Sara Vicente Collado
Responsable programas prostitución de la Comisión para la investigación de malos tratos a mujeres

Echando la vista atrás, es claro que hemos avanzado, a pesar de que quede aún tanto por hacer.

Mientras que parecía imposible combatir jurídicamente a las manadas y se oían un sinfín de escusas que amparaban estas tesis jurídicas, las calles se llenaban de mujeres y hombres gritando al unísono que no son abusos, son agresiones.

Ha quedado claro que no sirve de nada minimizar las conductas de los agresores, sobre todo cuando son tan evidentes. Sin embargo, no identificamos muchas conductas de violencia sexual que hemos normalizado y que aún pasan desapercibidas a los ojos de muchas de nosotras.

Cualquier forma de violencia sexista, machista, sexual, tiene en común la imposición por cualquier vía de la subordinación sexual, de las relaciones desiguales, del poder hegemónico de los hombres hacia las mujeres.

No hay diferencias entre el comportamiento de las manadas y el de aquellos hombres que no respetan el deseo sexual de las mujeres en cualquiera de los ámbitos en los que nos encontremos.

Si diferenciamos entre unas formas de violencia y otras, si categorizamos las violencias machistas, hacemos de la violencia un hecho social normal que se instaurará sin que nos demos cuenta en nuestra sociedad, generando impunidad.

Antes de que las manadas existieran en los medios de comunicación a partir del año 2016, ya había manadas de hombres que respondían a un mismo modelo de hombre misógino, machista, con sentimiento de superioridad y sobre todo con derecho a decidir con quién, cómo, dónde y cuándo tenemos que ejercer nuestra función, la de estar disponibles para cubrir sus deseos sexuales. Este modelo de hombres no es nuevo, siempre ha existido y no está en peligro de extinción.

La única respuesta posible es un cambio en el modelo social basado en el poder, en el control, en el abuso, por un modelo de relaciones entre hombres y mujeres basado en la igualdad y en la libertad de todos y todas.

Tenemos que seguir construyendo modelos de relaciones igualitarias y libres. Para esto es necesaria la responsabilidad colectiva. Desde el movimiento feminista echamos en falta una apuesta más valiente y enérgica de las instituciones que sea realmente transversal, y que se refleje en los presupuestos, pasando por la implementación de políticas educativas en igualdad desde los cero a los 18 años.

Es imprescindible que nos organicemos y creemos alianzas entre nosotras para hacer frente a las agresiones y que ninguna de ellas se quede sin respuesta en todos los ámbitos. Solo si seguimos mostrando que lo que le ocurre a una de nosotras nos afecta a todas iremos generando respuestas contundentes que impliquen a la sociedad en el rechazo hacia todas las formas de violencia contra las mujeres.

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