Iria Bouzas

En la confusión, no entiendo por qué eres tú el que lloras, si es a mí a quien todavía le sangra el labio que me acabas de romper a hostias.

Me abrazas fuerte pidiendo consuelo y al hacerlo, me vuelves a dañar la espalda tan magullada de todos tus golpes.

Ilustración de Javier F. Ferrero

Me besas la frente, y tus lágrimas me escuecen mientras se deslizan sobre todas las heridas que le has hecho a mi carita de niña.

Me pides perdón con tu voz temblorosa y arrepentida, pero apenas la puedo escuchar entre los pitidos que resuenan en el oído que tú, acabas de destrozar a puñetazos.

Acaricias la mejilla que hace unos minutos abofeteabas, miras mis ojos entreabiertos y te enfadas porque en ellos ya no encuentras nada. Ya no tienen nada.

Esta nada ya no deja espacio, ni siquiera al miedo.

Lloras y me amenazas porque tus lágrimas ya no me hacen correr a abrazarte, mientras yo, sigo tendida en el suelo suplicándole al dolor que me permita volver a ponerme en pie.

Tú, te lamentas mientras yo callo.

Tú, lloras mientras yo sangro.

Pero tus lágrimas no volverán a tapar mi sangre jamás.

Mi sangre, ahora, correrá por dentro de mí dándome la fuerza que tus lágrimas siempre han estado robando.