Sara Vicente Collado
Representante de Ehuleak Navarra


El otro día, escuché a Rosa Cobo reflexionar acerca de que la universidad está siendo uno de los ámbitos de captación de mujeres jóvenes para la entrada en el sistema prostitucional por parte del proxenetismo y, como siempre, me dio qué pensar.

La entrada de las mujeres en el sistema prostitucional necesita de un discurso que legitime la existencia de la prostitución y este discurso se está introduciendo también en las universidades como lugares naturales de formación de la conciencia social y del espíritu crítico.

Si analizamos los discursos que normalizan la prostitución, no tienen nada de críticos y se retroalimentan de una idea fundamental, las mujeres a las que se atribuye una libertad de elección son siempre “otras” mujeres.

No en vano se llama así el que pretende legalizarse como sindicato “otras”.

Melissa Farley, experta en tratamiento del trauma en las mujeres en prostitución, menciona que la normalización de la prostitución necesita de la invisibilización del daño de las mujeres en prostitución y tiene mucha razón. Porque los discursos sobre la libre elección de “otras mujeres” son siempre discursos que se niegan a reconocer el daño emocional, físico, psicológico y sexual que sufren todas las mujeres en prostitución con independencia de la voluntariedad en el ejercicio.

Estos discursos efectuados por personas todas ellas occidentales, blancas y bien posicionadas socialmente, por supuesto alejadas de la prostitución y de sus entornos, sitúa a las mujeres en prostitución en el abandono a su suerte, teniendo que soportar lo insoportable en términos de violencia sexual. Es un discurso neoliberal y sobre todo machista.

Cualquier discurso de normalización de la prostitución ahondan en la victimización secundaria de la que tanto hablamos cuando hablamos de violencia machista. Es un discurso frívolo y desprovisto de toda humanidad que perjudica a las mujeres en prostitución y a todas las mujeres, porque las mujeres en prostitución somos todas mientras que exista prostitución y no solo “otras mujeres”.

Olvidarnos de que las mujeres en prostitución soportan la violencia, el machismo y la cosificación en la que aún muchos hombres que forman parte del sistema patriarcal nos quieren colocar a todas las mujeres, es acabar con cualquier posibilidad de alcanzar la igualdad real entre hombres y mujeres, pero sobre todo con cualquier posibilidad de acabar con la violencia hacia las mujeres.

Como sociedad, no podemos seguir legitimando y, por ende, normalizando un sistema que obtiene ingentes beneficios económicos a costa del uso y abuso de las mujeres por parte de los hombres y mucho menos diciendo que esto es moderno, transgresor y avanzado. Este discurso atenta directamente contra los derechos de todas las mujeres, pero sobre todo de todas las mujeres que han sido destinadas a la prostitución con el beneplácito de un sector de la sociedad que ha decidido apoyar el sistema que más reproduce y naturaliza la desigualdad y la violencia hacia las mujeres.

No es soportable hoy en día, en defensa de los derechos humanos de las mujeres, escuchar discursos falaces que banalizan y frivolizan el ejercicio de la prostitución de “otras” mujeres.

No existe el derecho humano a ser violentadas o agredidas por múltiples hombres cada día amparado en una voluntariedad que destroza a las mujeres. No es soportable que legitimemos la esclavitud sexual de las mujeres y que además digamos que lo hacemos en defensa de los derechos humanos a decidir ser violentadas, cosificadas o agredidas “libremente”.

Es falso el discurso de normalización de la prostitución y así hay que decirlo abiertamente. Sobre todo, es dañino y perjudicial para la salud de las mujeres en prostitución y para una sociedad que quiere alcanzar la igualdad entre hombres y mujeres.

Es insultante, referirse al poder que tienen las mujeres en prostitución cuando humillan a los hombres que demandan servicios de prostitución por cobrarles dinero o exponer que la prostitución es transgresión sexual en lugar de violencia sexual cuando tienen que soportar que les orinen, les defequen o les penetren por todos los orificios de su cuerpo cuando no lo desean, cuando no lo hacen por placer, cuando lo hacen por la necesidad de obtener su dinero.

Pero difundir mentiras acerca de lo que en realidad es el movimiento abolicionista de la prostitución y las propuestas que queremos desarrollar para toda la sociedad supone el mayor de los atentados contra los derechos de las mujeres en prostitución.

Las abolicionistas queremos una sociedad libre e igual en derechos para todas las personas, ni más, ni menos. No queremos acabar con el sexo, no queremos imponer ninguna moral sexual o impedir que libremente las personas se relacionen con quien les satisfaga, solo queremos acabar con la violencia que se ejerce contra nuestros cuerpos por el hecho de ser mujeres, con la desigualdad que se ha instalado en nuestra sociedad y que nos coloca como seres para “otros”, los hombres. Somos las que nos rebelamos cuando alguien quiere revictimizar a una mujer desde las instituciones en lugar de defender sus derechos y condenar los actos violentos.

Por supuesto, las abolicionistas nos rebelamos contra la imposición de un discurso que atenta contra los derechos humanos de las mujeres en nuestras universidades, en la calle, en los medios de comunicación. Nos rebelamos contra los falsos debates en los que se normaliza la prostitución reclamando la libertad de expresión, cuando en el fondo ocultan la realidad de la prostitución disfrazándola de glamour, falsos derechos y sexo libre.

Nadie puede creerse que defiende los derechos de “otras” mujeres para elegir ser violentadas, cosificadas o usadas y que, al mismo tiempo, defiende los derechos humanos.

Qué barbaridad, qué perversidad. Pero, sobre todo, qué perjudicial para todas las mujeres. No son “otras” mujeres, somos todas.