Por Victoria Portas, experta en Seguridad social en la comisión legal COESPE y Modepen

Las pensionistas por incapacidad permanente (IP), por enfermedad o accidente  y todas aquellas enfermas crónicas y/o degenerativas, con limitaciones funcionales, físicas o psicológicas, son abandonadas por el Sistema a su suerte.

En algunos casos a estos pensionistas se le reconoce una Incapacidad que, lejos de ser suficiente para una vida digna, las lleva a un empobrecimiento en el momento de mayor vulnerabilidad, y en el peor de los casos ni tan siquiera se les reconoce dicha Incapacidad aunque se encuentren invalidadas para poder desarrollar una actividad profesional.

En Enero de 2019 el número de mujeres que perciben una prestación de invalidez ascendió a 344.677, correspondiendo a un 36,13% del total de IP. Un 74,38% perciben una cuantía inferior al SMI.

Si la Incapacidad Permanente es una prestación económica que trata de cubrir la pérdida de ingresos que sufre una trabajadora cuando, por enfermedad o accidente, ve reducida o anulada su capacidad laboral, no se puede explicar que se perciba en cuantías de subsistencia ya que es el único ingreso de estas mujeres con enfermedades crónicas o degenerativas e invalidantes.

Las patologías crónicas o degenerativas y las derivadas de determinados accidentes, hacen que las capacidades familiares, sociales y laborales vayan mermando a medida que la  enfermedad progresa y/o se sufren niveles de mayor gravedad. A todo ello, se suman las enfermedades asociadas a estas patologías (comorbilidades) y sus secuelas correspondientes no valoradas por el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) o por los Servicios de Valoración de Discapacidades (EVI).

El informe de la Coordinadora Estatal para la Defensa de las Pensiones Públicas (COESPE“Brecha de Género: La pobreza tiene cara de mujer” resume las enfermedades que, aunque para los especialistas de la Salud son enfermedades crónicas potencialmente incapacitantes pero, no están reconocidas en el baremo de enfermedades y que sufren, principalmente, las mujeres:

Migrañas. Es una enfermedad que tiene como síntoma principal el dolor de cabeza, pulsátil, unilateral, acompañado de náuseas o vómitos, sensibilidad a la luz o los sonidos, usualmente muy intenso e incapacitante para quien lo sufre. Es una afección muy frecuente, cuyo origen es una combinación de factores genéticos con ambientales, que afecta a entre el 11 % y el 16 % de la población general, siendo la incidencia mucho más alta en las mujeres.

Diabetes tipo 2. Trastorno metabólico que se caracteriza por hiperglucemia. Afecta a mujeres en edad avanzada.

Hemorroides. Producidas mayoritariamente tras embarazos y partos.

Alergias. Por el constante contacto con alérgenos como pólenes o polvo de las labores del hogar.

Cáncer de mama. Con 25 mil casos nuevos al año y una prevalencia de 5 años, cuyos tratamientos producen lesiones y/o enfermedades asociadas que no se valoran.

Varices.  Las varices las sufren una de cada cinco mujeres.

Celiaquía. Enfermedad que afecta al 1% de la población y siendo dos veces más frecuente en mujeres.

Enfermedades del aparato locomotor,  más frecuentes en mujeres que en hombres, entre ellas, la artritis reumatoide, inflamación de las articulaciones que produce dolor, hinchazón y rigidez de las mismas, es tres veces más común en mujeres que en hombres.

La fibromialgia, que afecta más a las mujeres en una proporción de entre 3 y 7 a 1, produce dolor en músculos, articulaciones, ligamentos y tendones de forma generalizada.

La osteoporosis, pérdida de calcio en los huesos, que afecta a 1 mujer por cada cuatro hombres.

Síndrome de Sjögren (SS). Enfermedad inflamatoria, autoinmune, crónica, que se caracteriza por infiltración de las glándulas exocrinas por linfocitos y células plasmáticas mayoritariamente sufrida por mujeres asociada a otras enfermedades de carácter reumático.

Endometriosis, que afecta a las mujeres durante su vida reproductiva, es una enfermedad inflamatoria, lo que a su vez ocasiona adherencias entre órganos.

Trastornos psicológicos ansiedad, fobias y alteraciones de la conducta alimentaria, todo ello derivado de la sobrecarga o el estrés de la mujer a lo largo de las diferentes etapas de la vida.

Todas ellas, son enfermedades, que imposibilitan mantenerse en el mercado laboral,  dificultan conseguir un puesto adaptado a esas limitaciones. Así mismo, requieren  constantes revisiones médicas, pruebas clínicas, tratamientos, hospitalización y/o incapacidades temporales (bajas médicas) por la aparición de nuevas patologías, lesiones, síntomas, empeoramiento de las ya existentes o recaída. Esto lleva a la trabajadora a la pérdida constante de parte de su salario por sus problemas de salud y  a medio plazo la condena al despido ya que el mercado laboral no protege a dichas trabajadoras.

Por otro lado sufren el copago farmacéutico, con el que éstas mujeres ven incrementado enormemente sus gastos en medicaciones y productos sanitarios que se han quedado fuera de la cartilla de la Seguridad Social, debido al RD 16/2012.

La discriminación de trato hay que señalarlo en función de la CCAA pues según en la que se viva será un agravante ya que no todos los centros sanitarios  cuentan con un acceso equitativo e integral en todos los casos. Esto se traduce en problemáticas tales como no poder acceder a unidades de referencia  especializadas, terapias, tratamientos, medicamentos, etc.

Para ello es necesario la actualización de baremos y clasificaciones de determinadas enfermedades y lesiones que, según las recientes investigaciones, tienen un claro componente crónico y/o irreversible. Donde el informe de síntesis, se apoye en hechos objetivos y probados (diagnósticos, pruebas, tratamientos, efectos adversos…), y donde el “dolor” sea baremable.

La formación de equipos multidisciplinares supondrá un avance en dos vertientes: de un lado, la atención integral de las pacientes crónicas será una realidad y con ello una mejor atención y por otro, supondrá un gran ahorro para el propio Sistema de Sanidad y farmacéutico.

No podemos permitir que un número tan elevado de población femenina se vea invalidada para desempeñar un trabajo remunerado. Esta situación no solamente la sufren ellas mimas sino también los menores bajo su tutela y familiares a su cargo.

Ante el abandono de las instituciones que  las deja en una situación de exclusión social, exigimos la aprobación de la Ley de Cronicidad.

 


Artículos de la serie «La pobreza tiene cara de mujer»:

La pobreza tiene cara de mujer: La desigualdad en el Mercado Laboral

La pobreza tiene cara de mujer: Las tareas domésticas

La pobreza tiene cara de mujer: Servicio doméstico

La pobreza tiene cara de mujer: Impacto de la Brecha sobre la protección social

La pobreza tiene cara de mujer: La violencia patriarcal en la sociedad

La pobreza tiene cara de mujer: Prestación de Viudedad, pensión a favor de familiares y prestaciones no contributivas

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