Iria Bouzas

Que existen personas a las que el feminismo les molesta y les ofende sobremanera, es un hecho. Solo hay que mirar hacia los medios de comunicación o abrir una red social para darnos cuenta de ello.

Históricamente, y salvo honrosas excepciones, ningún grupo privilegiado ha renunciado nunca a sus privilegios voluntariamente y de buena gana. Los privilegios siempre han tenido que ser arrebatados de las manos de aquellos que los atesoraban. Y se les han tenido que quitar luchando.

Que toda acción tiene su reacción ya lo afirmó Newton hace varios siglos cuando enunció su tercera ley. Y las reacciones que provoca el feminismo son de muchos tipos e intensidades. Hay reacciones terribles y dañinas y otras que de no ser por la mentalidad subyacente que dejan traslucir, darían la risa.

Una de estas reacciones, quizás la más típica, la más absurda, la más ridícula, la más infantil y la que deja reflejado el nivel intelectual tan pobre del que acude a ella, es la de atacar a las feministas criticando su aspecto físico.

“Las feministas sois todas feas”, “Esta es feminista porque no le tocan ni con un palo”, “Te has hecho feminista porque no te ha querido nadie”.

Frases como estas las tenemos que soportar las feministas a diario.

Personalmente disfruto muchísimo cuando es a mí a quien se las dedican. En el momento en que recibo alguno de estos burdos intentos de ataque personal, se reproduce en mi cabeza una imagen que define muy gráficamente lo que pienso al respecto.

Imaginen a un niño enfadado. Muy enfadado. Y a un adulto calmado. El niño quiere pegarle al adulto, se inclina hacia adelante para atacar pero el adulto le pone su mano sobre la cabeza y lo deja ahí parado. Inclinado como un toro, descargando patadas y puñetazos hacia el aire. Intentando descargar toda su rabia pero sin que eso al adulto le produzca ningún tipo de daño.

¡Pues así me siento yo! Como una adulta dejando que un niño enfurecido descargue la rabia. Mucho más cerca de la risa que del enfado.

El feminismo empodera. Y una persona empoderada no necesita de la aceptación de los demás. El empoderamiento es autoestima. Y con un buen nivel de autoestima la única aceptación necesaria ya está conseguida: ¡La propia!

Quiero reflexionar sobre esto con calma, creo que es importante.

Que alguien a quien no conoces, que no te importa, que no te quiere y que no se preocupa por ti, emita una opinión negativa sobre cualquier aspecto de ti implica o que te considera o una persona inferior o que te considera una persona superior.

Puede sonar brutal pero los ataques personales no vienen nunca desde la igualdad.

Así, quien sin conocerte te ataca, sólo busca dañar tu autoestima para elevarse sobre ti.

¡Y con el feminismo hemos topado!

Intentar dañar la autoestima de una persona empoderada es una tarea muy desagradecida pero hay personas con inteligencias de “todo a cien”, más preocupadas de dañar que de pensar, que de verdad creen que su opinión es algo tan sumamente importante que con solo expresarla van a hacer tambalear los cimientos emocionales de la persona que tienen enfrente.

Otro punto interesante en esto de la archifamosa fealdad intrínseca de cualquier mujer feminista, es el concepto que algunos anacronismos hechos humanos tienen de la belleza.

Si usted me va a llamar fea, está diciendo que esa es la percepción que usted tiene sobre mí. Y si hemos quedado en que usted es una persona que me quiere hacer daño y que está trabajando por mantener unos privilegios que yo lucho por destruir es obvio que realmente no tengo ningún interés en resultarle a usted de ninguna otra forma que no sea la de horrorosa.

Fea. Fea. Tan fea que duela a la vista y al alma. Eso es lo que quiero que vean en mí aquellos que en pleno Siglo XXI siguen empeñados en someterme y discriminarme por el hecho de haber nacido mujer.

Así que, ¡Sí, las feministas somos muy feas! De hecho les rogamos encarecidamente que no se queden ahí. Además de seguir llamándonos feas, digan que somos malas, que tenemos cuernos y todo aquello negativo que se les ocurra.

Mientras sigan existiendo personas a las que tanto les ofende una lucha por la igualdad que necesitan anular la autoestima de quienes la reclaman, es que esa lucha sigue siendo imprescindible.

 

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