Cynthia Duque Ordoñez

Las imágenes de la turba enfurecida entrando al Capitolio han dado la vuelta al mundo, se les ha tachado de fanáticos enloquecidos que no aceptan un resultado electoral, capaces de tomar desprevenida a la policía y a los servicios secretos. Una de tantas “movilizaciones ciudadanas” que arrasaron gobiernos bajo el embrujo norteamericano o que al menos lo intentaron en Caracas, Hong Kong, Bagdad, Kiev o Damasco.

Primero: ¿Quiénes eran los manifestantes?

La mayoría de los medios de comunicación han puesto el acento en aquellos que se fotografiaban con la policía del Capitolio, los disfrazados de superhéroes o los que vestían ropas de piel emulando a los primigenios inmigrantes que arraigaron en la tierra de los bisontes y que acabaron luchando por la independencia de EE.UU, a los que algunos analistas llaman los del “3%”, en alusión a la cifra impulsora de la Guerra de Independencia. Empero, no sólo muchos de ellos pertenecían a la Asociación de amigos del rifle, también eran veteranos de guerra que habían estado destinados en Afganistán, Irak y Kuwait, como era el caso de la fallecida (Ashli Babbitt) por disparo de arma de fuego, a manos de un guardaespaldas en el Capitolio, a pesar de estar rodeada de policía junto con otros manifestantes.  Ella como la mayoría de los asistentes se consideran patriotas y libertarios, es decir, proceden de la facción más dura del capitalismo industrial que propugna la vuelta del músculo productor norteamericano y la retirada del escenario internacional (autarquía). Son los propios militares los que dan la espalda a lo que su país venía haciendo a través de sus manos en el extranjero.

Segundo: ¿Cómo consiguieron entrar?

A pesar de la paradoja la policía permitió su entrada, el ejército, llamado para sostener y sofocar a los manifestantes, no acudió y la CIA no se anticipó. El mejor servicio de espionaje del mundo que sabe qué ocurre en una cueva perdida de Afganistán no lee las cuentas públicas en Facebook y Twitter de los miembros de un movimiento ultraliberal que se organiza y capta adeptos a través de redes sociales durante meses.

Recordemos que son los mismos servicios secretos que no bloquearon la emisión de los emails que vinculan a Hillary Clinton con una red de poderosos dedicada a la violación de niños ni tampoco las imágenes y mensajes que un grupo de hackers Anonymous consiguieron encontrar y publicar que vincularían a Biden con redes de pedofilia. Justo además hace menos de un año se suicida en una cárcel de máxima seguridad Epstein, quién creó una red de tráfico y abuso de menores en las Islas Vírgenes para saciar el placer de grandes políticos norteamericanos como Bill Clinton o Donald Trump y de nobles europeos como el príncipe Andrés en orgias con niñas inmigrantes, que apenas hablaban inglés o procedentes de familias desestructuradas, de edades comprendidas entre los 11 y los 15 años, captadas en la puerta de los colegios. La investigación del FBI para gran alegría de los violadores ha sido detenida en la “tierra de la libertad” con la muerte del proxeneta.

¿Acaso los servicios secretos tratan de favorecer la autarquía libertaria? Quizás conocedores de que son de más importancia los militares en su país en caso de ser necesitados que en el extranjero en guerras que nacen sin vida pues el Dragón y el Oso del Cáucaso ya han ocupados las casillas ganadoras.

Tercero: ¿Qué significado tiene y cómo afectará al futuro de EE.UU y del resto del mundo?

Los principales canales de información se encuentran en manos de Mark Zuckerberg conformando un monopolio del que todos nosotros, sin quererlo, somos el producto. El producto se caracteriza por ser transformado para su posterior introducción en el mercado y empleo por parte del consumidor final con la finalidad de satisfacer sus necesidades. En la red nuestra mente recibe el influjo de la información a la que tiene acceso, para a partir de ella generar un pensamiento que se plasme en nuestra actitud, es decir, pasando de lo inmaterial a lo material, por ejemplo votando a uno u otro partido o apoyando o no una guerra en un país extranjero.  De ahí la importancia de haber suspendido las cuentas de Donald Trump, poniendo en serio riesgo la libertad de expresión, pues si han sido capaces de censurar a un presidente de EE.UU, que no harán con un ciudadano corriente que no sigue la opinión hegemónica.

Podríamos decir que existen una gran cantidad de fuentes de información en la red, sin embargo, las principales responden al mismo amo, quien tiene intereses económicos y políticos más que evidentes o de lo contrario nuestros datos no serían vendidos a todos los gobiernos dispuestos a pagar por ellos. Además las fuentes alternativas necesitan de un posicionamiento que les otorga los buscadores, en manos de nuevo del monopolista, y sus fuentes, a pesar de ser más amplias, emanan de la misma red en la que todos nos movemos con la diferencia que saben buscar a los pensadores críticos.

El sector de las tecnologías de la información se incluye dentro del capitalismo financiero, por su importancia para el juego de divisas, inversiones bursátiles, emisiones de deuda, precio de los recursos energéticos esenciales para la vida moderna, etc., y se contrapone al antiguo capitalismo industrial, que, como su nombre indica, se nutre de las fábricas levantadas en el propio país en el cual revierten sus beneficios.

En la actualidad presenciamos la guerra ideológica y económica entre dos facciones de un mismo monstruo, entre el nuevo y el antiguo capitalismo, entre la deslocalización y la autarquía nacionalista.

En el juego de poder se han sumado otros intereses, tales como el sector armamentístico, de gran importancia en EE.UU, ya que de cada crisis económica EE.UU. resurgía mediante una nueva invasión y expolio de un país rico en recursos. La guerra no solamente favorece al país que la provoca -directamente, al hacerse con recursos escasos o indirectamente, posicionando a líderes marioneta que permitan negocios leoninos a través de los cuales el Estado invasor consiga apropiarse de los recursos del país sin levantar sospechas internacionales como ocurría con el gas iraní, afgano o ucraniano o el petróleo iraquí- también es el caldo de cultivo en el que proliferan señores de la guerra especializados en el narcotráfico, tráfico de niñas con fines de explotación sexual, esclavitud doméstica y sexual o tráfico de órganos, cuya demanda siempre está en aumento constante y acelerado exponencialmente.

Este sector ha controlado la Casa Blanca en el último siglo, utilizando a cada presidente como legitimador de los intereses del capitalismo financiero, mientras EE.UU. perdía músculo industrial. Así los que ahora hablan de terrorismo cuando su pueblo entra en el Capitolio llamaban revolucionarios pacíficos a los talibanes y Al Qaeda (Bush) o a los insurgentes yihadistas libios (Obama, Hillary Clinton o Biden).

El asalto al Capitolio por exmilitares descontentos no ha sido orquestado por fanáticos ni se quedará en una anécdota, detrás hay grandes grupos de presión con intereses contrapuestos que tienen las herramientas para dividir y movilizar las masas en su provecho, en uno y otro bando. Ni Trump ni Biden piensan ni un segundo al día en el bienestar de los seres humanos que conformamos la clase obrera. Biden no es un hombre sin pasado, como vicepresidente desde 2009 a 2017 ha ordenado bombardeos de población civil en Siria, Irak o Yemen. También se reunió con grupos nazis ucranianos, quiénes contrataron a su hijo, Hunter Biden, en la compañía ucraniana de gas Burisma -hoy bajo investigación federal- antes de que casualmente éstos comenzarán una “revolución pacífica” que sumió a Ucrania en la guerra civil y acabó con la independencia de varias de sus regiones.

La polarización que divide a la clase obra no es nueva, ni tampoco exclusivamente occidental, es la herramienta del poder para crear confrontación entre iguales, para culparnos de nuestras miserias mientras los dueños del capital siguen explotando nuestra fuerza de trabajo y apropiándose de nuestra plusvalía. No hay vencedores entre la clase obrera en las elecciones norteamericanas, todos nosotros perdemos, perdemos porque no vemos la lucha de poder en el mismo poder, en la cual nosotros somos sus peones, peones renunciables e intercambiables sin cara ni identidad.  No obstante, en cierta forma, de la pugna entre el capitalismo industrial y el financiero, hay beneficiarios momentáneos y son las masas de aquellos países a los que EE.UU no tiene tiempo ni dinero de invadir.

La mejor arma para comprender la partida es la memoria, la memoria nos recuerda nuestro lugar en el tablero, como peones sí, pero que pueden, organizados y unidos, comerse al Rey.

Los acontecimientos de los próximos meses nos revelaran la partida que empezó en el mismo momento que el músculo fabril norteamericano menguó, dando comienzo el saqueo internacional gracias a una mayúscula y constante emisión de deuda que empobreció a su pueblo y los situó en manos de su acreedor-enemigo (China).

¿Quién moverá la siguiente ficha?