Isidoro Moreno
Catedrático Emérito de Antropología Social y miembro de Asamblea de Andalucía (AdA)


Inesperadamente, Blas Infante ha ocupado varios días de agosto páginas enteras de prensa, coincidiendo con el 83 aniversario de su asesinato la noche del 10 al 11 de agosto de 1936, días después de haber sido sacado de su casa familiar de Coria del Río, donde ejercía de notario, y llevado al cine Jauregui de Sevilla, convertido en improvisada prisión, para luego aplicarle el «bando de guerra» en la antigua carretera de Carmona. Es grotesco que no fuera hasta mayo de 1940 cuando un denominado Tribunal de Responsabilidades Políticas «legalizara» su muerte, en base a dos acusaciones: haber sido un revolucionario y haberse distinguido como propagandista del andalucismo. Dos calificativos rigurosamente ciertos. Y aunque no constara en la sentencia, Infante fue también condenado a algo más: al silenciamiento. Doy fe que en la Facultad de Historia de Sevilla, a la altura ya de los años 60, nunca fue nombrado en ningún aula, como tampoco nadie nos habló de la existencia de una bandera, un himno, un escudo de Andalucía o un anteproyecto de autonomía impulsados por él, que solo el golpe militar-fascista impidió que se consolidaran.

No sería hasta los años de la «transición política» cuando Infante reaparecería en el contexto de la lucha por la democracia que tuvo, también aquí, como una de sus principales reivindicaciones la autonomía política. Luego fue reconocido por el primer Parlamento andaluz, en un acuerdo unánime, como «Padre de la Patria Andaluza», lo que está recogido en el Estatuto de Autonomía. Y algunas calles y otros lugares se rotularon con su nombre. Pero estos reconocimientos no fueron acompañados de la difusión y estudio de sus ideas y, por ello, Infante ha continuado siendo un gran desconocido para la mayoría de los andaluces. A pesar de los homenajes, han sido escondidos sus análisis y proyectos para Andalucía y su afirmación de que esta «debe cumplir un ideal como realidad distinta y completa, como unidad espiritual viva, consciente y libre».

Este año, los exabruptos de varios personajes de la ultraderecha -la que está encuadrada en Vox y la que se asoma a diario en columnas de prensa y pseudodebates radiofónicos y televisivos- han puesto a Infante en el escenario público. Descalificaciones como «tarado», «islamista furibundo», «masón», «traidor y enemigo de España», «falso padre de una inexistente patria» y hasta «pobre notario de pueblo» han salido a la luz, como también la respuesta firme de la Fundación que tiene como objetivo difundir y profundizar en su pensamiento y estudiar las realidades y problemas -él los denominaba dolores- de Andalucía. En su obsesión por visibilizarse, el partido con nombre en latín ha puesto sobre el tapete a don Blas: un «tarado» que aprobó las oposiciones a Notaría antes de tener la edad reglamentaria para incorporarse a un destino, que hablaba cinco idiomas, incluidos el árabe (¡qué pecado!) y el esperanto (¡otro pecado!), que estaba al tanto de las corrientes de pensamiento europeas en historia, filosofía, antropología y política (basta con ver su biblioteca) y que definió como el ideal más próximo para Andalucía que las tierras desamortizadas (privatizadas) en el siglo XIX pasaran a los jornaleros andaluces, como forma de aminorar la enorme y peligrosa polarización de clases característica de nuestra sociedad.

Es lógico que rechacen a Blas Infante quienes no creen que Andalucía existe como pueblo y, por tanto, como sujeto político. Quienes la consideren sólo un territorio en el que hacer negocios o extraer materias primas -mineras, agrícolas y humanas- en beneficio principalmente de intereses externos. Tampoco simpatizarán con él aquellos que, más allá de cuál sea la ideología que declaren, valoran este país nuestro sólo como granero de votos para que sus partidos consigan gobernar en Madrid. Ni a unos ni a otros, ni en tiempos de don Blas ni ahora, les interesó ni interesa que se conozcan sus planteamientos y propuestas. Algo necesario para que cada quién pueda optar o no por ellos con conocimiento de causa. Pero siendo vergonzoso que, para garantizar este desconocimiento, Infante -el líder político, el pensador y el hombre- haya sido transformado en una estatua o un rótulo vacíos de contenido, lo es aún más que se invente a un Blas Infante falso para insultarlo, descalificarlo o incluso ridiculizarlo.

A ver si ahora, al hilo de la polémica, se aviva el interés por conocer al verdadero Infante. Léanse sus obras y se comprobará que, aunque escribió hace cien años, lo esencial de su pensamiento continúa vivo porque los dolores de Andalucía siguen sin remediarse. ¿Y calificaría alguien de anacrónico defender que necesitamos «gobernantes que sean maestros, Estado que sea escuela y Política que sea arte de educación?».

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