Hace ochenta años, el 20 de enero de 1942, Reinhard Heydrich, el lugarteniente de Heinrich Himmler y jefe de la seguridad del tercer Reich, convocó a unos cuantos jerarcas del nazismo para tratar la cuestión de cómo “terminar” con la cuestión judía. Ese día se consensuaron los operativos del holocausto judío, que acabó con el asesinato industrializado de seis millones de judíos. La reunión se conoce como la Wanseekonferenz.

Recientemente, el film alemán La conferencia ha vuelto a tratar el tema de la Conferencia del Wannsee (ya filmada en otra cinta protagonizada por Kenneth Branagh), y lo hace a partir de la fidedigna transcripción de las actas del encuentro.

Una estrecha colaboradora de Adolf Eichmann, la única mujer presente en la reunión, tomó notas taquigráficas de lo dicho aquel día y de ahí salieron las treinta copias secretas que se hicieron del acta original. Junto a figuras clave del partido y militares de alta graduación con grandes responsabilidades, también participaron eminentes juristas y cargos ministeriales. Al margen de sus diferentes edades y caracteres, ninguno discutía la tesis principal.

La solución final

Conforme a lo proclamado por Hitler en Mi lucha, había que suprimir al pueblo judío, origen de todos los males sociales y un peligro para la raza aria. El comunismo y las consecuencias del abusivo Tratado de Versalles, el paro, la usura, cualquier queja que se tuviera, se le imputaban a los judíos. Primero se les hizo la vida imposible, impidiéndoles acceder a puestos públicos y obligándoles a vender sus negocios a precio de saldo. Luego se requisaron sus viviendas y finalmente se les arrebató la vida, aprovechando incluso el oro de sus dentaduras.

Algunos asistentes a la Conferencia de Wannsee todavía eran partidarios de provocar un éxodo masivo del pueblo judío a Madagascar o a las estepas siberianas. Pero resultaba mucho más sencillo en términos operacionales trasladarles a centros de exterminio, aprovechando el retorno de trenes que habían transportado armas o avituallamientos al frente del este. La eficacia fue una de las claves de la Endlösung (“solución final”).

Para coronar con éxito este descomunal operativo contaron con un probo funcionario, Adolf Eichmann, quien fue apresado en Argentina en 1960 gracias a que un magistrado alemán de origen judío, Fritz Bauer, le dio el chivatazo al Mossad, tras comprobar el escaso interés de la República Federal de Alemania por capturar a ese criminal nazi. El atentado de la resistencia checa contra Heydrich dejó en manos de Eichmann engrasar la maquinaria de la solución final y este lo hizo con una frialdad de cálculo digna de un algoritmo.

Al cubrir como periodista el juicio celebrado contra Eichmann en Jerusalen, la filósofa Hannah Arendt acuñó la expresión “banalidad del mal”. Así expresaba su desazón porque el genocidio había sido perpetrado no sólo por monstruosos psicópatas sino por funcionarios convertidos en cooperadores necesarios de una masacre monumental. Eichmann llegó a invocar el imperativo categórico kantiano para respaldar que se había limitado a cumplir con las ordenes recibidas. Lo que hace ver con claridad las limitaciones de la obediencia debida denunciadas por Javier Muguerza con su imperativo de la disidencia.

Banalidad del mal

Uno de los juristas que habían redactado las Leyes de Nürenberg se queja de que no se atienen a la legalidad vigente al pretender tratar igual a un judío puro que a quienes sólo son judíos a medias o en menor porcentaje. Tampoco ve apropiado que no se tenga en cuenta el estar casado con una persona de raza aria. Sin embargo, no tiene nada en contra de que se extermine al pueblo en su conjunto, manteniendo las debidas excepciones que habían estipulado sus tortuosos razonamientos jurídicos.

El más veterano de los asistentes reconoce haber combatido en la Primera Guerra Mundial y en un momento dado aduce razones humanitarias. Pero rápidamente aclara que sólo le interesa evitar sufrimiento a los verdugos. Le preocupa que los soldados hayan tenido que fusilar a quemarropa a muchos judíos en un solo día, por el trauma psicológico que pudiese causarles eso al reintegrarse a la vida civil y tener que educar a su prole.

A todos les parece maravillosa la solución de las cámaras de gas, porque su impacto psicológico en quienes deben llevar a cabo el exterminio es mínimo. Sobre todo porque cuentan con encargar ciertas faenas a prisioneros bien dispuestos a ello y a los que se ejecutará en último lugar.

El judaísmo y los mitos políticos modernos

Antes de redactar El mito del Estado, Ernst Cassirer, prestigioso pensador alemán de familia judía que hubo de partir al exilio, dio algunas conferencias en su lucha contra el nazismo desde la historia de las ideas. Una de ellas se titulaba Judaísmo y los mitos políticos modernos y resulta interesante leer sus análisis de sesgo kantiano para comprender mejor lo contado por la película recién estrenada:

“En su nueva mitología política los líderes de Alemania eligen lo judío como chivo expiatorio sobre el que cargar todos los pecados y males imaginables. Lo que temían los inventores del mito de la raza superior alemana no es la resistencia física, sino la resistencia moral de los judíos. Tras la expulsión y asesinato de cientos de miles de judíos, todavía no quedaron satisfechos con su trabajo. Seguían obsesionados con la idea de considerar lo judío como el espíritu del mal, la encarnación del diablo. A pesar del despliegue de todo su poderío militar, pese a su incomparable organización técnica y bélica, el coloso alemán era, después de todo, un coloso con los pies de barro. En cuanto se destruyó su fundación mítica, su colapso fue inevitable”.

Berlín es un lugar plagado de lugares históricos. Uno de ellos es una villa burguesa en las orillas del Wannsee donde tuvo lugar esta terrible conferencia y que hoy alberga un museo conmemorativo.

Curiosamente al lado nos encontramos con la residencia de Max Libermann, un pintor impresionista judeo-alemán, cuya villa es otro museo complementario del anterior. Ver ambas es como visitar Weimar, tan identificada con Schiller y Goethe, ciudad que colinda con el campo de concentración de Buchenwald. Impresiona ver esta cercanía entre lo siniestro y lo sublime.

Roberto R. Aramayo – The Conversation

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