La seguridad democrática, según se desprende de sus anuncios y resultados de su ejecución y de su legado al que se retornó con el programa de paz con legalidad, estableció una política basada en el odio de clase, como cimiento que privilegia las salidas de fuerza sobre la razón y el dialogo. El plan de la seguridad para el mediano plazo era consolidar la formación del Reich, siguiendo la lógica de que la seguridad era de todos y necesitaba de todos, cada uno/a un/a soldado de la patria en construcción. Para alcanzar este propósito su arquitectura tenía en la parte periférica una estrategia de fortalecimiento de la fuerza pública con la misión de ejercer toda su capacidad y formas de lucha para recuperar el control del territorio, proteger la infraestructura nacional y desarticular la producción y tráfico de drogas ilícitas y en el centro, en su núcleo una idolología de estado comunitario nacionalista, orientado al control total de todos los mecanismos, herramientas y dispositivos del poder dando un manipulado protagonismo a unas masas leales a su líder, no al partido. 

           Las
palabras de agosto de su líder, ante la comisión de la verdad, son el
eco de un discurso negacionista, que mantiene
firme su lógica de que las víctimas son las únicas responsables de su
propia tragedia. Todo al revés, soldados que traicionan a su líder y
sangre de inocentes para mantener la patria a salvo. Como en el programa
de solución final de exterminio nazi, la política
de odio de clase se metió estratégicamente en la órbita de la política,
lo económico, lo judicial, lo científico, lo pedagógico, lo personal.
Si nada queda al margen de la política nada puede escapar a la mirada
del poder. De esta manera todas las cosas se
tornan públicas y son intervenidas por el estado, que de esa manera
puede imponer decisiones y usar el terror y la mentira como instrumentos
fundamentales, apoyados por una visión del control como seguridad y los
derechos como privilegios a limitar. 

         La
orden de eliminación de cualquier interferencia fue anunciada con la
fórmula de que “la seguridad democrática trasciende
el concepto de seguridad nacional, ligado exclusivamente a la capacidad
del estado para penalizar y disuadir”, es decir quedaba habilitado el
todo vale para todo, sobre
las
guerrillas y quienes fueran marcados con la estrella azul de ser apoyo o
sostén de estas. Los medios y por todos los medios se replicó el
mensaje de que todo mal de la patria provenía
de las guerrillas, como fuente de contagio interesados en destruirlo
todo, la economía, la política, la convivencia, la paz y por tanto el
incuestionable objetivo común en bien de la patria era arrasarla.

        No
cabía entonces opción alguna para tratar con ella, y la sola idea de
conversaciones era vista como una derrota
letal a la fuerza pública y a la política de odio. De ahí la negativa a
respetar el acuerdo de paz, reconocer sus mecanismos e instancias
constitucionales, irrefutables, inobjetables y de obligatorio
cumplimiento para el gobierno y el partido en el poder y
para quienes en democracia sin maquinarias de guerra habitan el país.
La voz de su líder sigue trazando el destino, omite acatar la
constitución, mantiene la misma política de seguridad con ajustes al
acomodo de las elites y la afianza con el llamado a depositar
la fe y confianza en el líder, que todavía recibe el favor y fervor de
grandes masas de esa misma población excluida y marginada declarada su
enemiga, convertida miles de veces en su víctima, pero que
inexplicablemente se niega a abandonar su lealtad asociada
a fanatismo.

      
El odio conduce la política clasista, basta oír los anuncios para
combatir el socialismo o erradicar el comunismo,
como ocurría cuando se invocaba a lapidar mujeres por el riesgo
comunista que representaban si iban a las urnas o a decapitar liberales
por ateos o simplemente a linchar enemigos por haber sido declarados así
por los victimarios. Los asesinatos en secuencia
genocida, las masacres, desapariciones, destierros, ejecuciones
extrajudiciales, de ayer y de hoy, son el efecto de esa política basada
en el odio de clase. Los medios mantienen el control de lo que las masas
leen, oyen y ven, la propaganda del partido en
el poder define la matriz diaria de las comunicaciones y extiende la
idea de que “el otro”, “lo otro”, es el enemigo. Para no ser marcado,
tampoco basta estar con el gobierno, hay que demostrárselo, como debían
hacerlo los jóvenes nazis, los demás son señalados
de traidores y se aplica y replica la negación de la causa y del nuevo
sujeto social y político, el adversario, el obrero, el campesino, el
indígena, el estudiante, el joven que reclama, el que disiente y
controvierte. Todos ellos para las élites no cuentan,
sin son pobres peor aún. Cualquiera es el potencial enemigo difuso, a
silenciar, callar, vetar, eliminar. De la seguridad democrática nadie ha
quedado a salvo, nadie ha salido ileso, de ahí nace el espíritu rebelde
de las gentes en las calles, llamando a cambiarlo
todo a consolidar una idea fuerza de dignidad, que irrumpió de entre
carencias y negaciones, de verdades a medias, manipulación mediática y
desesperanza, que no encuentra sitio social, ni instituciones para
reconocer y reconocerse. Hay en marcha un sujeto
social, contrario al del partido en el poder, que lucha contra el odio,
el egoísmo, la arrogancia, el desencanto, el inmovilismo, la
indiferencia, el individualismo, la competencia y el éxito personal sin
límites, sin ética, sin reparo moral siquiera.

       El
líder, fue a la comisión de la verdad, no ha decirla, invocarla o
guardarle respeto por la significación
que tiene para el país. No fue a dar las explicaciones esperadas sobre
los 6402 ejecutados extrajudicialmente, si no a justificar que fue
traicionado por soldados, a indicar que su política está vigente y que
no es cierto que el país permanezca al borde del
abismo sin retorno casi convertido en paria,  ni que sea un error
mortal defender que el fin justifica los medios y que la violencia
ejercida por el estado aunque asociada a la lesa humanidad, es por el
bien de la patria, a semejanza de quien impunemente cree
que un humano puede equivaler a la misma lógica con la que se anuncia
que “la madera justifica la muerte del árbol y la mesa la destrucción de
la madera”.

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