Por Virginia García

Tiraron de ella hacia el portal , le pusieron la mano en la boca y le dijeron: ¡Calla! Tenía delante a uno de los acusados y detrás al resto y de este modo fue dirigida al habitáculo donde los acusados la rodearon. Se encontraba en un lugar insólito rodeada de cinco varones de complexión y edad superiores a ella. Se sintió impresionada y sin capacidad de reacción. Sintió un intenso agobio y desasosiego que le hizo adoptar una actitud de sometimiento y pasividad determinándole a hacer lo que los procesados le decían que hiciera.

 

Dos de los tres jueces del caso de La manada, consideran estos hechos probados y así lo hacen constar en la sentencia, que absuelve de agresión sexual a los cinco acusados. Sentencia que le ha hecho saber a la sociedad española que cuando te ves rodeada sin salida por cinco hombres y forzada a hacer lo que te pidan, no estás siendo violada.

El resultado de este juicio, a pesar de la indignación que nos ha producido a gran parte de la sociedad, no nos ha cogido por sorpresa. Muchas, esperábamos una sentencia de abuso sexual e incluso temíamos la absolución de los acusados. Este temor no era infundado, estaba basado en todas las sentencias que leemos habitualmente tan machistas e injustas como esta. Tanto es así que la asociación Women’s Link nos otorgó el premio de ser el país con la justicia más machista en 2016, vergonzoso galardón con el que volvimos a ser reconocidos en 2017. Entre las sentencias que nos ayudaron a obtener tan lamentable premio, se incluye la condena de la Audiencia de Cantabria a solo 3 años y medio de prisión a un hombre que abusó sexualmente de una niña de cinco años defendiendo que no hubo violencia ya que la niña no opuso resistencia.

La audiencia de Barcelona hace unos días absolvía a los trabajadores de una ambulancia acusados de violar a una mujer que estaba inconsciente, alegando que había lagunas e inconsistencias en el testimonio de la víctima y que estaba tomando una medicación para un trastorno mental que padece.

La mayor parte de los delitos sexuales así como las sentencias judiciales de los mismos pasan desapercibidas. Suelen ser una noticia más de relleno en los medios de comunicación, incluso en muchos casos sólo la prensa local se hace eco de las mismas.

En España se denuncian entre tres y cuatro violaciones al día.Hechos aislados, suele decirnos el patriarcado.

No somos plenamente conscientes de que la violencia sexual es cotidiana y está normalizada. Y lo está hasta el punto de que hay jueces que determinan que una niña de cinco años no se ha resistido lo suficiente o que una mujer de dieciocho rodeada por cinco varones no ha sido intimidada.

Lo que no leemos en las sentencias es a las víctimas. Parece que solo importa destacar si ella defendió su honra con su vida o no.

Las sentencias no hablan del miedo que sientes cuando piensas que no vas a salir viva de ese portal, de que cierras los ojos para no ver lo que está pasando y así, quizás no sea verdad, quizás despiertas de ese mal sueño. No hablan de los años que vas a pasar sintiendo ansiedad y miedo cada vez que sales a la calle. Cuando un hombre vuelve a acariciarte y tu cuerpo y tu mente se bloquean. No hablan de los años y terapia que vas a necesitar para volver a confiar en un hombre, o si nunca llegas a hacerlo. La sentencia no contempla las pesadillas que te despiertan todas las noches.

A la justicia no le importa la víctima, no la escucha, no empatiza con ella. Se le piden pruebas que demuestren que su historia es cierta. Y en la mayor parte de los casos, no hay más pruebas que el testimonio de la víctima. Y a la víctima no se la cree.

Sus señorías no saben, o no quieren saber, el valor que necesita una mujer para decir en alto “me han violado”. No tienen en cuenta que solo se denuncian una de cada seis violaciones porque no somos capaces de decir en alto que nos han violado. Porque tenemos miedo, vergüenza, sentimiento de culpa. Porque ponerte delante de unos policías a contarles como te desnudaron, por donde te penetraron o las cosas que te dijeron y las que te obligaron a hacer es demasiado difícil. Y luego llega la fiscalía y el juez de instrucción y después el juicio. Y cuentas una y mil veces tu historia mientras todo el mundo te juzga y tú te sientes sucia, vulnerable y vuelves a cerrar los ojos deseando despertar de otro mal sueño.

La mayorías de las violaciones no se denuncia pero seguimos pensando que las que lo hacen mienten.

En el caso La Manada sin embargo, sí que había pruebas. Mensajes que demostraban habían planeado violar a una mujer entre los cinco, vídeos de la violación y vídeos de otra violación cometida por los mismos cinco.

Las pruebas eran tan evidentes que una mayoría social se posicionó al lado de la víctima y dio por hecho que habría sentencia condenatoria por agresión sexual.

Pero ni el testimonio de la víctima, ni las pruebas, ni los testigos ni la evidente baja catadura moral de los acusados fue suficiente para conseguir una condena por violación.

El poder judicial no ha dictado una sentencia justa, ni siquiera ha dictado una sentencia.

Nos han enviado un mensaje a todas las mujeres de este país. Nos ha dicho que nos quedemos calladitas y sumisas.

Nos han hecho saber que nuestra vida no vale nada y mucho menos nuestra dignidad. Nos han recordado que ni somos libres ni tenemos derechos humanos

Nos han expuesto a la burla y a la humillación pública a todas. Lejos de defender, proteger a la víctima de la manada, la justicia española nos ha juzgado a todas las mujeres de este país. Nos ha dicho que nos estemos calladitas y lloremos en nuestra soledad el dolor y la humillación.

Ahora que ya somos conscientes de cual es el problema, conscientes de que estamos solas y solo nos tenemos las unas a las otras, empecemos a luchar juntas para cambiar las leyes y en consecuencia las sentencias. Tenemos que enseñar a la justicia y a la sociedad, que mientras no digamos si, ¡es un no!

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