Aníbal Martín
Candidato al Ayuntamiento de Barcelona y al Parlamento Europeo por Actúa


¿Y si no nos conformamos?

En el inicio, todo era oscuro, un cuarto oscuro gigante y sin normas, Sodoma, donde la palabra natural aún carecía de sentido y el instinto apenas se resentía de los dolores de la razón… Hasta que llegó dios a poner orden. Surgieron varios dioses, de hecho; los principales dioses del mundo (el top 3 del monoteísmo), los dioses totémicos e incluso los más zen y yoguísticos y otras divinidades menores, y todos condenaron la homosexualidad. Al cabo de cierto tiempo, aparecieron también nuevas teorías que se oponían a los dictados de los dioses y, por un instante, cupo la esperanza; sin embargo, también a ellas les desagradaba que las peras se relacionasen con las peras y las manzanas, con las manzanas. De esta forma, nuestra primera batalla tenía un enemigo muy concreto: las deidades homófobas (y sus fervientes adoradores) y también quienes se oponían a ellas; es decir, prácticamente, el mundo entero. En esta primera revolución ―que en muchos territorios aún no ha estallado― tuvimos que definirnos y diferenciarnos frente a los demás para luchar como colectivo por una libertad que nos pertenecía por simple dignidad humana.

Esta fue ―es― la primera lucha y gracias a ella, en la tierra donde piso, salimos, primero, de la cárcel; más tarde, del armario; y después, bastante después, pudimos casarnos y tener hijos y llamarnos matrimonio y fundar una familia. A partir de entonces, con la ley dándonos la razón, la lucha tuvo que enfocarse en proteger nuestra integridad física, en velar por los derechos adquiridos, en demostrar nuestra solvencia intelectual fuera de los campos que nos había asignado el imaginario colectivo: en ser iguales. El activismo derivado de la primera revolución tuvo como fin, por tanto, que nos dejaran vivir en paz, que nos permitieran hacer lo que hacían los demás, que nos dieran las herramientas legales para satisfacer nuestro deseo de ser padres. En esas estamos. Es una tarea ardua que en muchos lugares no se ha emprendido y que aquí, desde luego, no ha terminado; los nuestros son derechos frágiles, aún susceptibles de degradarse, de perderse; y su implementación social no llega todavía a cada rincón del territorio, a cada pueblo, a cada casa ni a cada familia.

En el mundo solo veintisiete países permiten el matrimonio entre personas del mismo sexo, en setenta y uno los homosexuales están perseguidos por la ley y en trece se les puede aplicar la pena de muerte. Una de las últimas incorporaciones a este selecto club de la homofobia de Estado ha sido Brunéi.

Y, sin embargo, la crudeza de nuestra lucha no nos libra del segundo asalto, de la justa revolución que debemos emprender, ahora ya no contra un enemigo exterior, sino contra nosotros mismos; por un lado, como meros miembros de la sociedad que han de evolucionar y, por otro, como colectivo que ha patentado sus propias fobias e ismos. Por si no se entiende, ser gay no nos libra de ser machistas ―porque la herencia patriarcal no se anula  con la orientación sexual― ni tampoco de ser homófobos (¿acaso no hay mujeres machistas?). ¿Nos cuestionaremos algún día la implicación de la pregunta eres activo o pasivo? ¿Dejaremos de una vez por todas de considerar la bisexualidad como un estado de transición hacia la homosexualidad pura? ¿Alzaremos la voz con contundencia contra la plumofobia y la consideraremos otro modo más de misoginia, de odio a lo femenino; o, mejor dicho, de aversión a los rasgos de comportamiento que se asocian tradicionalmente a las mujeres? ¿Seguiremos queriendo comprar niños, alquilando el cuerpo de la mujer para satisfacer el deseo de ser padres? Macho alfa, para estar con un chico con pluma estoy con una mujer, a mí me gustan los hombres-hombres, ¿versátil?, qué va, seguro que es una pasivorra, ¿nos vamos a por un niño a Ucrania o sabes de algún sitio más barato?

 

No nos conformemos.

Ahora que podemos fundar una familia, gritemos que el núcleo de la sociedad es el individuo y no la familia, y que desde luego la familia no tiene por qué ser una construcción sentimental-sexual monógama. Cuando argumentan que cómo va a prosperar una relación de tres si una de dos ya es difícil, cuando lo tachan de utopía, me imagino a dos gays en el siglo XIX esforzándose por concebir una boda homosexual y desterrando la idea por quimérica. Acompañemos la revolución sexual de su equivalente emocional y visibilicemos los nuevos modelos de familia.

Ahora que podemos cuidar al cachorro si el instinto paternal aprieta, adoptemos y digamos alto y claro que el vientre de alquiler es la mercantilización y precarización del cuerpo de la mujer, y que atenta contra su salud y dignidad.

Ahora que podemos ser iguales por ley, no nos detengamos y sigamos cultivando la igualdad sin recluirnos en nuestros guetos, aunque nos parezcan preciosos ―aunque la purpurina nos deslumbre― y sean el lugar más divertido para salir de fiesta. ¿Nos resignaremos a tener nuestros hoteles gay friendly, nuestros resorts y nuestras playas o lucharemos porque deje de ser necesaria la diferenciación? ¿Trataremos de que los besos gays ocupen el porcentaje correspondiente en los baños de las discotecas destinadas al público general? Seamos valientes de nuevo y en vez de quedarnos rezagados lamiéndonos las heridas y olvidando la batalla, finalicemos la lucha primigenia y abanderemos la segunda revolución. Volvamos a la vanguardia del progreso. Tiremos hacia adelante de la sociedad y echemos una mano a quien nos necesite, especialmente a las mujeres, que tanto hicieron por nosotros. Y, por último, como petición personal: no ayudemos a esos dioses que tantas zancadillas nos pusieron.


Aníbal Martín
Candidato al Ayuntamiento de Barcelona y al Parlamento Europeo por Actúa

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