Cierto tipo de hipocresía nos lleva a creer que irse a África a sacarse una foto con un niño negro le ayudará en algo, cuando en realidad solo aporta algo a nuestro ego y a nuestra cuenta de Instagram. De ello se han quejado estos días varios voluntarios, que han alzado su voz en redes.

«Llega el verano y tus redes sociales se llenan de imágenes de Mallorca, piscinas y … voluntariados con niños en África. Vamos a abrir el melón del voluntarismo, la caridad y el complejo del salvador blanco», lanzaba la semana pasada Júlia Codina, especialista en acción humanitaria, cooperación y conflictos.

«Las redes se llenan de fotos y vídeos de jóvenes occidentales, acomodados y generalmente no cualificados, que viajan a países empobrecidos para fotografiarse alimentando o vistiendo a familias desesperadas. Y se vuelven virales: El complejo de salvador blanco se convierte en moneda social. Y las personas -mayoritariamente negras- en las imágenes no tienen nombre, presentadas como otros y vías para obtener likes», explicaba.

Continuaba Codina señalando que «sus historias individuales se pierden en pos una narrativa del Occidente salvador. .Los volunturistas no *tienen* por qué ser villanos neocoloniales, pero sin darse cuenta exacerban los problemas que buscan combatir: Quitando puestos de trabajo locales, perturbando el desarrollo psicológico de menores, y reforzando estereotipos nocivos sobre esas comunidades»,.

«El voluntarismo presenta una historia que las comunidades del Sur Global son incapaces de mantenerse a sí mismas. Hay barreras estructurales y sistémicas que ni tú, ni yo, ni ellos pueden resolver (solos), por mucho que lo deseen«, concluía.

En el mismo sentido cargaba Pablo Sánchez, politólogo y director del proyecto de @thehealthimpact en Líbano: «Llevo varios días viendo este tipo de fotos y la vergüenza que siento es estratosférica. Como director de una organización que tiene un programa de voluntariado y trabaja en el Líbano con familias refugiadas quiero contaros algo», tuiteba.

Recriminaba Sánchez que «irse a un país a miles de kilómetros durante un par de semanas para ‘ayudar’ a la población y conocer su modo de vida no es voluntariado, es negocio. La pobreza se convierte en un atractivo turístico y los niños en ‘algo con lo que hacerse fotos’».

«El efecto que tiene es devastador. Por varias razones: La primera es la romantización de la pobreza y su normalización. El típico ‘qué felices son con tan poco’, lo cual es una mercantilización de la desigualdad como algo que merece ser visitado y celebrado. La gente quiere comida, techo y trabajo, no tus fotos», incidía el politólogo.

«El fin de estos viajes es de carácter personal, no solidario. Además, quienes hacen estos viajes reproducen ese complejo de salvador blanco que cree que su presencia es necesaria para resolver los problemas cuando la inestabilidad de estos países es lo que Occidente provoca. Las diferencias culturales no son algo que admirar como si fuera un zoo, como si las personas fueran animales. ¿Os imagináis que alguien os hiciera fotos mientras coméis en el McDonald’s? Así se ven este tipo de cosas», concluía.

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