Ástor García
Secretario General del Partido Comunista de los Trabajadores de España – PCTE


Se repiten las elecciones generales tras el fracaso de la socialdemocracia en la formación de gobierno. Al final, ni gobierno de cooperación, ni gobierno de coalición, ni apoyo a la investidura. Nada más que reproches, acusaciones y juego sucio entre las dos alas de la socialdemocracia que, aparentemente, estaban condenadas a entenderse a la luz de los resultados del 28 de abril. 

Muchas voces se preguntan cómo es posible que algo que parecía tan obvio y relativamente fácil  haya fracasado tan estrepitosamente, hasta el punto de que las opciones de algún tipo de acuerdo entre PSOE y UP parecen lejanísimas si se repite el escenario parlamentario tras el 10 de noviembre.

Pero no debería causar tanta extrañeza la constatación de que la vieja y la nueva socialdemocracia, muy cercanas en lo programático, tengan entre sí fuertes desavenencias e intereses contrapuestos. No es para menos, dado que pugnan, abierta y declaradamente, por la hegemonía dentro de ese segmento demoscópico que se viene llamando “izquierda” y “centro-izquierda”: desde quienes se auto-ubican ideológicamente como “progresistas”, pasando por los que se consideran “socialdemócratas” hasta quienes se definen como “socialistas”, e incluso algún “comunista” que lleva décadas sin coger una papeleta con una hoz y un martillo. La guerra es por ser “la voz” de esos grupos sociales, definidos – recordemos – a partir de la auto-ubicación ideológica de sus miembros y no de su posición en la producción, por ejemplo. 

La guerra en el seno de la socialdemocracia está siendo descarnada y feroz. No hay segundo premio que valga para quienes han estado décadas ocupando La Moncloa. Tampoco para quienes han fiado su futuro político a su entrada en el Consejo de Ministros. Si el momento económico fuera otro, si estuviésemos en una fase de crecimiento capitalista sostenido, tal vez habría espacio para una coalición socialdemócrata capaz de hacer malabarismos entre las exigencias del FMI y los programas neo-keynesianos. Pero la situación es otra y no está la cosa como para hacer experimentos.

Los principales representantes de la gran patronal lo dijeron con claridad a lo largo del verano cada vez que se les preguntaba: debe haber un Gobierno estable o es mejor repetir elecciones. ¿Por qué lo dicen tan a las claras? Porque vienen turbulencias serias en materia económica, con una ralentización generalizada de los datos de crecimiento que apunta al estallido de una nueva crisis más pronto que tarde. Porque la situación territorial, específicamente en Cataluña, pero no sólo, debe cerrarse cuanto antes para que el capital español, con sede en Madrid, Barcelona o Bilbao, cuente con una retaguardia lo más segura posible en el marco estatal español en un escenario político-económico mundial cada vez más revuelto.

Y la burguesía española, que generalmente nunca juega a perder cuando habla de política, prefiere que las turbulencias económicas que vienen las gestione una socialdemocracia conocida y probada como es el PSOE, siempre abierto a ponerse de acuerdo con su flanco derecho, que una alianza de hermanos reñidos cuyas peleas pueden acabar haciendo que Abel y Caín parezcan hermanitas de la caridad.

Si se leen con calma y objetividad los programas electorales de PSOE y de Unidas Podemos, se constata que las diferencias son de matiz. Claro que hay apartados en los que uno se radicaliza más que el otro, pero la esencia es la misma: sostener y desarrollar el capitalismo español sin olvidar que el capitalismo genera desigualdades y problemas sociales a los que se debe atender recurriendo al gasto público. Son, en pocas palabras, las dos sensibilidades de la socialdemocracia: una que tira más por la defensa de los grandes monopolios y por la canalización del gasto público a través de pequeñas y medianas empresas de servicios, y otra que es un poco más estatista en cuanto al gasto público y que dice preocuparse más por el pequeño propietario que por el gran capitalista. 

El parecido entre sus programas, entonces, no es casualidad. Es consecuencia de que ambos tienen un modelo de país similar en el que la contradicción entre capital y trabajo, si se reconoce, se sepulta entre tantas otras “problemáticas sociales” que, al final, es como si no existiera. Por eso tantas personas siguen sin entender qué ha podido salir mal en la conformación de un gobierno de coalición (o de cooperación) socialdemócrata. ¿Cómo no se han entendido si defienden prácticamente lo mismo?

Pues no se han entendido porque el debate no era sobre el programa, sino sobre táctica. La clave estaba en que el resultado de la negociación dejase a cada parte considerando que había avanzado en su objetivo estratégico de reducir a cenizas al otro. El PSOE entendía que eso podía conseguirlo con UP apoyándoles a cambio de nada – como venía ocurriendo desde la moción de censura – hasta encontrar a otro socio más “fiable”. Por su parte, la clave para UP estaba en entrar en el Consejo de Ministros para poder reivindicar las políticas sociales que hubiera hasta estar en condiciones de generar una crisis en el momento que le interesase, al estilo de la jugada que no le ha salido a Salvini en Italia al romper la coalición con el Movimiento Cinco Estrellas.

Nadie estaba dispuesto a abandonar su supuesta ventaja táctica, y quizás ahí resida el error estratégico de ambos. Quién se ha equivocado, y con cuánta profundidad, lo veremos tras el 10 de noviembre. Si la alianza PP, Ciudadanos y Vox es capaz de formar gobierno, será el fin político tanto de Sánchez como de Iglesias. En el resto de escenarios, el más que probable perdedor será Iglesias toda vez que el aparato mediático al servicio del PSOE ya se ha puesto en marcha para promover a Íñigo Errejón, con el objetivo declarado, descarado y evidente de robarle votos, cuadros y aliados a PODEMOS. 

PODEMOS nació, según su propia versión, para dar cauce al descontento que se había desatado en una época en la que el PSOE de Zapatero estaba en el Gobierno. Su objetivo era ocupar ese espacio político de manera similar a como SYRIZA lo hizo en Grecia: reventando a la vieja socialdemocracia del PASOK mediante un sorpasso electoral. En realidad, el papel reservado a la nueva socialdemocracia era más prosaico: canalizar el terrible descontento social y – en muchos casos – generacional con la vieja socialdemocracia fruto de la gestión de la crisis capitalista, pero dentro de unos parámetros asumibles por el sistema y sin proponer ni producir grandes cambios en la base económica. Y, de paso, engullendo o debilitando al máximo a fuerzas políticas y sindicales que, durante décadas y con muchos errores a cuestas, habían sido la última barricada frente a la hegemonía absoluta del PSOE en el campo obrero y popular. 

Conseguido el resultado y habiéndose reforzado el PSOE, salvados ya los peligros de la crisis capitalista, llega el momento de pagar las facturas y el PSOE aprovecha para meter el acelerador en la operación de desarticulación del movimiento obrero y popular, en la que el propio PODEMOS tuvo un papel fundamental en sus inicios al despreciar y deslegitimar a quienes defendíamos, sobre la base de la experiencia de décadas, un estilo de trabajo político basado en las estructuras organizadas, en la militancia diaria y en la preeminencia de la contradicción entre capital y trabajo en la acción y en el discurso político.

La deslegitimación de las herramientas históricas (y probadas) del movimiento obrero tiene consecuencias. Las vemos día tras día cuando nos quieren convencer de que cualquier cosa es una “huelga” y cuando hay personas que están convencidas de que “militan” en un partido simplemente porque hablan bien de él en sus perfiles de redes sociales. Con tales mimbres, la irrupción de Errejón y de su ¿partido? es el último acto de una maniobra que tiene mucho calado y cuyo objetivo último es que el PSOE tenga carta blanca para arrogarse la representatividad de la mayoría obrera y popular, en connivencia con unas cúpulas sindicales copadas por la socialdemocracia. 

La nueva socialdemocracia nos ha vuelto a mostrar, en este último lustro, lo que ya nos enseñó el eurocomunismo en el último cuarto del siglo XX: que a la vieja socialdemocracia no se le puede vencer en su terreno, imitando su comportamiento, su discurso o tratando de hacer maniobras de despacho. Cuando se juega a la “respetabilidad” burguesa, cuando se pretende ser “aceptable” para quienes sostienen al PSOE como partido de Estado, se ha perdido ya la batalla y sólo cabe integrarse o desaparecer, como bien saben Cristina Almeida y Diego López-Garrido y pronto sabrán Iglesias y Errejón.

No hay recetas mágicas ni atajos que valgan. En una sociedad determinada por la contradicción entre capital y trabajo no se puede optar por el término medio. Situarse decidida y completamente del lado de la mayoría de la población frente a la minoría de explotadores exige, como consecuencia, que se hable de la cuestión del poder. No del gobierno, del poder. De qué clase ejerce el poder en la sociedad, de qué intereses de clase son los que priman en la sociedad. 

Frente a la sociedad construida sobre los intereses de la clase capitalista, frente al país para los explotadores, debe levantarse como alternativa radical y completa un país para la clase obrera, ese país en el que se atiende a los intereses de la mayoría trabajadora y no se somete a la mayoría trabajadora a asumir como propios intereses ajenos que la condenan a la explotación y al empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo.

Un país para la clase obrera al que no se llegará mediante maniobras parlamentarias, juegos de salón ni operaciones mediáticas, sino a través de un proceso de ruptura con la dominación capitalista que puede comenzar por algo tan sencillo como elegir organizarse en un sindicato en lugar de aguantar en silencio los ataques de nuestro patrón, pero que exige necesariamente un Partido Comunista, como única herramienta organizativa capaz de oponerse, total y radicalmente, al modelo económico y social depredador que es el capitalismo. 

No hay otra, no cabe más socialdemocracia, no cabe más país, no caben más engaños, sólo cabe más Partido Comunista. 

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