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El pasado 18 de abril, 12 de los clubes de fútbol más poderosos de Europa anunciaban mediante un comunicado lo que desde hacía tiempo se venía gestando: la conformación de la nueva “Superliga Europea”.

El fútbol y sus orígenes

El fútbol, ese deporte que cautiva a las masas y que nos acompaña desde hace siglos, hace tiempo que pasó de ser una pasión de much@s a un  negocio de unos pocos. En sus orígenes el fútbol empezó a practicarse de forma amateur y en cada lugar tenía sus propias reglas. La gente se divertía al practicarlo y otros se divertían viéndolo. Es en Londres en el año 1863 cuando las reglas del fútbol se unifican y se crea “The football association”. En 1871 se crea la FA Cup y se empiezan a cobrar las entradas para poder asistir a los encuentros. A partir de ahí los futbolistas comienzan a recibir ofertas económicas para jugar en cada club. En 1904 se crea la FIFA y en 1930 se organiza el primer campeonato mundial de fútbol en Uruguay.

El dinero empezó a circular entorno al fútbol, y para que los futbolistas se dedicaran de manera exclusiva debían ser remunerados. A partir de ahí, los clubs debían generar ingresos y éstos vinieron de la mano de la venta de entradas en los estadios. Una buena fuente de ingresos teniendo en cuenta que los estadios albergaban a muchos espectadores. El 30 de julio de 1930, 93.000 espectadores abarrotaban el estadio Centenario de Montevideo para presenciar la final del primer Mundial de fútbol entre las selecciones de Argentina y Uruguay.

Del fútbol amateur a convertirse en una gran industria

Desde hace tiempo en algunos estadios se han hecho visibles algunas pancartas que ponen en entredicho el fútbol actual y todo aquello que lo rodea: “Odio eterno al fútbol moderno”. ¿Y qué es el fútbol moderno? El fútbol moderno es todo un cúmulo de circunstancias que, en la mayoría de casos, conducen a que much@s hinchas se sientan frustrados con el trato que reciben por parte de unos (Tebas y compañía) y otros (aquellos directivos que han impregnado de un negro oscuro el futuro de numerosos equipos). La Ley Bosman, la permisión de que grandes millonarios como Roman Abramovich y jeques árabes se hayan adueñado de los clubes, las grandes diferencias en el reparto de los contratos televisivos, entre otras cuestiones, fueron dejando por fuera a la opinión de l@s soci@s y decretaron los primeros pasos de lo que sucede hoy en día.

El fútbol se convirtió en el deporte más popular del mundo, y en esto el avance de la tecnología fue clave. El papel de la televisión llevando los grandes campeonatos del estadio al sillón de cada casa fue un enorme salto que transformó la industria del fútbol. Se pasó de vender miles de entradas a la venta de los derechos de transmisión para miles de millones de personas en el mundo. Si a esto le sumamos el marketing, l@s aficionad@s pasaron de ser meros espectadores a ser vistos como clientes a los cuales se les vende un producto creado por los clubes. Ya no se invierte en jugadores con talento única y exclusivamente con el fin de ganar campeonatos sino que se busca desarrollar la marca del club a través de éstos. Ganar el campeonato no lo es todo, lo importante es conseguir el mayor número de hinchas que paguen por ver los partidos, se hagan soci@s y compren la camiseta del club y todo el merchandising que se mueve a su alrededor. Es decir, el negocio de los clubes de fútbol es el marketing y los derechos televisivos.

La Superliga

Y tratando de dar una nueva vuelta de tuerca más a un negocio que tras la pandemia se ha visto seriamente afectado, doce de los clubes más poderosos de Europa anunciaban mediante un comunicado lo que desde hacía tiempo se venía gestando: la conformación de la nueva “Superliga Europea”. La iniciativa, que llevaba años trabajándose a la sombra de Andrea Agnelli (empresario italiano que desde el año 2010 ocupa el cargo de presidentes de La Juventus) y Florentino Pérez, se concretaba el pasado 18 de abril de manera definitiva y pretendía convertirse en el armazón de una nueva Federación gobernada por sus club fundadores: Milán, Arsenal, Atlético de Madrid, Chelsea, Barcelona, Inter de Milán, Juventus, Liverpool, Manchester City, Manchester United, Real Madrid y Tottenham Hotspur.

El aumento de ingresos y las deudas que estos clubes acumulan son las principales razones que explican el interés por esta Superliga. En enero del 2021 se dieron a conocer pasivos que llegan a 1.113 millones en el caso del Barcelona y de 901 para el Real Madrid. El Milan y la Juventus de Italia, por su parte, acumulan deuda por 151,8 y 458,3 millones de euros respectivamente. El Tottenham y el Manchester United se encuentran, también, entre los clubes más endeudados del planeta (933 y 581 millones solamente en la temporada 19/20, período más golpeado por la pandemia). Ni el adinerado fútbol europeo, lleno de cracks y jugadores estelares, escapa a la crisis mundial.

Florentino Pérez, empresario millonario y presidente del Real Madrid, que desde hace tiempo encabeza una lucha interna en el fútbol europeo para sacar una mejor tajada del negocio de la televisión, siempre tuvo en contra de este proyecto nada más ni nada menos que a Gianni Infantino, presidente de la FIFA (ente que dirige el fútbol mundial), y a Aleksander Ceferin, primer mandatario de la UEFA (Confederación europea). El proyecto de Florentino y sus socios trataría de agrupar a los clubes más poderosos en pos de concentrar el grueso de las ganancias. Una iniciativa que alejaría aún más a los clubes grandes de los pequeños en una tendencia que ya opera desde hace 40 años.

Este nuevo formato, de seguir adelante supondría un enorme salto en el proceso de elitización del fútbol europeo y mundial. Desde los inicios de la vieja “Copa de Europa” hasta el formato actual van aumentando las trabas para que los clubes chicos y las Ligas menores puedan abrirse paso en un fútbol que cada vez deja más a las claras la concentración del capital privado. Por ejemplo, en sus inicios, la competición continental incluía a un equipo por país más el campeón del año anterior. Eso permitía que equipos de menor nivel o incluso desconocidos lograran llegar a una final o incluso ser campeones de Europa (el Malmoe de Suecia, el Partizán y el Estrella Roja de Yugoslavia, el Nottingham Forest, Leeds United y el Aston Villa de Inglaterra, el Hamburgo Alemán, el Stade de Remis francés y tantos otros). Hoy todo esto se alejó.

Florentino Pérez un ladrón vestido de “salvador

No es ninguna casualidad que detrás de este proyecto se encuentre Florentino Pérez, el presidente del Real Madrid y uno de los empresarios españoles más importante. Florentino, dirige el grupo de construcción y servicios ACS desde 1997, con una facturación cercana a los 35.000 millones de euros. ACS es una gran constructora que se ha desarrollado y expandido al calor de los contratos urbanísticos otorgados por gobiernos de izquierda y derecha, tejiendo así una red que ha penetrado en cada vez más espacios de mercado en alianza con el poder estatal. También aparece como uno de sus impulsores la gran financiera JP Morgan, asociada a la especulación de todo tipo. Según Forbes la fortuna de Florentino Pérez se calcula en unos 2.300 millones de euros. Bajo la batuta de Florentino Pérez el palco del estadio Santiago Bernabéu se ha convertido en el punto de encuentro donde las élites políticas y económicas del país cierran muchos de sus negocios.

“Vamos a ayudar al fútbol a todos los niveles a ocupar el lugar que le corresponde en el mundo. El fútbol es el único deporte global en el mundo con más de 4.000 millones de seguidores y nuestra responsabilidad como grandes clubes es responder a los deseos de los aficionados”. En realidad, detrás de estas palabras de Florentino lo que está en juego es subir los ingresos (7.000 millones de euros) y concentrarlos. Más de 3.500 quedarían para los clubes más importantes, distribuidos de la siguiente manera: “350 millones de euros para seis clubes, 225 para cuatro, 112,5 para dos y 100 para tres clubes, repartido de acuerdo a un sistema interno no sujeto a la clasificación de cada año” (El País, 19/4). Unas cifras a las que habría que sumar los 4.000 millones en ganancias por televisión cuyo destino estaría por concretar. Por lo tanto, no es una liga para salvar al fútbol sino para ampliar la brecha entre los clubes más poderosos y el resto, sin importarles el impacto que esto pueda generar.

Una respuesta que no se hizo esperar

Las tensiones por el manejo del fútbol no se hicieron esperar. El presidente de La FIFA Gianni Infantino anunció inmediatamente sanciones no solo para los clubes sino también para los jugadores que compiten con sus selecciones. El primer mandatario de la UEFA Aleksander Ceferin se mostró también muy enfadado y declaró sentirse traicionado: “La Superliga es un escupitajo en la cara del fútbol y de nuestra sociedad”.

Otras voces también se hicieron oír como es el caso del actual director general del Bayern Múnich Karl-Heinz Rummenigge que según su opinión considera “que la Superliga no va a solucionar los problemas económicos de los clubes europeos derivados por el coronavirus”.

Boris Johnson, primer ministro británico, fue el más crítico: “Los planes de una Superliga europea serían muy dañinos para el fútbol”. El presidente francés, Emmanuel Macron, se puso del lado de los clubes franceses de rechazar su participación en un proyecto que amenaza el principio de solidaridad y mérito deportivo.

Pancarta que dice en inglés: «seguidores del LFC en contra de la Superliga europea»

Desde hace mucho tiempo venimos asistiendo a cómo a los hinchas del fútbol les están expropiando uno de los divertimentos que tienen el fin de semana tras la extensa jornada laboral que ocupa la mayoría de los días. La respuesta de l@s aficionad@s del Liverpool colgando pancartas en Anfield que decían: “RIP LFC”. En Alemania, poniéndose a la vanguardia de la lucha contra las reformas de la Champions League y una creación de la Superliga. Los hinchas del Manchester City juntando firmas para que el club desista de la participación de esta Superliga. En Italia, donde los grupos de hinchas más duros vienen iniciando campañas desde el año pasado.

Todo parecía que iba bien. Florentino Pérez inflaba el pecho, pero la presión de l@s aficionad@s ingleses, las amenazas a todos los niveles y la retirada de los equipos de la Premier desbarataron finalmente su plan en menos de 48 horas. Pérez, el instigador de esta Superliga sale como el gran perdedor de este proyecto. Sin embargo, no deberíamos descartar que lejos de este fracaso se abra un nuevo escenario para poder negociar con la UEFA y forzarla a que reparta un trozo más grande del pastel entre los equipos Champions.

Capitalismo, fútbol y pueblo

El capitalismo tiende a destruir y arrebatarnos hasta aquello que nos permitió sentir como nuestro en algún momento de nuestras vidas. Esto no significa que el fútbol sea un espacio descontaminado de las lógicas capitalistas. Todo lo contrario: el proyecto de la SuperLiga es simplemente un reflejo más de los procesos de concentración de capital a nivel global y un intento de los clubes más ricos de garantizar sus beneficios tras la crisis del COVID.

Sin embargo, no defender este nuevo modelo, tampoco significa sentir nostalgia del viejo modelo que ha conducido a la actual situación.  Lo sucedido es parte de una disputa feroz entre los grandes clubes europeosy la UEFA por el reparto del jugoso pastel que supone la Champions League. FIFA y UEFA se llenan ahora la boca de solidaridad y acusan de que se quiere romper el fútbol, pero en realidad estos millonarios dirigentes solamente miran por su interés. No buscan el bien del fútbol base ni están preocupados por los clubes más humildes, lo que buscan es aumentar sus ganancias. Y si esto no es así, que nos expliquen por qué la FIFA apuesta ahora por un Mundialito de 32 clubes y la UEFA crea una Nations Cup, y la Conference League, si no es porque apuestan por un mayor número de partidos y más dinero. Aquí hay un doble discurso bastante hipócrita: defiendes el fútbol y la integridad cuando te conviene, pero mientras tanto no paras de crear competiciones y más partidos en el calendario. De hecho, la propuesta de la nueva Champions que plantea la UEFA no deja de ser una Superliga encubierta, pensada para que los grandes ganen más. Para la UEFA l@s aficionad@s importan poco, algo que queda claramente demostrado en cada final de la Champions, donde sólo entregan un diez por ciento de las entradas a los finalistas. ¿Ahí la UEFA piensa en los aficionados? No, está pensando en sus patrocinadores, que se llevan muchísimas más entradas que los equipos que llegan hasta la final.

Volver a los orígenes y recuperar el fútbol para l@s aficionad@s

Que l@s aficionad@s vuelvan a sentir el fútbol más cercano y recuperar ese romanticismo que nunca debió perderse supone apostar con claridad por un modelo que desprivatice los equipos y desmercantilice las competiciones. Una tarea muy complicada pero necesaria que conllevaría limitar los salarios de los futbolistas y limitar los presupuestos de los clubes. Un fútbol en el que los soci@s sean los que decidan y manden: un fútbol que sea de todas las personas que disfrutan de un deporte, que no olvidemos, siempre ha sido vivido y producido por la clase trabajadora.

Puede parecer una utopía, pero en el Estado español están surgiendo a pequeña escala experiencias de clubes de fútbol popular, autogestionados asambleariamente y arraigados en sus barrios y comunidades (Unionistas de Salamanca, Xerez, CD Ourense), o el caso del Independiente de Vallecas “Fútbol popular, carácter de barrio”, que nos muestran que otro fútbol es posible y nos aleje definitivamente de macroeventos criminales como los mundiales de futbol, al servicio de dictaduras y construidos sobre la explotación de l@s trabajador@s, como se ve claramente en todo lo que rodea al mundial de Qatar (con más de 6.500 obreros migrantes muertos en las obras, según The Guardian). No vamos a negar que la deriva que desde hace años el fútbol actual ha tomado parece imparable. Sin embargo, si lo que se quiere es volver a los orígenes y recuperar el fútbol para l@s aficionad@s, eso pasa inexorablemente por recobrar lo que antaño le daba sentido a este deporte:

 trabajar con las canteras, apoyar el futbol base, y vivir y sentir la competición sin otro objetivo que la impagable gloria y emoción de vencer cada domingo.

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Corriente Roja

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