La transversalidad de Podemos fue algo genial

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Por Javier Cortines
En la primavera de 2015, cuando muchos españoles y españolas volvían a tener fe en la política tras varias décadas de decepción bipolar (PP-Psoe) escribí, -para mostrar mi apoyo a la transversalidad de Podemos-, un artículo en El Salmón Contracorriente titulado “La Linterna del califa y las Mil y Una Noches” en el que defendía la incorporación de IU al movimiento del 15-M que, con la perplejidad de la casta, caminaba con pasos de gigante.

Sigo pensando que la transversalidad, tal y como plantearon en su origen los pioneros de la Puerta del Sol, fue un invento tan importante como la rueda. Ese concepto “en boca de los rebeldes” prendió en todos estamentos de la sociedad (independientemente de su color político) ya que había un “hartazgo” general que clamaba al cielo.

Incluso algunos pensaron que ese huracán podría barrer los viejos clichés de la izquierda y la derecha y unir a la gente en torno a un programa común. Así resumió esta idea el gran califa Julio Anguita:

Los que piensan de forma parecida deberían ponerse de acuerdo en cuatro o cinco puntos esenciales para sacar al pueblo de la actual situación de emergencia y dejar lo secundario para más adelante.

De lo contrario-agrego- podríamos acabar atrapados en el eterno retorno del Mito de Sísifo.

Ni todos los simpatizantes de la derecha son malos, ni todos los seguidores de la izquierda son buenos y, viceversa. (Aquí no hablo de los núcleos duros, que eso no lo arregla ni la virgen de Lourdes). Parto de la base de que la mayor parte de los españoles y españolas son buena gente y que muchas veces las ideologías vienen determinadas por “los implantes” que nos hicieron en diferentes etapas de la vida.

Voy más lejos aún, he visto a muchos individuos que se definen como paladines de la izquierda -lo que mola un huevo, sobre todo si va acompañado de bellos discursos- y que luego, en la vida real, actúan con los tics de los tiranos de la extrema derecha. También he conocido a personas señaladas como “azules” que tienen una enorme compasión por los débiles y que -vistos sin prejuicios- cualquiera diría que son hijos o hijas de El Ché.

Humildemente opino que en “la transversalidad” estaba el éxito de Podemos (en un arco que abarca desde Izquierda Unida a la derecha de “corazón rojo”). Por encima del cliché de cualquier partido político está “el ser humano”.

Tal vez, en lugar de hablar tanto de la derecha y la izquierda (insisto en que los núcleos duros no tienen solución, por lo menos en las actuales circunstancias) deberíamos entrar en otra dimensión y, como hizo en su día el profeta Mohamed, destruir con un bastón “todos los ídolos ideológicos”.

Veo dos vías y, por lo tanto, dos caminos: Seguir por el sendero de la dictadura de los mercados, bajando la cerviz ante los poderes económicos y los emperadores de turno, o unirnos bajo un programa de “cuatro o cinco puntos esenciales” que esté encaminado a construir una nueva sociedad en la que el hombre y la mujer sean el centro de todas las cosas.

El Psoe y el PP padecen de esclerosis anímica y sus ideólogos y varones no se quieren dar cuenta de que su momento histórico ya pasó.

Lo más triste que le puede ocurrir a todas las primaveras, empezando por el Mayo del 68 (la imaginación al poder, haz el amor y no la guerra) es que los elefantes (los Armados, los Obispos, los Timoneles y “los Intelectuales” untados y abducidos por el sistema) no dejen de tocar los tambores de la oferta y la demanda, “sangre por diamantes”.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para pedir que la tarea de construir un mundo mejor (sin vencedores ni vencidos, que son las únicas dos clases sociales que existen) no se perpetúe en el mareador juego de máscaras que rige la vida política española. Si la victoria no es colectiva, no es victoria. He dicho.

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