos dos nombres.

Egipto, Rey y la conjunción “Y”

Thomas Young consiguió relacionar palabras del texto griego con varias secuencias de signos en el texto jeroglífico, y llegó a identificar los signos para las palabras ‘Egipto’, ‘rey’ y la conjunción ‘y’; también logró entender el sistema numérico empleado en el texto jeroglífico.

Young, además de la piedra de Rosetta, estudió la inscripción bilingüe, en griego y en egipcio jeroglífico, grabada en un obelisco encontrado en Philae, y en él identificó varias palabras de ambos textos. Una de ellas era el nombre de Cleopatra.

Jean-François Champollion: el código descifrado

Jean-François Champollion es unánimemente aclamado como el descifrador de los jeroglíficos egipcios y el padre de la egiptología.

Durante los primeros años del siglo XIX estudió el texto jeroglífico de la piedra de Rosetta sin haber visto nunca el original, ya que trabajaba con las copias que circulaban por Europa desde su descubrimiento.

Se puede decir que Champollion descifró la escritura jeroglífica egipcia hace ahora 200 años, en 1822, cuando el 27 de septiembre pronunció una conferencia en la Académie des Inscriptions et Belles Lettres, conocida como Lettre à Monsieur Dacier, en presencia de Thomas Young. Champollion presentó una propuesta del alfabeto jeroglífico, a partir del estudio de la piedra de Rosetta y del obelisco bilingüe, teniendo en cuenta los trabajos previos de Young.

En 1824, Champollion publicó Précis du systhème hiéroglyphique des anciens égyptiens. En esta obra describe toda la complejidad del sistema de escritura jeroglífico egipcio, que consiste en la mezcla de varios signos: figurativos, simbólicos y fonéticos, en un mismo texto, en una misma frase, e incluso en una misma palabra.

El texto de la piedra de Rosetta

Estrictamente hablando, la piedra de Rosetta es un texto histórico, ya que presenta los términos de un acuerdo establecido por un sínodo de sacerdotes egipcios y el faraón macedonio Ptolomeo V Epifanes. Ptolomeo V era descendiente del fundador de la dinastía, Ptolomeo I Soter, uno de los generales de Alejandro el Grande, conquistador de Egipto a finales del siglo IV a.e.c.

El acuerdo grabado en la piedra de Rosetta se alcanzó el año 196 a.e.c., un día antes del aniversario de la coronación del faraón, reunidos en Menfis, la ciudad que durante un periodo más largo había sido capital religiosa del antiguo Egipto.

El texto establece los pagos que los templos deben hacer al faraón, describe la generosidad y virtudes de Ptolomeo V, y la piedad especial del faraón hacia dos toros sagrados, Apis y Mnevis, encarnaciones de estos dioses. El faraón se compara a Thot, dios de la sabiduría y de la escritura; también se le considera encarnación de Horus, el hijo de Osiris e Isis y rey de Egipto, confirmando así su divinidad.

También se decide la construcción de varias estatuas de Ptolomeo V, que deberán situarse en diferentes templos, junto a los dioses propietarios de esos templos. Se establece que los aniversarios del nacimiento y coronación del faraón se celebrarán con festivales, procesiones y ofrendas. Además, todos los sacerdotes deben ser también sacerdotes del faraón divino, aparte de servir a los dioses de sus respectivos templos.

Finalmente, el texto dicta que este acuerdo debe escribirse en griego, en demótico y en jeroglífico, y han de hacerse copias que deberán situarse en varios templos del país. Al menos una de estas copias se grabó en piedra, en la piedra de Rosetta.

Adelina Millet Albà – The Conversation

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