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Por Javier Cortines
Jo Cox fue apuñalada y tiroteada por un neonazi en junio de 2016 cuando salía de un acto celebrado en la biblioteca de la localidad de Birstall, en el norte de Inglaterra. Esta mujer, de 41 años, era la estrella emergente del Partido Laborista. El asesino, Thomas Mair, (un jardinero de 52 años “con problemas mentales”) se abalanzó sobre ella al grito de “Gran Bretaña primero”, “Gran Bretaña independiente”.

Los sucesos se produjeron una semana antes del referéndum sobre la permanencia en la Unión Europea, en el que salió victorioso el Brexit.

La diputada Jo Cox, (que tenía dos hijos pequeños) no se cansaba de pedir ayuda humanitaria para las víctimas de la Guerra en Siria y era partidaria -lo mismo que su marido Brendan Cox- de la adhesión del Reino Unido a Europa (decía que hay más cosas que nos unen que las que nos separan).

También ocupaba un cargo directivo en la ONG Oxfam Intermón. Su lucha en defensa de los débiles y los excluidos ha dejado una huella indeleble en el Reino Unido.

La chica de rojo (como la llamaban) hizo, entre otras muchas cosas, una infatigable y conmovedora campaña para combatir la soledad que padecen millones de personas, sobre todo los ancianos y, gracias a sus esfuerzos, se constituyó una Comisión Parlamentaria para estudiar ese problema humanitario que no para de crecer en la sociedad de la “hipercomunicación” y los “contactos masivos y virtuales”.

El legado de Joe -mujeres así cambian el curso de la Historia- no cayó en saco roto. Hace unos días la primera ministra británica Theresa May anunció que se creará, en reconocimiento de su obra, una especie de “Ministerio de la Soledad”, que dependerá de la Secretaría de Cultura, Deporte y Sociedad Civil.

(Escribo esta crónica tras ver un programa de televisión sobre ancianos y ancianas españoles que mueren solos en su casa y nadie se entera de su fallecimiento durante meses, incluso años).

Según la Cruz Roja, en el Reino Unido la soledad afecta a unos nueve millones de personas, de los cuales dos millones tienen 75 años o más. De éstos, unos 200.000 ancianos y ancianas no se comunican con nadie, ni con amigos ni familiares, en periodos que sobrepasan los treinta días.

Que la soledad, ese monstruo invisible, llegue a convertirse en un asunto que merezca de toda la atención política, representa un avance sublime por humanizar, aunque sea un poquito, este mundo que se mueve, desde que se inventó, por los embates de la religión del dinero.

Muchos besos, Jo. Te encuentres donde te encuentres.

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