Mario Rodríguez Ibáñez

Las redes de cuidado son campos relaciones de reciprocidad que permiten la regeneración de la vida desde la corresponsabilidad. Se tejen entre seres humanos, pero también de éstos con la naturaleza en sus diferentes formas de vida, con la ancestralidad y con lo que se puede denominar lo sagrado.

Estas formas de convivencia están siendo erosionadas en el mundo hegemónico contemporáneo, y sin embargo al mismo tiempo se regeneran redes amparo, de comunidad en diversas experiencias. Son una búsqueda y un campo posible de resistencias y re-existencias. Por ello en el presente capítulo conversamos un poco sobre estas redes de cuidado y su relación con los bienes comunes y la gestión de lo público.

Aquí el video con el audio de este artículo completo:

  1. LA COMPARTIMENTACIÓN DE LOS CUIDADOS Y EL INDIVIDUALISMO

Muchas veces, cuando se habla de cuidado compartido, de las relaciones de amparo, la idea es que la falta de condiciones es un factor clave para el trabajo colectivo. Es para sobrevivir, para garantizar condiciones de reproducción de la vida, que muchas personas unen esfuerzos y actúan de manera conjunta. Un ejemplo concreto en las ciudades, son las ocupaciones de sin techo, que, frente a la precariedad de la ausencia de vivienda y de servicios básicos, se organizan colectivamente, con lazos comunitarios que mantienen niveles mínimos de cuidado y de amparo.

También existe la percepción de que tales lazos se van disolviendo en la medida en que los problemas de supervivencia son resueltos, cuando cada individuo o familia alcanza un cierto grado de comodidad y confort en la vida diaria. Pasado el peor aprieto, la tendencia es la búsqueda de más autonomía, que las resoluciones pasen a ser más individuales y no más comunitarias. La fragilización de las redes de cuidado a partir del ascenso económico y del acceso a mejores condiciones de vida es una posibilidad real.

Al mismo tiempo, es parte de la naturaleza humana buscar lugares de agregación. Aunque yo conquiste la resolución de mis necesidades básicas como la vivienda y no necesite más de los demás para la reproducción diaria de mi vida, todavía es normal que busqué espacios de encuentro. Y muchos de esos espacios están vinculados a un sentido compartido de la vida: al campo de la fe, de la política, de la ideología; es decir, al campo de las creencias. Por eso, cuando se disuelven los lazos comunitarios más fuertes, otras estructuras, como las iglesias, los partidos, los sindicatos, pueden asumir la articulación del colectivo y del sentido de la vida.

Por un lado, existe la búsqueda por la autonomía, la independencia, o lo que también podría ser llamado de libertad; el deseo de existir como sujeto singular. Por otro lado, sin embargo, está la necesidad del encuentro colectivo, de la agregación y del compartir. El encuentro entre estos dos anhelos está en el campo de las tensiones a veces complementarias, a veces tensas, de nuestra configuración subjetiva como sujetos, como personas.

En una comunidad esa tensión entre los espacios colectivos y los espacios singulares existe, pero se resuelve a medida en que cada miembro cede parte de su autonomía en pro del bien común. La defensa del bien común es el lugar privilegiado para la resolución de problemas, el lugar límite en la resolución de tensiones entre independencias frente a los procesos colectivos.

En la construcción de la modernidad, la situación es diferente. Uno de sus fundamentos es la separación de las esferas de la vida, el distanciamiento del mundo del trabajo y de las relaciones económicas de los demás aspectos como la espiritualidad, los valores, el ocio, la estética y la acción política; todas estas dimensiones acaban compartimentadas. Todo comienza a convertirse en esfera autónoma, y se pierde la integralidad de la vida. Los lazos articuladores de la vivencia colectiva terminan rotos.

Sin mecanismos de convivencia o costumbres para la resolución de cuestiones comunes, se radicalizan las salidas individuales que, a su vez, necesitan ser reguladas. Una sociedad formada por individuos aislados, ciudadanos y ciudadanas, o en la terminología del neoliberalismo, consumidores y consumidoras, necesita normas y leyes que regulen la convivencia.

En las sociedades modernas, para que el individuo encuentre cuidado, amparo y protección, es necesaria la institucionalización por medio de normas, que suplanta las relaciones de convivencia. En el neoliberalismo, tal modelo se radicaliza fundamentado en «metrópolis de consumo» y vida acelerada. Los espacios colectivos y las redes de cuidado se disuelven, dando lugar a la normativa de la institucionalidad. Las sociedades comienzan a abandonar el cuidado colectivo de la comunidad para pasarlo a instituciones que siguen una regulación legislada, tales como las guarderías, los centros educativos, los hospitales y sus enfermos encerrados, los manicomios y sus habitantes aislados, lo que acaba erosionando las relaciones y los vínculos de responsabilidad.

  1. LAS CIUDADES COMO ESPACIO DE CONSUMO (Y MIEDO)

Un elemento importante que impulsó el proceso de desarrollo neoliberal tiene que ver con el fenómeno de las multitudes. El fenómeno de las multitudes y la creencia en vínculos masivos por medio del consumo son elementos determinantes en la formación del sujeto neoliberal. El fanatismo en el fútbol es un buen ejemplo para comprender esta cuestión: el consumo de banderas, colores y símbolos de un equipo generan la sensación de pertenencia a una multitud masificada. Ser parte de la hinchada, sin embargo, no lleva necesariamente al establecimiento de relaciones de cuidado. Pueden ocurrir vínculos durante el ritual del fútbol, en medio de la hinchada y los cánticos, pero, normalmente, fuera de ese momento, no queda ninguna relación de cuidado.

Lo mismo ocurre en espacios de culturas juveniles urbanas, como los espectáculos con sus rituales colectivos. Son celebraciones muy fuertes e identificadoras de consumo, que permiten la formación de grupos con afinidades. Son personas que comparten los mismos gustos, pero que, la mayoría de las veces, no crean una vida comunitaria. Este consumo en multitud en un mismo espacio compartido es característico del neoliberalismo y tiene limitaciones.

Pero estar junto a mucha gente no conectada, en ambientes llenos y al mismo tiempo fragmentados, puede generar sensación de soledad y abandono. El vacío acelera la necesidad de consumo, porque, al final, comprar termina siendo la principal – sino la única – forma de identificación con el otro. Se trata de una pertenencia muy volátil. La falta de enraizamiento en un territorio y de lazos más fuertes con una comunidad exige un seguimiento de los procesos de evolución de la moda, y en el fondo, del consumo.

Junto con la necesidad constante de consumo, viene el miedo a los lugares públicos y la desconfianza hacia el otro. En el imaginario del neoliberalismo, los espacios abiertos son inseguros, es donde ocurren robos y violencias, generando nuevamente esa sensación de vacío y desconfianza de los demás; incluso de los vecinos, compañeros de hinchada o de los que comparten el centro comercial. Y eso a su vez genera una sensación de desamparo, de soledad e imposibilidad de establecer vínculos.

La construcción de una subjetividad basada en el miedo es un elemento central de la estrategia neoliberal, ya que la desconfianza produce la desvinculación y la desarticulación de las redes de cuidado y amparo. Si alguien necesita resolver un asunto y quiere dejar a sus hijos con una vecina, con el dueño de la tienda del lado, pedir que el vecino que está trabajando del otro lado de la calle tenga a cargo el cuidado de los niños y niñas, necesita un mínimo de conexión y confianza. Producir la sensación de miedo es una estrategia del capitalismo y del neoliberalismo, porque cuanto más sólo el individuo, más crece la sensación de desamparo e inseguridad.

En consecuencia, cuanto más inseguros somos, más consumimos. En las ciudades, cambiamos el parque público por el centro comercial, buscamos locales pagados que nos dan la sensación de protección, invertimos más en sistemas de seguridad y vigilancia. Este proceso lleva a una aceleración de la privatización de los espacios públicos, por un lado, y por otro impone a la familia moderna una nueva dinámica. Los núcleos se vuelven cada vez más individualizados, cada vez más distantes de la responsabilidad compartida en la crianza de niños. Aumenta la búsqueda de actividades pagadas, privadas, que ocupan el tiempo de los hijos y proporcionan algún tipo de formación, pero se aumenta la presión que disuelve los lazos comunitarios y las redes de corresponsabilidad y cuidado, el capital asume y controla la vida.

  1. ¿PÚBLICO O ESTATAL?

Otro aspecto a considerar en el sistema actual, es la presencia del Estado en territorios donde antes no llegaba. Las políticas públicas de los llamados gobiernos progresistas -pero también de los gobiernos de derecha en el continente- fueron marcadas por una tendencia creciente de cuidado y protección estatal. Las áreas antes aisladas recibieron agua, luz, carreteras, entre otras mejoras. El punto a ser discutido no es la calidad de tales servicios, sino la democratización del acceso, que llevó a un aumento del nivel de vida de una parte considerable de la población.

Esto fortaleció el proceso de institucionalización de las relaciones entre ciudadanas y ciudadanos con el Estado, principalmente en los centros urbanos. Por supuesto que hay representación de la sociedad civil organizada, pero en ese nuevo orden son los sujetos individuales que fundamentalmente negocian sus derechos, sin intermediación, directamente con el Estado. En ese sentido, cada vez menos es necesaria la comunidad para el ejercicio de ciudadanía.

El Estado potencia, por esta vía, dos elementos centrales: el monopolio de las decisiones sobre lo público, y el entendimiento de la población de que sus representantes son los que fueron elegidos para gobernar. Los niveles de decisión acaban concentrados en manos de pocas personas, y las negociaciones con la institucionalidad pasan a tener carácter básicamente burocrático. El Estado asume la posición de encargado por el bienestar general, es un Estado padrino, proveedor, que, como responsable del cuidado, es quien supuestamente mejor entiende cómo implementar políticas para el territorio administrado. Asume así el monopolio de las decisiones.

En resumen, en la subjetividad neoliberal las sociedades se volvieron más individualistas, solitarias y desamparadas, a pesar de generar al mismo tiempo el consumo masivo en multitudes. La institucionalización creciente concentró en la ciudadanía -el ciudadano y la ciudadana como sujetos individuales-, la posibilidad de resolver problemas por medio de la relación con un Estado que centraliza decisiones y monopoliza el cuidado. En función de ello, buena parte de las formas y modos de vida comunitarios de nuestra región se erosionó de manera acelerada.

  1. LAS REDES DE CUIDADO

La lógica del mercado neoliberal y la lógica del Estado proveedor, que monopoliza la gestión de lo público, se han convertido en tendencias hegemónicas, pero no por ello han logrado dominar el conjunto completo de las dimensiones de la vida. Hay aspectos que escapan del mercado, del Estado, de la institucionalidad, y requieren el encuentro comunitario y de vínculos.

En momentos de precariedad, en la lucha por la tierra, por alimentos, por un techo, cuando ni el mercado ni el Estado proveen medios de vida y supervivencia, las personas se juntan para resolver problemas de manera articulada, compartida; a veces en situación conflictiva, pero a pesar de ello, es la búsqueda de un lugar de amparo y protección.

Así como en situaciones de precariedad, también hay otros espacios de articulación, como partidos y sindicatos, las iglesias o incluso el crimen organizado y sus ramificaciones. Una red de cuidado, sin embargo, tiene una lógica diferente. Las redes del crimen organizado, por ejemplo, protegen a los suyos, ayudan financieramente cuando es necesario, logran trabajo, cuidan a la familia, etc., pero así garantizan el monopolio centralizador de quien cuida. Esta centralidad del poder donante o cuidador también ocurre en las iglesias, en la figura del pastor, que tiene el poder simbólico de la iglesia y los recursos para distribuir la ayuda a los fieles. Estas relaciones, donde hay una figura superior que gestiona el cuidado, crean lazos de dependencia. Son lazos de sujeción y fidelidad que terminan subordinando a quien recibe a favor de quien da. Esta lógica puede aplicarse a las bandas criminales, a la Iglesia evangélica o católica, al Estado, al mercado o a un líder. En sociedades desarraigadas y profundamente erosionadas, estos espacios generan experiencias, aunque pequeñas, de comunidad.

Las experiencias de comunidad tienen una triple dimensión cuando se trata de redes de cuidado:

  • El primer elemento es que muchos lazos de comunidad se basan en el origen común de las personas. Somos negros, o indígenas, o mujeres, o jóvenes, somos de un mismo barrio, de una misma aldea, de un mismo territorio. La territorialidad puede ser un aspecto importante, incluso fundamental en la configuración de la comunidad. Esta territorialidad, en el mundo contemporáneo, también puede ser «virtual». Existen comunidades que no ocurren sólo en territorio físico, que pueden ser buscadas, como las de grupos de whatsapp. Claro que quien tiene como referencia un territorio físico, como una aldea o un barrio, vive en su cotidiano la pertenencia a tal lugar. En este caso, los vínculos relacionados a un origen común son también mucho más fuertes. Ya en los campos virtuales, tales lazos pueden ser más frágiles; incluso pueden llevar a una persona a modificarse a sí misma para poder formar parte de una “comunidad virtual”, causando un tipo de desarraigo.
  • Segundo elemento: la comunidad, para ir configurándose, necesita la construcción de una subjetividad, de afectividades y encuentros de cariño. Este vínculo se va solidificando en la medida en que los sujetos que se encuentran pasan a sentirse parte unos de otros. Es decir, cada uno de los participantes es importante para la existencia de los demás en este campo comunitario. Surge una noción o sentimiento clave para las redes de cuidado, que es la de incompletud. Todos los sujetos son totales, viven la totalidad de sus vidas, pero en su totalidad tienen campos incompletos, necesitan de otros y viceversa.
  • El tercer elemento es que la comunidad, además del capital dominador y del Estado proveedor y vertical, tiene que generar respuestas prácticas y funcionales para la reproducción de la vida. Esto en diferentes ámbitos: de la seguridad, de la alimentación, de los saberes, de la cultura, del ocio, de la salud. En la medida en que las respuestas se concretan, es posible vivenciar el sentido de las redes de cuidado como agregador de un todo, de la integralidad de la vida.

Cuando hablamos de redes de cuidado, por lo tanto, hablamos de las relaciones entre los seres humanos, pero también de éstos con su territorio y con la naturaleza, lo que proporciona un confort y bienestar bien diverso de aquel del consumo. Más allá, el vínculo con el territorio también conecta con lo que podemos llamar lo sagrado y las ancestralidades. La comunidad y sus redes de cuidado remiten a orígenes comunes, un campo histórico común, un campo de saber, un campo discursivo, narrativo, mínimamente común. Esto fortalece los lazos de amparo. Cuando ese vínculo con la ancestralidad es retomado, una memoria que trae al presente lo que fue antes. Se genera un cuidado con esa memoria y ancestralidad, un vincular con el todo.

En esas redes de cuidado que extrapolan las conexiones más allá de las relaciones humanas, aparece el elemento de la previsión, algo muy distinto de la acumulación. En la medida en que el grupo pasa a ser corresponsable por el territorio, su sagrado, su ancestralidad y sentidos de vida, la seguridad para a ser el garantizar que la reproducción de la vida sea posible para todos. Las fiestas, los rituales, el propio fútbol o los cultos religiosos no son más elementos de salvación en la soledad, sino campos de corresponsabilidad y espacio compartido de cuidado. No aniquilamos la naturaleza porque la provisión y el bienestar para mí, mi familia, mi comunidad y nuestros descendientes pasa también por la necesidad de que el territorio en el que nos movemos mantenga las condiciones mínimas de regeneración.

Los elementos de provisión son la base de redes de cuidado colaborativas, que funcionan como red permanente de protección contra amenazas o desequilibrios. Se crean mecanismos que permiten asimilar variaciones, incluso por parte de algún miembro de la propia comunidad o de alguna dimensión de la vida. Para compensar los desequilibrios, existen estrategias que reequilibran. Aquellos beneficiados con las provisiones, los que perdieron algo, quedaron enfermos o pasaron por dificultades, en esta construcción de relaciones comunitarias se comprometen a devolver algo, en una lógica de reciprocidad.

Cuando la lógica comunitaria es potencializada, cuando hay reciprocidad, y la noción de corresponsabilidad es fortalecida, acaba no habiendo una figura única que acumula el lugar del cuidado. El papel de cuidador es de la red y no de una sola persona o grupo de poder.

En el marco de la provisión y de la reciprocidad, las lógicas de redistribución se fortalecen. Si tal organización está constituida a partir de elementos ideológicos o creencias compartidas, una comunidad puede ver en otra la misma incompletud que la existente entre sus integrantes. Es así como surgen articulaciones más amplias en el ámbito de las corresponsabilidades. La necesidad de los colectivos se reproduce externamente, en tendencias cada vez más multiescalares, que permiten constituir más y más lazos y relaciones de cuidado y amparo.

  1. LOS BIENES COMUNES

Es ahí donde las comunidades empiezan a profundizar la discusión y el nivel de decisión sobre los bienes comunes, que pueden ser la calle, la plaza, un campo de fútbol, la manera como organizo la educación de mis hijos, la habitación compartida en un barrio, la administración del barrio, el agua, la energía, los alimentos y su calidad, los ríos, bosques, territorios. Cuando las redes de cuidado comienzan a tener practicidad, funcionalidad en la reproducción de la vida, ellas pasan a organizar la definición colectiva y social sobre lo que es un bien común y también su gestión.

Entre muchas comunidades que desarrollan relaciones de compartir y corresponsabilidad, se percibe la disposición de ceder espacios de la libertad individual al bien colectivo. Esto incluye la naturaleza, las dimensiones de lo sagrado, los espacios de todos y todas, de los ancestros y del que vela por el alma colectiva de la comunidad.

Esto nos lleva a repensar la noción de gestión de lo público. El poder sobre lo público ya no es un poder sólo de la clase política, del gestor político, de ese sector de la sociedad que administra los gobiernos. Lo público deja de ser monopolio centralizado por el Estado -o cuando no está el Estado, por el mercado-, para volver a ser un campo de la comunidad, un campo de la sociedad civil, y en muchos casos, con gestión negociada y compartida con el Estado (y, a veces incluso con las fuerzas del mercado). Es donde la autonomía -incompleta, pero existente- de los sujetos y de la comunidad para negociar, les devuelve una capacidad de gestión de lo público. Lo público ya no se reduce a lo estatal. Lo público vuelve a ser el lugar tenso, complementario, incompleto, de encuentro del Estado con la sociedad y la comunidad.

La comunidad vuelve a gestionar lo público como su lugar básico de reproducción. Sin lo compartido, sin lo común, sin lo público no es posible la comunidad.

Original en: https://losmuros.org/1342/la-regeneracion-de-la-vida-en-comunidad-redes-de-cuidado-bienes-comunes-y-gestion-del-publico-por-mario-rodriguez-ibanez/