Feminismos

Las campañas contra la violencia machista, o mejor dicho, cómo éstas se ejecutan en el seno de instituciones y entidades privadas, son uno de los grandes debates que atraviesa el feminismo hoy en día. Nos guste o no, cada cierto tiempo saltan a la palestra carteles, frases, e incluso vídeos que, a ojos de muchas, entorpecen el camino más de lo que lo allanan.  

Es cierto que este tipo de campañas son a todo punto necesarias. Sin embargo, y a opinión propia, en ocasiones adolecen de una falta abrumadora de feminismo, que es precisamente lo que necesitamos si queremos acabar con la subordinación de la mujer, y aún más, con los feminicidios.  

 

Cuando pensamos en las campañas promovidas en los últimos años, a todas nos viene a la cabeza la misma frase: ‘Denuncia, mujer. Si no denuncias no podemos ayudarte’. Sin embargo, este mensaje no es suficiente. El conocimiento es poder, y por eso, muchas mujeres sienten una suerte de desengaño cuando cumplen con lo que todos esperamos de ellas: que resistan, que combatan, que se enjuicien, y que lleguen con el proceso hasta sus últimas consecuencias.  

El conocimiento es poder, digo. Y por eso me resulta importante que las mujeres (maltratadas o no) conozcan su realidad antes de dar un paso. Imaginemos, por ejemplo, una campaña que hable del síndrome de indefensión aprendida. Pero no me refiero a esos carteles que rezan ‘si te pega no te quiere’. No. Eso ya lo sabemos. Me refiero a ponerle nombre. A ser consciente de que dudas porque lleva años anulándote. A estrechar el lazo, en definitiva, entre el ‘dónde vas así vestida’  y la primera hostia. 

Imaginemos, por qué no, una campaña que hable de la disonancia cognitiva. Que te explique que los maltratadores son simpáticos y caen bien a todo el mundo, y que por eso es probable que algunas personas nunca te crean aunque tú sepas de sobra que la realidad es bien distinta. Imaginemos que a alguien se le ocurre explicarte que todo lo que te pasa no te pasa por ser tú. Te pasa por ser mujer. Y que es posible salir de ahí. Que ser víctima no es ningún sambenito. Que no estás marcada de por vida. Y sobre todo, que no es tu culpa.  

 

Imaginemos que nos enseñan a nombrar las cosas por su nombre. Imaginemos que los ‘piropos’ dejan de serlo y se convierten en acoso callejero. Imaginemos que los celos dejan de ser una muestra de amor para ser una señal de alarma. Imaginemos que alguien nos explica qué es el ciclo de la violencia, que alguien nos enseña que, aunque te haya pedido perdón, la próxima vez será peor. Imaginemos que tenemos que dejar de esperar, de ser princesas. Imaginemos, por un momento, un cartel que rece: ‘No va a cambiar pero estamos contigo’.  

El conocimiento es poder, repito. Y aunque debemos insistir en denunciar, también debemos dotar a las víctimas de armas suficientes como para reconocer lo que les está pasando. Debemos nombrarlo y no dejar de hacerlo. Debemos explicarlo. Debemos ayudar a las que están por venir a identificar los mecanismos tan sutiles con los que opera el maltrato. Simplemente para que ellas, y sobre todo, la sociedad en su conjunto, comprenda por qué 6 de cada 10 no denuncia.  

Hay que denunciar. Eso lo tenemos claro. Debemos utilizar todas las herramientas que ofrece el sistema sin dejar de poner de relieve sus fallos. Que el movimiento feminista centre su atención en ellos no quiere decir que anime a las mujeres a no denunciar.  

Lo repito: debemos denunciar, por supuesto. Pero si no hablamos con claridad, si no explicamos, si no accedemos al conocimiento, y en definitiva, si no convertimos en político lo personal, seguiremos leyendo titulares que recen: ‘La mujer asesinada había presentado dos denuncias. Sin embargo, ambas fueron retiradas’.  

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